En este mundo que pretenden globalizado la apariencia es la sustancia del éxito hasta para la misma globalización: se pretende una aldea global donde sólo hay un mercado. Y aquí llevamos 25 años aparentando ser modernos.
Pasadas las tinieblas, este país se apuntó a la modernidad o, por lo menos, a sus pompas. Apuntarse a sus obras ya era otro cantar. Los dineros públicos habidos y por haber se han ido encauzando hacia proyectos sin fundamento o hacia obras que sonrojarían al mismísimo Keops. Todo ello con dos únicas finalidades: el enriquecimiento de amigos y palmeros y el acopio de ornamentación para dar el pego de modernos. Museos en los que lo menos importante es el contenido. Costosos planes de educación que no educan. Leyes, como la antitabaco, promulgadas con voluntad de ineficacia e incumplimiento; pero con adorno europeo. Vistosas terminales de pasajeros donde éste es el elemento molesto. Trenes de alta velocidad que no se mueven o que lo hacen para deslizarse en un socavón. Leyes de seguridad vial que quitan puntos sin saber si quitan muertos. Y un largo etcétera.
Mientras tanto, políticos y medios de comunicación de tendencia aparentemente opuesta (otra vez la apariencia) se reparten los papeles de protagonista, dama despechada, pandilla de amigotes, coristas y pendencieros abucheadores en una coreografía que aparenta casual. Y de infraestructuras, nada. Y el respetable, aguantando. Y viajando en avión. Y en tren. Y viendo la tele. Y comprando la prensa. Y votando a los de siempre.
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