29 de junio de 2013

La Mar Océana


¡Coño con la Mar Océana!

No puede ser otra la expresión que viene al caso de mi primera experiencia real de navegar en el Atlántico. Porque una cosa es salir un día en una golondrina a dar una vueltecita o a avistar ballenas en Cape Cod -una turistada como tantas, pero gratificante- y otra, muy distinta, meterte en un velero de doce metros y tirar pa'dentro. Bueno, tampoco en que sea en plan capitán Acab, total es costear toda la costa atlántica para traer el velero desde Vigo hasta Valencia.

A lo que íbamos.

Día 23 de junio.

Con el barco cargado y pertrechado salimos de Bouza. La víspera habíamos intentado, infructuosamente, vaciar el tanque de aguas sucias del barco, que está atascado. La normativa actual española establece la obligatoriedad de llevar un tanque de aguas grises, norma que pretende que las caquitas de los cruceristas no enmierden puertos y calas. Una vez en alta mar, abres el grifo de fondo y vacías allí los desperdicios sin hacer daño a nadie (son residuos orgánicos). Buena intención. ¡Ojalá hubiesen hecho lo mismo nuestros próceres para preservar el litoral de la ambición de especuladores y concejales! Derivada de esta normativa aparece la necesidad de poder vaciar en puerto los dichos tanques de una forma controlada. Cualquiera vislumbrará las posibilidades que ofrece el asunto para otorgar canongías a los amiguetes. Lo cierto es que aquí los peninsulares somos muy nuestros y las maquinitas de succión se utilizan menos que los formularios de declaración de conflicto de intereses en el Congreso de los Diputados. Como siempre, la mierda la tiramos donde nos sale de los cojones ¿Pasa algo? Así que cuando uno intenta hacer las cosas bien, tropieza con un sinfín de obstáculos. Una tras otra, diferentes marinas nos fueron diciendo que, o no tenían máquina, o sí la tenían y no funcionaba. Total, para lo que la usa el personal. Finalmente, el Club de Yates de Bayona nos dijo que no solo tenían máquina, sino que además ¡funcionaba!  Total que el mismo día 23, como nos pilla de paso, allá que nos vamos a recalar en Bayona para soltar, con perdón, la mierda. Y la soltamos. Pero con tan mala fortuna que luego, para limpiar un poco el tanque lo llenamos de agua de mar para volver a aspirarlo, momento que ha decidido la maquinita como más oportuno para estropearse. Así que ahora navegamos con un tanque de aguas grises lleno de agua salada y sin poder utiliza ese retrete. Menos mal que el barco tiene otro, que si no, me veo con el tradicional balde atado a un cabo y cubo va, cubo viene.

Con todo este alboroto, son pasadas ya las doce del mediodía cuando nos hacemos de verdad a la mar. El pronóstico anunciaba vientos fuertes del norte. Y eso tenemos. Con vientos portantes y poca superficie de vela la navegación empieza rápida y relativamente cómoda, aunque un mar de fondo del noroeste con olas de 3 metros nos zarandea un poco. El barco se comporta con nobleza y nos permite hacer una media de más de siete nudos. Pensamos que, de seguir así, nos plantaremos en Cascáis en un santiamén. Pero la mar siempre se guarda una carta en la manga. La cosa va arreciando y acabamos con un ventarrón de fuerza 7. El parte dice que hay olas de 3,5-4,5 metros. Eso es lo que dice el parte. A mi me parecen paredones que nos alcanzan por popa, nos elevan, nos bajan como en una montaña rusa y luego nos sobrepasan. Los rociones empiezan a ser frecuentes y acabamos hasta las cejas de salitre. Y hace frío. Mucho frío. Nos tenemos que enfundar los trajes de agua hasta las orejas y abrigar con todo lo que llevamos. Pero también la mar te agradece los esfuerzos: a lo largo de la tarde los delfines nos visitan en tres ocasiones, jugando con nuestra proa y atravesando nuestra derrota.
El parte de las ocho (Portugal es como Canarias: una hora menos) anuncia que la cosa no va a mejor, ni mucho menos. Decidimos, después de haber navegado más de setenta millas, refugiarnos en Póvoa de Varzim a pasar la noche. Así que ponemos proa a este puerto de pescadores con una pequeña marina, donde llegamos a las diez de la noche. Y allí no está ni O Tato. Los de la marina pliegan a las 5 y se van. Ni contestan a la radio ni te dicen ni que sí ni que no. Pero como hay amarres libres a tutiplén, pues nos amarramos a uno y a correr. Dormimos tan ricamente. A la mañana siguiente les pareció de lo más normal. No nos piden ni los papeles y lo arreglamos con 15 euros, sin duda destinados a las copitas de Ribeira do Douro del maromo de la marina.

