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22 de septiembre de 2026

Cogito ergo sum (V). El razonamiento inductivo.

 

Nuestro hombrecillo ya acostumbra a rascarse la cabeza cuando las cosas no le cuadran. Es un nato observador de su entorno (de hecho, no tiene otra cosa que hacer) y es capaz de sacar conclusiones a partir de lo que observa. Ha notado que el viejo ¡Uh!, a diferencia del resto de los miembros del grupo, no se inmuta cuando se oye un ruido entre los árboles. Tampoco cuando algún animal ruge cerca. Después de comprobarlo muchas veces llega a la conclusión de que ¡Uh! es un valiente, casi un temerario. Un regalo de los dioses. Pero un día sufren el ataque de un león: ni los rugidos, ni el ruido de la carrera entre el follaje, ni los gritos del grupo hacen que ¡Uh! se mueva. De no ser por las lanzas del grupo de cazadores ¡Uh! se habría incorporado a la dieta del felino. Ya recuperados del ataque, nuestro hombrecillo le suelta un berrido a ¡Uh! por la espalda y éste no se inmuta. Nuestro hombrecillo llega a una nueva conclusión: ¡Uh! está sordo. La causa será cosa de los dioses o los espíritus pero ¡Uh! está como una tapia. Nuestro hombrecillo ha usado una forma sencilla de razonamiento inductivo.

Como comentamos anteriormente, el razonamiento deductivo parte de unas premisas ciertas y, si su estructura lógica es correcta y no hacemos trampa, nos ofrece conclusiones también ciertas, verdaderas. Pero no aporta información nueva, puesto que solo puede basarse en aseveraciones ya conocidas. Los razonamientos ampliativos, en cambio, pueden ofrecer conclusiones totalmente novedosas; pero a cambio de no proporcionar absoluta certeza en sus conclusiones, sino más bien una probabilidad de certeza. Académicamente, el razonamiento ampliativo puede ser de tipo inductivo o de tipo abductivo, aunque se ha generalizado el uso de “razonamiento inductivo” para incluir cualquier tipo de pensamiento ampliativo. 

Nuestro hombrecillo alcanzó una conclusión probable a partir de la observación de los hechos: que ¡Uh! era un valiente. Nuevos hechos le hicieron alcanzar una nueva conclusión más probable que la primera: ¡Uh! estaba teniente. Esta es otra de las características del razonamiento inductivo: que las conclusiones alcanzadas son rebatibles por la aparición de nuevos datos que lleven a una conclusión más probable que la primera. Ya no hablamos pues de certeza sino de probabilidad de certeza.

Así pues, el razonamiento inductivo parte de la observación cuidadosa, repetida y detallada de los hechos. Del estudio de estas observaciones realiza una inferencia, generalmente de tipo estadístico, que lleva a una explicación probable de por qué los hechos ocurren en la manera en que ocurren. Alternativamente, partiendo de unas premisas –generalmente hechos conocidos- lanza una conclusión que se considera válida precisamente por ser la mejor para explicar las premisas (razonamiento abductivo). En cualquier caso, las conclusiones que se alcanzan son hipótesis, explicaciones probables. Nuevos datos, las nuevas observaciones, tendrán que ser enfrentados a la hipótesis para confirmarla, modificarla o rechazarla. De la misma manera, aplicando un razonamiento deductivo se puede predecir el resultado de nuevas observaciones o de experimentos diseñados para confirmar o rebatir la hipótesis. Por ejemplo, aplicando las leyes del movimiento de los cuerpos celestes puede predecirse un eclipse. Si éste ocurre tal y como se predice resulta en una confirmación de la hipótesis. Si la ley de caída de graves determina que los cuerpos caen, en ausencia de rozamiento, con la misma aceleración independientemente de su masa, como dijo Galileo, podemos diseñar un experimento al efecto que lo demuestre. Galileo dejaba caer objetos desde la torre de Pisa cuando el resto del claustro de la Universidad, detractores acérrimos de esas hipótesis porque Aristóteles decía lo contrario, paseaba en las proximidades (¡haciendo amigos!). Independientemente de su peso, los objetos caían al mismo tiempo, lo que confirmaba su hipótesis. Las hipótesis confirmadas (siempre provisionalmente, pues nuevos hechos las pueden contradecir) se convierten en teorías. El conjunto de hipótesis y teorías puede ir ampliándose y conformando teorías más complejas o leyes generales. El razonamiento inductivo va así siempre de lo particular a lo general, intentando construir leyes generales que expliquen lo que sucede a nuestro alrededor.

