28 de agosto de 2012

¡Defenestración!


La población, enfurecida, asaltó las estancias de gobierno donde el consejo estaba reunido. Las hordas atravesaron las lujosas salas destrozando tapices, terciopelos, muebles tallados, cuadros y cristalerías. Los símbolos caían hechos añicos. Pero la marabunta no se detuvo ahí. Las puertas de madera noble estallaron con los primeros empellones y los miembros del gobierno, los banqueros, los potentados, los aristócratas allí reunidos levantaron la cabeza al unísono con una expresión en los ojos que denotaba miedo y también sorpresa. Parecían querer decir “¿Qué hacéis? ¡Vosotros no podéis entrar aquí! ¡Este lugar está reservado a los representantes del pueblo!” Ninguno caía en la cuenta de que el pueblo llevaba un buen rato representándose a sí mismo.

A partir de ese momento todo sucedió muy deprisa. En un santiamén. Los asaltantes se dividieron en pequeños grupos y apresaron a los presentes que, aturdidos, no se resistieron. En volandas los llevaron al balcón delantero y, uno a uno, los fueron defenestrando. Breves, agudos aullidos seguidos de un sordo golpe contra el empedrado atravesaron el sorprendente silencio de la multitud. Tras caer el último, los autoproclamados cabecillas del golpe intentaron arengar a la concurrencia sin demasiado éxito. Artesanos, braceros, labriegos y gentilhombres se disolvieron lentamente por las bocacalles de la plaza. Los más avispados andaban cabizbajos; una pregunta les embargaba el ánimo: ¿cuándo nos veremos de nuevo en la necesidad de repetir este infame espectáculo?

Pues eso: ¡defenestración!

Figurada, claro.

Y si no funciona…

Pues eso: ¡defenestración!
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