Y claro, mucho botellón por ahí esos días. Ya me despacharé con el tema del botellón, que ahora no iba a eso. Sólo contar un corto tránsito.
Primer día: Radio Tránsito, una referencia. Mucha gente, mucho volumen en la música, un gintónic excelente. Según algunos, probablemente con razón, el mejor de Valencia. Bien preparado, con zumo, con aromatizante en spray incluso. Con mimo, en suma. Pero rápido, expeditivo, sin mirarte siquiera. Seis chapas piden. Es casi obligado repetir.
Segundo día: Backstage, casi enfrente del anterior. Ambiente mucho más tranquilo, para carrozas que todavía pretenden mantener una conversación inteligible. Atención personal por un barman que parece que sabe lo que se lleva entre manos. Gintónic y mojito. Se toma su tiempo. Acepta sugerencias y marcas de bebida, que eliges. Estás a gusto. Y repites. Aquí ya son siete chapas, aunque puedes pagar al final, no cada vez que te sirven la copa. Un alivio saber que no te consideran un mangui.
Tercer día: Infanta, en el Tossal; otro lugar que fue de culto. Una escoba con ropas de mujer, con tremenda desgana, te inquiere con premura. El cuerpo te pide caipirinha, anunciada estelarmente en los carteles. La escoba se va. Vuelve poco después: que no hay, que el que las hace no viene hasta más tarde (-"gilipollas"-, le ves con ganas de apostillar). Bueno, que sea gintónic. Eso sí, preparadito, de buena ginebra. Se va. Vuelve con dos vulgares mezclas de una ginebra ignota, en vaso de tubo, mucho hielo, sin zumo, sin nada. Sin profesionalidad (fiel reflejo de este país de camareros y albañiles amateurs). Eso sí, el módico precio alcanza los siete euros y medio. No repites. Lo alargas, por lo de amortizarlo. A la salida, claro, de corridita te vas a buscar el botellón.
Y así, ad infinitum.
¿No van a hacer botellón, animalitos míos?