Pero siempre faltará la certeza absoluta. El conocimiento alcanzado por el razonamiento inductivo es inacabable pero inestable. Siempre estará sujeto a revisiones, a nuevas interpretaciones, a mejores explicaciones. Esta continua mutación desasosiega a muchos miembros de nuestra especie, que prefieren verdades inmutables, rocas sólidas de pensamiento, lo que los deja en manos de chamanes, charlatanes e intereses espúreos de grandes grupos comerciales o sociales.

El razonamiento inductivo tiene también sus puntos débiles, sus rendijas para la manipulación:  los datos y su procesado. La falsificación de los datos, de las observaciones, lleva inevitablemente a conclusiones falsas; la elaboración estadística artificiosa, la “estadística creativa” o la presentación tendenciosa lleva también al engaño, como veremos al hablar del método científico.

La historia conocida del pensamiento inductivo es apasionante. Un ejemplo precoz muy ilustrativo fue el de Eratóstenes, en el siglo III AC. Siendo director de la biblioteca de Alejandría le llegaron noticias de que en Siena (hoy Asuán) en el solsticio de verano el sol se reflejaba en el fondo de los pozos y los objetos verticales no tenían sombra, lo que significaba que los rayos solares caían perpendicularmente, que el sol estaba a 90 grados sobre el horizonte. En Alejandría, en cambio, ese mismo día la posición del sol difería en un cincuenteavo de circunferencia (poco más de 7 grados). Ni corto ni perezoso contrató a dos andadores profesionales que se dedicaban a medir distancias caminando y los proveyó de sendas varas para medir la sombra (y así la altura del sol) en diferentes puntos. Calculó de esta manera la distancia real entre Alejandría y Asuán (consideró, con un pequeño error, que estaban en el mismo meridiano) y también la diferencia de la altura del sol en una distancia norte-sur de 5000 estadios. Aplicando una sencilla regla de tres, sabiendo la distancia que correspondía a un arco de 1/50 de circunferencia y el ángulo que correspondía a 5000 estadios, calculó que la circunferencia norte-sur de la tierra era de 252.000 estadios, lo que hoy serían 39.614 km. Cometió, pues, un error inferior al 1% de los 40.008 km que se consideran en la actualidad (¡atentos los terraplanistas!). A raíz de sus observaciones (ya había realizado observaciones anteriores sobre la eclíptica) lanzó una hipótesis, la esfericidad de la Tierra, e ideó la forma de confirmarla y de calcular sus dimensiones. Alcanzó una conclusión sobre las dimensiones de la Tierra que en más de 2300 años se ha corregido únicamente en una mínima proporción.

Sabemos que, a pesar de Eratóstenes y de otros muchos, la Tierra siguió siendo “oficialmente” plana. Ni siquiera la circunnavegación de Magallanes y Elcano, muchos siglos después, convenció a todo el mundo. Prueba de ello son la Flat Earth Society, creada en 1956, o la Flat Earth International Conference, que sigue organizando su congreso anual.

Aristóteles ya mencionó en sus escritos el razonamiento inductivo como una forma de adquirir nuevo conocimiento. ¡Precisamente Aristóteles, quien sería utilizado profusamente durante los siglos posteriores como fuente verdadera del pensamiento deductivo! La preponderancia del pensamiento deductivo, generalmente impuesta por la autoridad religiosa, e incluso por la civil, durante toda la Edad Media, fue un lastre excesivo para el desarrollo del conocimiento. La llamada Edad Oscura en centroeuropa hace mención a esta calamidad. No obstante, como recuerdan Laín Entralgo o López Piñero, fue mucho menos oscura más al sur: la cultura árabe y los centros culturales de Sicilia, en Italia, y Toledo y Cáceres, en España, mantuvieron una actividad mucho más creativa.

La disociación entre el conocimiento real -en manos de unos pocos estudiosos, brillantes y atrevidos- y el conocimiento “oficial” –en manos de los poderes fácticos, especialmente de la iglesia- se ha dado desde tiempos inmemoriales, fue especialmente dolorosa durante la Edad Media y todavía es observable incluso en las sociedades más avanzadas. En estas últimas el papel controlador de la religión se ha traspasado a los medios de comunicación social y, en especial, a las redes sociales.

El primer choque frontal entre el razonamiento basado en la inducción y el basado en la deducción tiene lugar con Galileo Galilei (1564-1642) y, de rebote, con Copérnico y Kepler. Este es el hito considerado por muchos como el nacimiento del método científico. ¡Próximamente en sus salas!

