17 de octubre de 2012

Caída libre

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No se habla de otra cosa. Va un tío y se sube, metido en un artefacto que parece talmente la modernización de un boceto de Leonardo, nada menos que a 34 kilómetros de altura. Y cuando llega, se tira. Ya sé que la expresión es machista pero ¡olé tus huevos!

La utilidad o futilidad del gesto, de la gesta, es lo de menos. El hecho tiene valor en si mismo como paradigma de nuestro celo por llegar más lejos o, en este caso, por caer desde más alto.

En nuestro país se dice que tuvo a más de cinco millones de espectadores pegados a la pantalla. Ni que fuera un Madrid-Barça, un partido de la roja o unas declaraciones de Artur Mas.

Yo imagino que entre los espectadores habría una pequeña minoría de especuladores venidos a menos pensando: “Treinta y cuatro mil metros; eso son por lo menos ocho mil pisos, a 14 viviendas por piso, puesto en Benidorm o en Marina D’Or… ¡una pasta!”.

Junto a ellos, alguno de nuestros ínclitos pobladores de consistorio, diputación o parlamento, de esos que no acaban nunca de despertar pero están siempre espabilados, pensaría: “¡Quién pillara esa licencia de obras! Con lo obtenido en A, en B y hasta en C y en D tenía fijo la Secretaría General. O me montaba mi propio partido…”.

Otros estaban allí, seguro, para dudar de la veracidad. Mi abuela, que en gloria esté, no se lo habría creído. Habría dicho que era un montaje. Como tampoco se creyó lo de la Luna. Como era persona razonable, la habríamos convencido y, entonces, hubiera dicho aquello que tanto repetía: “Hay que ver lo que trabaja la gente para no trabajar”.

También habría de los que querían ser testigos de un hecho insólito. Siempre reconforta sentirse parte de esa especie que comete tales locuras, aunque uno no sea capaz ni de tirarse desde el primer trampolín.

Pero no nos engañemos. La inmensa mayoría de la audiencia estaba allí simplemente para ver como se espachurraba.

A ver si no.
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16 de octubre de 2012

¡Y van dos!


Sí, sí, dos.

Ya son dos los ministros de la Obersturmbannführer Angela a los que han pillao con el carrito del helao. A ambos les ha salido a la cara un asuntillo de fraude en sus tesis doctorales. Total, hay que ver cómo se ponen por un copia y pega corriente y moliente, por unos plagios de nada.

Para que luego digan. Aquí eso todavía no ha pasado, si bien es cierto que la cualificación académica de nuestros ministros, ministras y viceversas es la que es. ¡Que le pregunten a la Pajín de quién se copió la redacción de sociales de cuarto!

El escándalo, eso sí, ha acabado con la carrera política del ambicioso ministro del ejército y quizá acabe con la de la ministra de educación e investigación (jopé, qué vergüenza: educación e investigación).

A mi modo de ver todo esto ilustra tres enseñanzas:

Uno: la tesis doctoral es lo que es. Mientras unos se dejan los cuernos, la familia, la vida, en el intento, otros, iluminados por la varita mágica del poder académico, cogen un parrafito de aquí, otro de allá, unas foticos de internet, lo sazonan con una poca bibliografía anglosajona que por supuesto no han leído… ¡et voilà, tesis al dente!

Dos: la susodicha vale para lo que vale. Si para unos pocos es el trabajo que inicia una línea de dedicación personal y profesional, para muchos otros es pura moneda de cambio con la que adornan el currículo. Una vez obtenido el grado ya da igual si fue plagio u original. Mientras no te pillen…

Tres: ¡Coño con los políticos! Nunca sabes si había mierda y ellos la buscaron o si llegaron primero y la cagaron. Pero parecen indisolublemente unidos. Ellos y la mierda.
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