Días 24 y 25 de junio.

Con el mar mucho más calmo, aunque persiste un mar de fondo con una buena ola, nos hacemos a la mar después del desayuno. Un vientecillo que, claro, nos parece suave nos empuja durante todo el día. Si no fuera por el frío podríamos decir que la navegación es placentera. De nuevo los delfines nos visitan en cuatro o cinco ocasiones. Nunca había tenido tantos avistamientos en un solo día. Al caer la tarde el viento decide caer con ella y nos obliga a poner el motor. Navegamos así durante toda la noche, turnándonos en la vigilancia. Mientras desayunamos avistamos la silueta del cabo Da Roca, la puntita de la nariz de Portugal. Sin ninguna incidencia arribamos a Cascáis a primera hora de la tarde, con un calor sofocante. Aquí no hay quien se aclare con la temperatura. El día nos da para dormir una siesta y bajar a tierra, dar un paseo, cenar... bacallau, por supuesto.

Días 26 y 27 de junio.

Trámites de salida del puerto y a la mar. Nuestra idea es doblar San Vicente y adentrarnos hacia el estrecho. Si podemos, nuestro destino es Rota. El parte, en cambio, vaticina levantes muy fuertes en el Estrecho, lo que menos nos conviene. Ya veremos al doblar el cabo.
El día transcurre muy plácido. Solo falta un poco de viento que nos ayude, pero no quiere y navegamos apoyados en el motor prácticamente todo el día. Hoy no hemos avistado delfines pero sí ¡un tiburón! A escasos cuarenta metros del barco hemos visto la aleta de un pequeño tiburón surcar la superficie de un mar muy calmo. Por supuesto, hemos hecho las bromas de rigor sobre parar y echarnos un chapuzón.
Al caer la tarde, el radar nos ha marcado un eco a proa. Grande. Al poco, el día está brumoso, hemos avistado un carguero, un contenedor de los grandes. Estaba en nuestro rumbo, pero aparentemente no se movía. Nos hemos ido acercando y, sorprendentemente, estaba parado, al pairo. ¿Qué coño hace un carguero al pairo a veinte millas de la costa? Y justo en nuestro rumbo, con lo grande que es el océano. ¿Cuál es la probabilidad de que esto ocurra? El barco nos ha hecho señales y nos ha dado unos bocinazos de aviso. Lo más probable es que estuviera averiado, porque ninguna chimenea humeaba. No le hemos ofrecido remolque.