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31 de agosto de 2026

Cogito ergo sum (IV). El pensamiento deductivo

  

Las explicaciones mágicas, el universo lógico-mágico, atenúan el desasosiego de nuestro predecesor; pero éste quiere más. Las inferencias lógicas de la vida diaria, casi automáticas, no son ninguna novedad: el animal grande se come al chico; yo no soy más grande que ese bicho; el bicho se me comerá (o sea, hay que salir zumbando). Pero ¡ojo!, el bicho grande que come hierba no se come a nadie; así que la cosa se puede refinar: el animal grande que come animales se come al chico…

Echándole tiempo y empeño se puede llegar más lejos, se pueden alcanzar generalizaciones, se puede pensar en lo abstracto, ¡se puede casi todo! Se descubre la lógica como herramienta de razonamiento y se empiezan a establecer las reglas para que su aplicación llegue a buen fin. De esta manera, progresivamente se alcanza un escalón más en la sofisticación, en la complejidad de nuestro razonamiento. Entramos en el pensamiento deductivo.

Es casi imposible establecer cuándo ocurre esto (probablemente en un periodo de miles de años), pues a diferencia del pensamiento mágico, que deja trazas en forma de amuletos, pinturas rituales, etc., el pensamiento deductivo deja fundamentalmente un rastro escrito, por lo que resulta muy difícil encontrar pistas antes de la cultura escrita. Es característico, no exclusivo, de la cultura occidental y sus grandes desarrolladores son especialmente los filósofos griegos. Se atribuyen a Aristóteles las primeras revisiones estructuradas de esta forma de razonar.

El pensamiento deductivo se suele definir como un proceso lógico que consiste en obtener inferencias deductivas. Poco clarificadora esta definición. Se entiende mejor si se explica el proceso deductivo: si partimos de un principio general que se considera verdadero (“Todos los seres humanos son mamíferos”) y lo aplicamos a un caso particular (“Carlos es un ser humano”) podemos inferir (deducir) que “Carlos es mamífero”. En el fondo, lo que hemos hecho es un silogismo, que es la presentación formal más conocida, aunque no la única, del razonamiento deductivo. Partimos de una premisa general (“Todos los seres humanos son mamíferos”), añadimos una particular (“Carlos es un ser humano”) y alcanzamos una conclusión (“Carlos es mamífero”). Si es imposible que la conclusión sea falsa siendo las premisas verdaderas, la inferencia es válida. Una inferencia válida en la que todas sus premisas son verdaderas se convierte en un argumento sólido que puede ser utilizado como nueva premisa en el proceso. Así, en definitiva, partiendo de informaciones, ideas o principios generales que son verdaderos y mediante un razonamiento lógico, se alcanza una conclusión específica.

Pero, claro, hay unas reglas, un reglamento ineludible: las premisas generales han de ser verdaderas (no podemos decir “Todos los seres humanos son diestros”, “Carlos es humano” y concluir que “Carlos es diestro”); la particularización ha de hacerse sobre un elemento que represente o forme parte del grupo a que hacen referencia las premisas generales (no podemos decir que “Todos los orangutanes son mamíferos”, “Carlos es mamífero” y concluir “Carlos es un orangután”, porque el grupo de la primera premisa son los orangutanes, no los mamíferos); las conclusiones han de basarse lógicamente en las premisas previas, no valen suposiciones, etc. Estas características confieren una gran precisión al pensamiento deductivo, dado que su adecuada ejecución asegura la validez de la conclusión. Por otro lado, una premisa falsa puede llevar a una conclusión inválida a pesar de que el razonamiento lógico sea correcto.

El razonamiento deductivo está presente tanto en la vida cotidiana, donde lo utilizamos en la toma de decisiones, en la aproximación a conclusiones desde casos generales y en otras muchas situaciones, como en la vida académica: en las matemáticas, en la estructura lógica de programas informáticos, en la aplicación de leyes, en la comprobación de teorías científicas, en la predicción de hechos concretos a partir de leyes generales, etc.

Las dos grandes limitaciones del pensamiento deductivo son su dependencia de la validez de las premisas, como ya se ha comentado, y la incapacidad de alcanzar información genuinamente nueva: dado que partimos de premisas generales conocidas y verdaderas, no podemos alcanzar conclusiones que supongan “novedad” en la cuestión, sino que confirmamos que la premisa general que ya conocíamos se cumple o no se cumple en casos específicos. Por ello, el razonamiento deductivo no depende de la observación empírica de hechos o datos, es independiente de ellos y de la investigación, es apriorístico.

