27 de agosto de 2009

VALENCIA STREET CIRCUIT

Bueno, de eso aquí todavía no tenemos. Tenemos Valensia estrit sircuit, acentuado en la cuit. Pero, en general, lo que se celebra son les carreres de cotxes y la fórmula ú. Y es que estos vestidos de seda…

Las fechas son, sin duda, las más apropiadas. Proverbial es la benignidad climática de la segunda quincena de agosto en Valencia. Esa brisita térmica refrescante que, sin que te des casi cuenta, deja el mercurio en los confortables 38 grados. Todo el mundo sabe que una temperatura tan próxima a la corporal se sobrelleva con facilidad, casi como una febrícula otoñal. Por eso la organización tiene la formidable previsión de no enturbiar con sombrajos la fulgente potencia solar de la canícula agosteña. Aunque nunca faltan esos grupos de cabrones boicoteadores, enemigos de la valensianía, que se agolpan en sediciosos grupos, a veces muy numerosos, en las escasas sombras del recinto. Todos echados por tierra, casi enseñando las vergüenzas y, lo que es peor, sudando. Puaggg! ¿Dónde están aquellos servidores públicos que con elegantes uniformes grises invitaban al respetable a dispersarse, previa identificación con el deneí entre los dientes? Alguien debió echarlos de menos el domingo, porque los pistolos y los seguratas no son lo mismo; levantan menos pasiones.

Aunque, para ser ciertos, alguna pasión sí levantaban a la entrada, cuando obligaban al personal no sólo a revelar la intimidad de bolsos y mochilas, sino a destapar todas las botellas ¡para quedarse ellos con los tapones! (seguro que por cada veinte tapones ganaban una papeleta para el sorteo de un apartamento en Marina D’Or). La gente no quería comprender que eran estrictas medidas de seguridad que redundaban en su beneficio. ¿Para qué querían tanta agua, con la agradable temperatura y la abundancia de fuentes públicas del interior? ¿Y si alguien lanzaba una botella contra un participante, discurriendo a más de 200 k/h por una pista a unos 100 metros de la grada? ¿Y si le daba? ¿Tan tonto es el personal que no entiende que una botella de agua sin tapón pesa menos que una con tapón? ¿Que la podían comprar una vez dentro? Sí; pero no es lo mismo: la gente no tira cosas de valor y una botellita de agua en los chiringuitos del circuito se cotizaba más que ferrovial en sus mejores tiempos. A tres euricos, ni más ni menos. Ahora, eso sí, bebidas alcohólicas no se podían pasar, que eso está muy feo y reñido con el deporte, sobre todo con el de quemar gasolina a espuertas. No vaya a ser que con tanto líquido inflamable tengamos un disgusto. Ahora bien, bajo la atenta tutela de los dispensadores diplomados de los chiringuitos oficiales podían adquirirse pequeñas dosis (3,5€), dosis normales (7€, sí, sí, siete) o dosis centroeuropeas (10 euros de vellón) de cerveza no inflamable. No, no, no, nada más lejos de mi intención que insinuar que todas esas medidas eran para aleccionar el consumo en los carísimos puestos de la organización. Por supuesto eran por nuestro bien y por nuestra seguridad, que el personal está cada día más lelo y hay que velar por nosotros como si fuéramos cagones.

Toda esta historia de vino (perdón, agua) y rosas se truncó, ay, cuando los bólidos habían dado 10 ó 12 vueltas de las 57 que se anunciaban. Y es que se acabó el agua. Sí, sí, se acabó. Imposible conseguir una botellita ni ofreciendo abyectos favores sexuales a cambio. Y como todos los pecados se pagan, se acabó también la cerveza. Bueno, aquí hay algunas dudas. Todo parece indicar que cuando ya se habían dispensado varios miles de litros (no inflamable, por supuesto), alguien se acordó de que no se podía vender cerveza. ¡Ay, cabecita loca, qué memoria! ¡Más rabos de pasa y menos bogavantes, hombre! Agotada la reserva hídrica (no nos dejan hacer el trasvase y ya ves lo que pasa), la excusa era que no estaba permitido vender cerveza. Querían decir que ya no estaba permitido. O Cocacola, o deshidratación. Así que deshidratación.

Unas vueltas después la cosa se acabó; la carrera, digo. Fernando Alonso quedó en sexta posición, Hamilton no ganó y todos nos fuimos a casa tremendamente felices. Hay que reconocer que el desalojo fue rápido. ¿Que si había mucha gente? Pues yo no la conté, pero pocos no éramos. Imagino que las cuentas serán como en las manifestaciones: desde estar petao,petao a ser cuatro gatos, dependiendo de quien lo cuente.

Y ahora después uno reflexiona. Valencia, o sea cada uno de nosotros, pone las calles, las molestias, el cierre de tráfico, los gastos asociados, los traslados, las comilonas, las que no son comilonas, los transportes especiales, los casi cuatro mil agentes del orden que se dedicaron al acontecimiento, etc, etc. Para un negocio privado, porque todo esto lo explota una empresa privada, cuya principal meta es, todos lo sabemos, colocar a Valencia en el mapa, que parece que andaba un poco descolocada. No es ganar dinero, noooo. De hecho, hasta parece ser que lo pierden. Y yo pienso que muy espabilados no deben ser, porque, vamos a ver, si les ponemos gratis el circuito, la manduca y los agasajos, cuatro mil trabajadores de seguridad por el morro y todas las facilidades… y pierden dinero, pues ya me dirán.

Aunque luego yo, que le doy muchas vueltas a las cosas, vuelvo a pensar: “Hombre, tontos, tontos no van a ser porque conseguir el compromiso de nuestros gobernantes, con nuestro Molt Honorable petronio a la cabeza, de que a partir de ahora también pagaremos el canon anual, no es que sea de pardillos”. ¿Que qué es el canon? Pues una minucia que reclaman los propietarios de la F1 por dejar que hagamos aquí la carrerita; total unos dieciocho milloncejos de nada. Cada año, claro, que para eso es anual. Eso son unos tres mil millones de pelas (sí, tres mil) para los que todavía no se hacen a la proporción. Seguro que así el punto de Valencia en los mapas dejará de parecer una cagada de mosca, como los de Londres, París o Roma, y será de verdad de verdad todo un puntazo. Y todo gracias a la cada vez más frecuente aplicación de ese conocido principio de la economía neoliberal: el G3P. Ganancias privadas, pérdidas públicas (caramba, que hay que explicarlo todo).

Eso sí, en tiempos de crisis hay que apretarse el cinturón y, solidarios, han prometido que los gastos en vestuario y ropero serán drásticamente recortados. Los de los pilotos, claro está, que el resto se paga cada uno lo suyo.