A las 05:13 am, hora de a bordo, con una mar en calma, hemos doblado San Vicente. La noche cerrada no me ha permitido ver nada. Una buena excusa para doblarlo en otra ocasión, si puede ser durante el día. Tras rebasar punta Sagres hemos puesto rumbo a Rota, en la bahía de Cádiz. La navegación es tranquila y nos permite desayunar y comer tranquilamente en la bañera. El poco viento nos obliga a apoyarnos de motor casi constantemente. A falta de unas 40 millas –unas siete u ocho horas a la velocidad que hacemos– el parte meteorológico nos amenaza con vientos duros de levante en el Estrecho. La prudencia nos aconseja buscar el refugio de la protección de la costa antes que pasar una noche de brega contra viento fuerte de proa, por lo que decidimos cambiar rumbo y refugiarnos en Mazagón, en la ría de Huelva. Arribamos, derrotados, a las dos de la mañana. Las últimas horas de navegación se nos hacen interminables. Es éste un fenómeno curioso. Teníamos previsto y hubiéramos navegado durante toda la noche para llegar de madrugada a Rota. Y no hubiéramos dicho nada. Pero el hecho de "retirarte", aunque sea a un refugio, hace que nos dejemos llevar. Te entran todos los cansancios del universo y cuando el refugio está a unas cuantas horas de navegación solo deseas acabar cuanto antes. Ni que decir tiene que entramos en coma profundo en cuanto el barco estuvo amarrado.
La marina de Mazagón es un ejemplo del funcionamiento general de este país, donde se mezcla el todo para el pueblo –menos la correspondiente comisión– sin considerar usos ni necesidades –sin el pueblo–; todo ello enmarcado en el sistema económico conocido como G3P: ganacias privadas, pérdidas públicas. Me explico. La marina es de titularidad pública, construida en los años de la mal llamada bonanza económica como tantas otras marinas de nuestro litoral. La evolución temporal de muchas de estas marinas, incluida la de Mazagón, ha evidenciado que el objetivo no era, precisamente, proporcionar un servicio público a la náutica de recreo. No. Porque en un litoral falto de puestos de amarre como el nuestro –eso dicen la mayoría de informes cuando nos comparan a los países de nuestro entorno– es incomprensible que la marina esté prácticamente vacía. Y conociendo como conocemos el percal, ¿no será que el negocio era otro?
Mezclemos con una miaja de imaginación unos cuantos ingredientes habituales y conjuguemos el verbo más político de nuestro amado país: yo tengo unos terrenitos, tú estás en el poder, él me otorga la concesión después de algunas recalificaciones, nosotros hacemos una sociedad, vosotros nos dais montones de créditos y subvenciones que podemos gastar en lo que nos venga y, como siempre, ellos pagan el pato. Al final la marina, cuyo proyecto de viabilidad me gustaría leer, sale carísima de construir y más cara todavía de mantener. O el sitio no está bien elegido, o está hecha con el culo, o los precios no son competitivos o vete tú a saber qué pero lo cierto es que los barcos no vienen a amarrar. Pero a los de siempre esto poco les importa. Porque el negocio no era explotar la marina (si son rentables en otros sitios no tienen por qué no serlo aquí); el negocio ya está hecho, era el turbio manejo de recalificaciones, subvenciones, créditos y comisiones. Y nosotros, como siempre, pagando el IRPF.
Vienen las vacas flacas y la marina empieza a notar el descalabro del desuso, el abandono, la falta de mantenimiento. Eso sí, te soplan 50 euracos de vellón por pasar una noche... Para pasarlos por la quilla uno a uno. O en parejas, que son muchos.

Día 28 de junio
Aunque el pronóstico sigue siendo malo –de hecho es cada vez peor– decidimos acercarnos más hacia el Estrecho y cumplir el plan previsto, que era llegar hoy a Rota. Pensamos que al abrigo de la costa el levante no será tan incómodo. Y eso hubiera estado bien... Si hubiera hecho levante. El día ha amanecido con un viento del sur que ha ido progresivamente en aumento hasta fuerza 6, levantando una mar de ola corta (ya estamos cerca del Mediterráneo) incomodísima, por la proa, que nos ha hecho ganar a pulso las escasas cuarenta millas: rociones, pantocazos y mucho movimiento tipo batidora. Bien entrada la tarde, y ya con un ventarrón, hemos llegado a Rota.
El amarre ha sido complicado por el viento y, una vez más, ha dado para demostrar la solidaridad en los pantalanes. Basta que la gente vea que la maniobra es complicada y que tal vez necesites ayuda para que se multiplique el número de manos amigas. Siempre hay alguien que baja de su barco, deja lo que estaba haciendo y viene a echar una mano. ¡Hasta abuelitos artrósicos ingleses o alemanes! Y, acabada la maniobra, el personal te da conversación sobre la misma, el estado de la mar, tu destino...
Y aquí estamos, empantanados en Rota. La previsión de un fuerte temporal –el puerto de Tarifa se cerró al tráfico ayer– nos mantendrá aquí al menos hasta el lunes 1 de julio. Bueeeeeno... eso también es parte de esta historia: holgazaneo, finos, pescaíto...
Hasta que amaine.

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