Cuando el razonamiento deductivo no sigue las reglas de inferencia se llega a una inferencia o conclusión inválida que se denomina falacia (engaño, en latín). Las falacias pueden cometerse involuntariamente, por ignorancia o falta de escrupulosidad en la construcción del razonamiento, o deliberadamente, con la intención de engañar. Mucho se ha escrito sobre falacias desde que Aristóteles hiciera la primera clasificación conocida de las mismas; en la página de Ricardo García Damborenea “Uso de razón” (http://www.usoderazon.com) puede consultarse un extensísimo número de ellas.

El uso actual de la falacia es abrumador, por ejemplo en la publicidad, en la propaganda y especialmente en el ambiente político tan crispado que vivimos. Veamos alguna de las más utilizadas:

Falacia ad hominem: en vez de responder al argumento presentado por el interlocutor se ataca a éste para así desacreditar su argumento (“El Presidente es un desastre y un corrupto, luego todo lo que dice es mentira”).

Hombre de paja: se modifica el argumento del oponente para poder atacarlo mejor (“El uso del dinero en efectivo favorece la economía sumergida” se modifica en “Si lo que usted pretende es prohibir el uso del dinero en efectivo…”)

Ad verecundiam: se apela a la supuesta autoridad o fama de alguien para dar por buena su opinión –que suele coincidir con la propia-, sin atender a la validez del razonamiento ni a la verdadera autoridad del famoso en la materia (“Alguien tan famoso como Miguel debe estar muy enterado; si tiene tanta información no debe equivocarse; luego las vacunas deben ser perjudiciales”).

Ad populum: se atribuye la opinión propia a la de una supuesta mayoría; si supuestamente esa mayoría da por bueno un argumento, éste no puede ser falso (“Todos los españoles odian a ese partido político…”).

Falsa causa: se establece una falsa causalidad entre dos sucesos porque se suceden en el tiempo (“Le puse una vela a San Cristóbal y el coche arrancó…”).

Ad ignorantiam: se afirma la verdad o falsedad de una proposición porque no se conoce o no se ha podido demostrar la contraria (“Nadie ha demostrado que la vida extraterrestre no existe, luego existe” También valdría lo contrario: “Nadie ha demostrado que la vida extraterrestre exista, luego no existe”).

Falso dilema: se presentan dos posibilidades como únicas opciones, cuando en realidad puede haber muchas más (“O estás conmigo o estás contra mí”)

Generalización apresurada: se alcanza una conclusión general partiendo de uno o de pocos casos particulares (“Un norteafricano robó una gallina de mi gallinero; todos los negros son unos ladrones”).

Petición de principio: se incluye en las premisas la conclusión que queremos alcanzar (“Las escrituras fueron dictadas por Dios a los Profetas, las escrituras dicen que Dios creó todas las cosas, luego Dios existe”).

Afirmación del consecuente: falacia muy frecuente que consiste en dar por verdadera la parte recíproca de una afirmación condicional verdadera (“Si llueve la calle se moja; la calle está mojada, luego ha llovido”).

La lista se podría hacer interminable, por lo que siempre es aconsejable estar con las orejas tiesas para que no nos la cuelen con facilidad.

Lo cierto es que a lo largo de nuestra historia reciente como especie hemos ido perfeccionando nuestra forma de razonar, lo que, indudablemente, ha contribuido a nuestro progreso. Pero paralelamente se han ido desarrollando herramientas de engaño basadas precisamente en ese perfeccionamiento. El pensamiento deductivo se convirtió en el rey del mambo al menos desde la Gracia clásica hasta el Renacimiento. Los poderes públicos se encargaron de “domesticar” la verdad de las premisas para hacerla coincidir con sus intereses inmediatos. Aristóteles, Hipócrates, Galeno, las escrituras sagradas de las distintas religiones (cristiana, mahometana, judía…) se convirtieron en el soporte de la verdad y ciñeron un tremendo corsé al conocimiento que solo se pudo romper con el desarrollo del pensamiento ampliativo o inductivo.

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14 de agosto de 2026

Cogito ergo sum (III). El pensamiento lógico-mágico.

