A ver, situémonos. Acontecimiento deportivo de primer orden (evento, que dirían los in) con medallas en juego. Toda la carne en el asador.
Suena un himno extranjero. Los del bando correspondiente se quedan serios; algunos entonan la letra de su himno patrio, otros acercan su mano al corazón en clara copia a los yanquis. Las aficiones ya empiezan a separar sus actitudes. Unos, silenciosos, miran al infinito; los otros, con camisetas rojas y las caras pintarrajeadas de rojo y gualda siguen gritando y desafiando a todo dios viviente. Acaba el himno. Aplausos.
Los altavoces del pabellón entonan ahora el himnito nuestro. La afición y los jugadores rivales guardan silencio. Nuestro seleccionado pone cara de circunstancias. La marea roja (será por lo que marean), como si nada. Las cámaras enfocan ¿intencionadamente? a algunos especímenes que, grotescamente, gritan sin que su grito se oiga. Las cámaras, en un lento barrido, se trasladan al palco de autoridades y nos lo acercan. Allí, sí, están todos serios. Primer plano de un político que, se supone, nos representa. Subrepticiamente, como quien no quiere la cosa, tal vez a sabiendas de que lo enfocan, nuestro prócer mueve los labios como si silabeara. ¿Está cantando el himno? Todo parece indicar que así es, lo que evidentemente complace al realizador televisivo. ¿Dirá aquello de Franco tiene el culo blanco o sólo chunta, chunta, tachuntachuntachunta chuntachuun tachuuun? Lo cierto es que parece tararear, quizá para vencer el complejo. Vuelta a la roja que marea. Gestos simiescos como si la tribu pretendiera ahuyentar a los rivales, antes de la pelea, mostrando un grupo numeroso y potente. El himno acaba y la marabunta ruge, ahora ya desaforada.
Habrá que hacer algo. Urgente. Lo primero, coserle la boca al político.
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