Nuestro hombrecillo ya acostumbra a rascarse la cabeza cuando las cosas no le cuadran. Es un nato observador de su entorno (de hecho, no tiene otra cosa que hacer) y es capaz de sacar conclusiones a partir de lo que observa. Ha notado que el viejo ¡Uh!, a diferencia del resto de los miembros del grupo, no se inmuta cuando se oye un ruido entre los árboles. Tampoco cuando algún animal ruge cerca. Después de comprobarlo muchas veces llega a la conclusión de que ¡Uh! es un valiente, casi un temerario. Un regalo de los dioses. Pero un día sufren el ataque de un león: ni los rugidos, ni el ruido de la carrera entre el follaje, ni los gritos del grupo hacen que ¡Uh! se mueva. De no ser por las lanzas del grupo de cazadores ¡Uh! se habría incorporado a la dieta del felino. Ya recuperados del ataque, nuestro hombrecillo le suelta un berrido a ¡Uh! por la espalda y éste no se inmuta. Nuestro hombrecillo llega a una nueva conclusión: ¡Uh! está sordo. La causa será cosa de los dioses o los espíritus pero ¡Uh! está como una tapia. Nuestro hombrecillo ha usado una forma sencilla de razonamiento inductivo.
Como comentamos anteriormente, el razonamiento deductivo parte de unas premisas ciertas y, si su estructura lógica es correcta y no hacemos trampa, nos ofrece conclusiones también ciertas, verdaderas. Pero no aporta información nueva, puesto que solo puede basarse en aseveraciones ya conocidas. Los razonamientos ampliativos, en cambio, pueden ofrecer conclusiones totalmente novedosas; pero a cambio de no proporcionar absoluta certeza en sus conclusiones, sino más bien una probabilidad de certeza. Académicamente, el razonamiento ampliativo puede ser de tipo inductivo o de tipo abductivo, aunque se ha generalizado el uso de “razonamiento inductivo” para incluir cualquier tipo de pensamiento ampliativo.
Nuestro hombrecillo alcanzó una conclusión probable a partir de la observación de los hechos: que ¡Uh! era un valiente. Nuevos hechos le hicieron alcanzar una nueva conclusión más probable que la primera: ¡Uh! estaba teniente. Esta es otra de las características del razonamiento inductivo: que las conclusiones alcanzadas son rebatibles por la aparición de nuevos datos que lleven a una conclusión más probable que la primera. Ya no hablamos pues de certeza sino de probabilidad de certeza.
Así pues, el razonamiento inductivo parte de la observación cuidadosa, repetida y detallada de los hechos. Del estudio de estas observaciones realiza una inferencia, generalmente de tipo estadístico, que lleva a una explicación probable de por qué los hechos ocurren en la manera en que ocurren. Alternativamente, partiendo de unas premisas –generalmente hechos conocidos- lanza una conclusión que se considera válida precisamente por ser la mejor para explicar las premisas (razonamiento abductivo). En cualquier caso, las conclusiones que se alcanzan son hipótesis, explicaciones probables. Nuevos datos, las nuevas observaciones, tendrán que ser enfrentados a la hipótesis para confirmarla, modificarla o rechazarla. De la misma manera, aplicando un razonamiento deductivo se puede predecir el resultado de nuevas observaciones o de experimentos diseñados para confirmar o rebatir la hipótesis. Por ejemplo, aplicando las leyes del movimiento de los cuerpos celestes puede predecirse un eclipse. Si éste ocurre tal y como se predice resulta en una confirmación de la hipótesis. Si la ley de caída de graves determina que los cuerpos caen, en ausencia de rozamiento, con la misma aceleración independientemente de su masa, como dijo Galileo, podemos diseñar un experimento al efecto que lo demuestre. Galileo dejaba caer objetos desde la torre de Pisa cuando el resto del claustro de la Universidad, detractores acérrimos de esas hipótesis porque Aristóteles decía lo contrario, paseaba en las proximidades (¡haciendo amigos!). Independientemente de su peso, los objetos caían al mismo tiempo, lo que confirmaba su hipótesis. Las hipótesis confirmadas (siempre provisionalmente, pues nuevos hechos las pueden contradecir) se convierten en teorías. El conjunto de hipótesis y teorías puede ir ampliándose y conformando teorías más complejas o leyes generales. El razonamiento inductivo va así siempre de lo particular a lo general, intentando construir leyes generales que expliquen lo que sucede a nuestro alrededor.