 

La complejidad del mundo que nos rodea da mucho de sí para la elaboración de explicaciones mágicas. La abundancia de interpretaciones inconexas vuelve a hacer que a nuestro hombrecillo le explote la cabeza. De alguna manera tiene que organizar de forma coherente todo este batiburrillo para recuperar el control. Para ello, intentará introducir una coherencia lógica que, de alguna manera, ligue las explicaciones mágicas. Los más espabilados del grupo empiezan a integrar la interpretación del entorno en un relato. El Relato. Y aparecen los dioses. Y con ellos la cosmogonía: la interpretación mítica (mágica) de los orígenes del universo esta vez ya dotada de una lógica interna. Una jerarquía más o menos compleja de deidades sirven de hilo conductor para dar coherencia a las explicaciones mágicas de los fenómenos naturales.

Naturalmente, el chamán adopta un papel protagonista en este negocio (sí, probablemente ya empieza a ser un negocio). Como “intérprete” entre los dioses y el grupo es quien establece las pautas espirituales de conducta. Ya no se trata solo de explicar: se pueden imponer modelos de conducta, de “moral”, que van más allá del comportamiento cotidiano. No es cuestión únicamente de colaborar, como hasta ahora, en la recolección y en la caza, en el cuidado y enseñanza de los pequeños, en la protección del grupo, en el aseo de la cueva; ahora se puede influir en las decisiones del grupo, en la jerarquía, en la jefatura, en el comportamiento. También se puede responsabilizar de las desgracias a aquellos que son díscolos, castigar a los levantiscos y premiar a los bienmandados. Dado que los dioses son los últimos responsables de lo bueno y de lo malo, se abre la posibilidad de influir en ellos para suavizar los fenómenos adversos y potenciar los benignos. Y ello se consigue mediante ritos.

El rito no es sino una representación teatral sujeta a unas normas estrictas que condicionan su “efectividad”. La primera es la propia formalidad del rito: gestos, actitudes, danzas, oraciones que han de repetirse con exactitud. La segunda es el lugar: el rito debe efectuarse en sitios específicos, fijos (el pie de un árbol, la cumbre de un monte, un manantial, una cueva, sobre una determinada piedra) o móviles (estructuras construidas al efecto, artilugios concretos…). La tercera es el quién: es el chamán quien oficia el rito, quien lo sabe y quien lo transmite. El chamán tiene el control, pues en definitiva es quien elabora el rito, decide el lugar donde celebrarlo y lo ejecuta. Lo interesante es que estos tres requisitos son los que hacen eficaz el teatrillo. Por ejemplo, si antes se administraba una hierba cuando algún miembro del grupo se intoxicaba, era la hierba lo que era eficaz. Ahora no. Lo importante no es la hierba en sí, sino el cómo, el dónde y el quién la administra. El montaje puede llegar a hacerse, como se dice hoy, inmersivo, multisensioral: olores y/o sabores característicos, cánticos repetitivos y monocordes, movimientos estereotipados, alteraciones del estado de conciencia inducidos por sugestión o, frecuentemente, por el efecto o la clara intoxicación por substancias psicotropas.

Sean sumamente complejos o asombrosamente simples, los ritos siguen conservando las funciones esenciales de vehiculizar el “diálogo” entre los pobres mortales y las poderosas fuerzas sobrenaturales que gobiernan nuestro mundo. La explicación estructurada lógicamente de los fenómenos de nuestro entorno -generalmente falsa- y la posibilidad de interactuar con las fuerzas que lo rigen –siempre mediante intérpretes “cualificados”-  aportan cierto sentimiento de control de la inseguridad y del miedo a lo desconocido, al tiempo que constituyen un potente elemento de cohesión del grupo, de comunión espiritual.

Tanto el pensamiento mágico como el lógico-mágico son ampliamente observables en la actualidad. Su pervivencia es notable en el pensamiento infantil, cuando el niño no ha desligado todavía su mundo interior del exterior que lo rodea y piensa, por ejemplo, que con el pensamiento puede lograr sus deseos o que tapándose con la sábana está protegido de los monstruos que lo acechan. Entre los adultos también es ampliamente observable: la base esencial de prácticamente todas las religiones está construida sobre razonamientos de este tipo, así como todo tipo de supersticiones y creencias (el karma, el animismo en los bosques, el poder de la mente, la astrología, la nigromancia, las “medicinas milagro”, el curanderismo, la homeopatía…). Gran parte de la publicidad y de los métodos de venta se basan en presentar productos asociados a efectos mágicos inciertos o no comprobados. Finalmente, algún tipo de regresión hacia esta forma de pensamiento se observa en trastornos de tipo obsesivo-compulsivo (muchas veces en forma de ritos repetitivos) y en las ideaciones psicóticas.

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