La población, enfurecida, asaltó las estancias de gobierno
donde el consejo estaba reunido. Las hordas atravesaron las lujosas salas
destrozando tapices, terciopelos, muebles tallados, cuadros y cristalerías. Los
símbolos caían hechos añicos. Pero la marabunta no se detuvo ahí. Las puertas
de madera noble estallaron con los primeros empellones y los miembros del gobierno,
los banqueros, los potentados, los aristócratas allí reunidos levantaron la
cabeza al unísono con una expresión en los ojos que denotaba miedo y también
sorpresa. Parecían querer decir “¿Qué hacéis? ¡Vosotros no podéis entrar aquí!
¡Este lugar está reservado a los representantes del pueblo!” Ninguno caía en la
cuenta de que el pueblo llevaba un buen rato representándose a sí mismo.
A partir de ese momento todo sucedió muy deprisa. En un
santiamén. Los asaltantes se dividieron en pequeños grupos y apresaron a los
presentes que, aturdidos, no se resistieron. En volandas los llevaron al balcón
delantero y, uno a uno, los fueron defenestrando. Breves, agudos aullidos
seguidos de un sordo golpe contra el empedrado atravesaron el sorprendente
silencio de la multitud. Tras caer el último, los autoproclamados cabecillas
del golpe intentaron arengar a la concurrencia sin demasiado éxito. Artesanos,
braceros, labriegos y gentilhombres se disolvieron lentamente por las
bocacalles de la plaza. Los más avispados andaban cabizbajos; una pregunta les
embargaba el ánimo: ¿cuándo nos veremos de nuevo en la necesidad de repetir
este infame espectáculo?
Pues eso: ¡defenestración!
Figurada, claro.
Y si no funciona…
Pues eso: ¡defenestración!
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