12 de diciembre de 2011

¡Ya parió la burra!

Uno imaginaba rechonchos carrillos rebosantes de chocolate. Puro, con leche, blanco. Bombones Godiva en abundancia. Vino blanco y champagne francés. Y cerveza. Sobre todo, mucha cerveza. Uno imaginaba enfebrecidas multitudes en la Grand Place entonando himnos patrióticos y, en francés y flamenco, al unísono, gritando: “¡Ya tenemos gobierno! ¡Por fin, ya tenemos gobierno!"

Pues de eso nada, monada. Al día siguiente pasó lo mismo que había pasado los quinientos cuarenta y un días previos: nada. Nasti de plasti. Y pongo la cifra en letra para que se calibre bien su dimensión: quinientos cuarenta y uno.

Durante ese tiempo, el reino de Bélgica ha permanecido sin gobierno. Y uno vuelve a imaginar: paralización de los servicios públicos, bancarrota del estado, basura comiéndonos las orejas, actos de vandalismo, rapiña y desórdenes por doquier…

Pues ná de ná. Bien es cierto que estaba el rey. El rey de los belgas, digo. Su majestad Nosequién, descendiente de aquel Leopoldo tan recordado en África. Pues, hombre, sí: estar, estaba. Pero como si no. Que allí pinta como el de aquí, aunque sin yernos hurtangarines ni froilanes de todolosantos.

Durante quinientos cuarenta y un días el país ha seguido funcionando. Bregando contra la crisis con resultados, por cierto, más alentadores que por estos pagos. Con flamencos y valones a la greña como siempre, pero la pela es la pela, la economía, la economía y dejémonos de tonterías que esto hay que tirarlo p’alante. Y sin gobierno. Ni presidente, ni ministros, ni perrito que les ladre. Para las tonterías que se oyen en los consejos de los viernes, mejor que nos los ahorramos.

El desacuerdo entre la clase política sobre quién y cómo debe gobernar el país no ha impedido que éste no se detenga y que todo siga funcionando. Todo, menos el gobierno.

Como dice una muy buena amiga, todo esto da mucho que pensar. ¡Y nada bueno!
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