5 de mayo de 2009

INVESTIGACIÓN GLOBALIZADA

Los datos crudos son el combustible de la ciencia. La experimentación, el método, es el verdadero motor del vehículo. Sólo hace falta un buen conductor, un buen investigador que consiga avances del conocimiento y optimice el consumo de recursos. Y este proceso es imparable porque es consustancial a la curiosidad innata de nuestra especie.

Trabas las ha habido, las hay y las habrá. Dos han sido los frenos más contumaces hasta ahora: nuestra propia estupidez y la dificultad de desentrañar los complejos procesos que nos rodean: la complejidad de la vida frente a nuestras limitaciones.

Nuestra estulticia ha alimentado y mantenido las corrientes ideológicas que sacan renta de la ignorancia: la magia, el esoterismo, las religiones... Todas ellas basan su progreso en la inevitable asociación entre curiosidad y afición humana a las respuestas sencillas. A todos nos gustan las interpretaciones fáciles; lo complicado exige elaboración y, por tanto, esfuerzo. También exige una mínima capacidad y preparación y no está al alcance de todos sin previa instrucción, sin iniciación.

Brujos y hechiceros controlaron a sus grupos con explicaciones mágicas del entorno. El escalón siguiente, cuando el personal ya exigía un poco más de imaginación, fueron cosmogonías elaboradas en esquemas lógico-mágicos más convincentes para los reticentes. De ahí a las religiones sólo había un paso. Ya no se trataba únicamente de explicar el mundo sino también de apurar el control imponiendo modelos de comportamiento. La imposición entraba más fácil utilizando el miedo o el anhelo a intangibles creados por el propio sistema: miedo al infierno como refuerzo negativo y anhelo por el paraíso como refuerzo positivo. De paso, tanto plagas y sequías como bonanzas y cosechas abundantes eran interpretadas desde la óptica moral impuesta. De esta forma, la explicación de los fenómenos cotidianos que nos envuelven se hace inseparable de determinados códigos de conducta. El conocimiento independiente del entorno intenta supeditarse a los intereses de una ideología dominante. Del mismo modo que delito y pecado quieren hacerse conceptualmente sinónimos, se aúpan los dogmas a la categoría de ciencia cierta. Total: un chollo. Las culturas judeo-cristianas llevan siglos para desuncirse de este corsé. La mayoría de las culturas orientales están todavía en la faena.

Contra nuestra propia estupidez y contra la complejidad de nuestro universo deberían bastar instrucción, método y medios. Nada que no pueda conseguirse con tiempo. Pero ¡ay! el escenario es cambiante. La profesionalización del investigador, tan necesaria para una correcta gestión de los recursos, tiene dos efectos secundarios que pueden ser devastadores: uno depende del investigador mismo; el otro, de quien lo financia.

Cualquier profesionalización conlleva la creación de una casta que, con celeridad pasmosa, intenta afianzar su estatus, lo que, entre otras cosas, lleva a la creación de una jerga propia para iniciados –muchas veces de vacuo contenido- y al establecimiento de determinadas jerarquías cuyo último fin es la autoperpetuación, lejos ya del objetivo inicial, que en este caso sería la investigación. Cuando el currículum se cotiza en euros la investigación en sí misma pasa a un plano secundario. La posición, el poder y, en último extremo, el buen pasar del investigador dependen de su currículum: el trecho desde aquí hasta que su engorde (el del currículum o el del investigador, tanto da) sea el fin último es tan corto... Así es como centros y grupos de investigación acaban convertidos en granjas de engorde curricular.

¿Y el control? Bueno, el control lo ejercen a partes iguales burócratas “profesionalizados” (máxima aspiración de investigadores mediocres y palmeros del poder), sin formación específica en aquello que están juzgando, y los propios investigadores que, por el aquel de igual mañana me toca a mí, pueden tender a escorar hacia el corporativismo. Los unos y los otros defienden su pesebre. A ver si no cuál es el significado real, en un mundo globalizado y con acceso en tiempo real a la información, de las cacareadas investigaciones traslacionales, redes investigacionales y otras zarandajas diseñadas mayoritariamente para hacer caja.

Desgraciadamente, los investigadores de granja compiten con los de verdad –que los hay y muchos- en una carrera que parece hecha a medida de los primeros. Mientras unos se dejan las horas, la salud y la familia en proyectos rigurosos, aquellos venden humo en los despachos, donde pasan más tiempo y con mayor soltura que en sus laboratorios, y se llevan el gato al agua. La burocratización desmedida acaba, como siempre, en inoperancia.

¿Y el dinero? ¿De dónde sale el dinero? Pues ese es el otro problema. La investigación seria es muy cara, las inversiones no siempre tienen retorno y, cuando lo tienen, no es rápido. Naturalmente, el estado da una propina, silba y mira para otro lado. Es la industria –especialmente médica y farmacéutica- quien, a falta de filántropos y altruistas, asume el rol del antiguo mecenas; pero de gratis, nada. La filantropía y el  diletantismo no son el fuerte de los negocios globales. Ellos invierten para obtener beneficios. Igual de legítimo que una cadena de supermercados. En ese contexto es difícil criticarles la escasa inversión en proyectos que a duras penas les resultarán rentables. Dado que en muchos casos son quienes tienen los recursos y el know-how las autoridades sanitarias deberían negociar con ellos la dedicación de esfuerzos a investigaciones huérfanas. Pero ese es otro cantar. Lo cierto es que, al final, una importantísima parte de la investigación está dirigida directa o indirectamente por la industria y, en definitiva, por sus objetivos comerciales. La investigación de escasa aplicabilidad a corto plazo está así penalizada y cuando escasean los fondos se investiga únicamente aquello en lo que la industria está interesada. Aquí también puede crearse una nueva casta. La de renombrados investigadores que lo son por el mero hecho de ser buenos clientes. Grandes consumidores y prescriptores son aupados a posiciones de líderes de opinión. La industria les agradece su fidelidad y los aprovecha, al tiempo, para las campañas de marketing. La tendencia de éstos también será, naturalmente, la defensa del pesebre.

Así las cosas, el conocimiento que nuestra curiosidad anhela se ve entorpecido en este nuevo siglo, a partes iguales, por el revival de una saga de sacerdotes y chamanes, vendedores del humo que envuelve a la verdad, y por los intereses de grupos comerciales cuyo grial es el dividendo.

Lo peor es la tendencia de unos y otros a manipular datos y métodos, combustible y motor, para encontrar atajos que acorten sus respectivos itinerarios. La ciencia se convierte así en superchería, su eterna enemiga.

¿Entonces, qué? ¿que inventen ellos?

Pues va a ser que no. El porqué habrá que dejarlo para otro día.

 

A. Vesalio: De humani corporis fabrica

 

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