Pero siempre faltará la certeza absoluta. El conocimiento alcanzado por el razonamiento inductivo es inacabable pero inestable. Siempre estará sujeto a revisiones, a nuevas interpretaciones, a mejores explicaciones. Esta continua mutación desasosiega a muchos miembros de nuestra especie, que prefieren verdades inmutables, rocas sólidas de pensamiento, lo que los deja en manos de chamanes, charlatanes e intereses espúreos de grandes grupos comerciales o sociales.
El razonamiento inductivo tiene también sus puntos débiles, sus rendijas para la manipulación: los datos y su procesado. La falsificación de los datos, de las observaciones, lleva inevitablemente a conclusiones falsas; la elaboración estadística artificiosa, la “estadística creativa” o la presentación tendenciosa lleva también al engaño, como veremos al hablar del método científico.
La historia conocida del pensamiento inductivo es apasionante. Un ejemplo precoz muy ilustrativo fue el de Eratóstenes, en el siglo III AC. Siendo director de la biblioteca de Alejandría le llegaron noticias de que en Siena (hoy Asuán) en el solsticio de verano el sol se reflejaba en el fondo de los pozos y los objetos verticales no tenían sombra, lo que significaba que los rayos solares caían perpendicularmente, que el sol estaba a 90 grados sobre el horizonte. En Alejandría, en cambio, ese mismo día la posición del sol difería en un cincuenteavo de circunferencia (poco más de 7 grados). Ni corto ni perezoso contrató a dos andadores profesionales que se dedicaban a medir distancias caminando y los proveyó de sendas varas para medir la sombra (y así la altura del sol) en diferentes puntos. Calculó de esta manera la distancia real entre Alejandría y Asuán (consideró, con un pequeño error, que estaban en el mismo meridiano) y también la diferencia de la altura del sol en una distancia norte-sur de 5000 estadios. Aplicando una sencilla regla de tres, sabiendo la distancia que correspondía a un arco de 1/50 de circunferencia y el ángulo que correspondía a 5000 estadios, calculó que la circunferencia norte-sur de la tierra era de 252.000 estadios, lo que hoy serían 39.614 km. Cometió, pues, un error inferior al 1% de los 40.008 km que se consideran en la actualidad (¡atentos los terraplanistas!). A raíz de sus observaciones (ya había realizado observaciones anteriores sobre la eclíptica) lanzó una hipótesis, la esfericidad de la Tierra, e ideó la forma de confirmarla y de calcular sus dimensiones. Alcanzó una conclusión sobre las dimensiones de la Tierra que en más de 2300 años se ha corregido únicamente en una mínima proporción.
Sabemos que, a pesar de Eratóstenes y de otros muchos, la Tierra siguió siendo “oficialmente” plana. Ni siquiera la circunnavegación de Magallanes y Elcano, muchos siglos después, convenció a todo el mundo. Prueba de ello son la Flat Earth Society, creada en 1956, o la Flat Earth International Conference, que sigue organizando su congreso anual.
Aristóteles ya mencionó en sus escritos el razonamiento inductivo como una forma de adquirir nuevo conocimiento. ¡Precisamente Aristóteles, quien sería utilizado profusamente durante los siglos posteriores como fuente verdadera del pensamiento deductivo! La preponderancia del pensamiento deductivo, generalmente impuesta por la autoridad religiosa, e incluso por la civil, durante toda la Edad Media, fue un lastre excesivo para el desarrollo del conocimiento. La llamada Edad Oscura en centroeuropa hace mención a esta calamidad. No obstante, como recuerdan Laín Entralgo o López Piñero, fue mucho menos oscura más al sur: la cultura árabe y los centros culturales de Sicilia, en Italia, y Toledo y Cáceres, en España, mantuvieron una actividad mucho más creativa.
La disociación entre el conocimiento real -en manos de unos pocos estudiosos, brillantes y atrevidos- y el conocimiento “oficial” –en manos de los poderes fácticos, especialmente de la iglesia- se ha dado desde tiempos inmemoriales, fue especialmente dolorosa durante la Edad Media y todavía es observable incluso en las sociedades más avanzadas. En estas últimas el papel controlador de la religión se ha traspasado a los medios de comunicación social y, en especial, a las redes sociales.
El primer choque frontal entre el razonamiento basado en la inducción y el basado en la deducción tiene lugar con Galileo Galilei (1564-1642) y, de rebote, con Copérnico y Kepler. Este es el hito considerado por muchos como el nacimiento del método científico. ¡Próximamente en sus salas!
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