Aquí estamos, atrapados por el viento de levante, que sigue pegando fuerte en el Estrecho. Las previsiones indican que empieza a amainar el día 1, así que nos dedicamos al dolce far niente y aún así tenemos ocupado todo el día. Nos invade un estado peculiar, propio del barco: primero piensas "Hay que hacer esto y aquello..."; entras acto seguido en la segunda fase con el "Ahora enseguida me pongo..."; miras al cielo, al pantalán, a ese barco que entra o sale, a las maniobras de atraque, siempre tan entretenidas, especialmente con mucho viento, lees un poco ("Acabo el capítulo y ¡en marcha!..."); sin darte cuenta estás en la fase tres, cuando ya es hora de ir a la ducha, vestirte y salir a dar una vuelta y cenar. Y así pasa el tiempo. Y los días.
En fin, qué le vamos a hacer. Hemos tomado cervecitas y fino (si es del Puerto) o manzanilla (caso de ser de Sanlúcar), que nos han dicho que no se pueden cometer errores sobre tan delicada materia. Nos hemos puesto hasta allá de fritanga de la buena y ya sabemos que las tortitas de camarones de Casa Balbino, en Sanlúcar, son de concurso. ¡Todo un penar!
Decidimos, por fin, ponernos en marcha el lunes 1 por la noche y llegar al Estrecho con la pleamar, que dicen los libros que es lo más conveniente. Afortunadamente existen los lugareños, sin duda el mejor derrotero del mundo mundial. El consejo experto de uno de ellos nos dice que nos olvidemos de pleamares y bajamares, que la corriente "siempre va p'allá". Que intentemos hacer el camino con luz. Nos indica cómo se pueden pasar según qué almadrabas sin perder el resguardo de la costa, dónde podemos arrimarnos y dónde no. Un completo acierto seguir sus indicaciones (¡gracias, amigo!). Con todo ello, nos haremos a la mar rondando las cinco de la mañana del martes día 2.
La tripulación vamos a ofrecerle al capitán un bonito regalo de cumpleaños: pasar el Estrecho.
Permítaseme aquí una corta disgresión sobre la compleja y retorcida personalidad de quien, incomprensiblemente, está al mando de esta nave. Porque el regalo lo recibirá –en vez de un motín, que sería su mayor merecimiento– a pesar de su ejercicio malévolo de la autoridad. En primer lugar, el capitán es negligente en la cumplimentación del cuaderno de bitácora, utilizando el consabido truco del "negro" que se lo escribe todo. Comete y permite arbitrariedades en el cumplimiento del horario: son ya proverbiales sus retrasos a la hora de entrar de guardia, con el consiguiente menoscabo de la salud del resto de tripulación. Ejerce el nepotismo: su mujer, como es su mujer, está rebajada de guardias nocturnas, así como la oficial de Intendencia, con la que al parecer también está liado (aunque con la oficial de Intendencia no me puedo meter, porque es la única que ejerce el cargo con rigurosidad y eficiencia y ni siquiera en las peores condiciones de mar se ha retrasado el aperitivo de las 13:30). El capitán, y también otros miembros de la tripulación, padece la terrible lacra de la cleptomanía, especialmente con los instrumentos electrónicos ajenos. También es descuidado con la policía y orden del barco, manchándolo todo, con lo que me tiene a la oficial de Intendencia y Mantenimiento hasta la coronilla, que no sé cómo le aguanta. Por último, no porque se hayan agotado las sinuosidades de su difícil carácter, sino por no extenderme, el capitán es proclive a utilizar la violencia física, aunque ya le hemos convencido de que el látigo de siete colas no es el mejor acicate para que la tripulación desenrolle la vela mayor. Sobre todo cuando el material es defectuoso. ¡Haber invertido más en velas y pertrechos!
Pero la gente de mar somos generosos y le vamos a ofrecer de todas formas el regalo. Luego, sin rencor, algún día se las devolveremos todas, tal vez con un paseíto bajo la quilla.
Día 2 de julio
Según lo previsto nos hacemos a la mar a las 5 de la mañana, con un suave poniente (¡al fin!). Como era de prever, el poniente se convierte en levante a las pocas millas y, siguiendo la derrota aconsejada por nuestro experto local, vamos tragando millas sin ningún problema aunque, eso sí, el viento de proa nos impide navegar a vela. Pero el objetivo hoy es pasar al Mediterráneo y no ser puros, puros.
Conforme nos vamos acercando al Estrecho el viento va subiendo de intensidad, pero muy razonablemente. Doblamos cabo Trafalgar en una navegación plácida. Cañonazos, gritos, abordajes, dolor, victoria y derrota me inundan la cabeza aún sin quererlo.
Seguimos y casi sin darnos cuenta, tras el aperitivo (¡tres hurras por la oficial de Intendencia!) y la comida (¡otras tres!), divisamos una nube de kite-surf y wind-surf: estamos llegando a Tarifa y el viento vuelve a subir un poco. Al abrigo de la costa pasamos la almadraba con sonda de 5-6 metros y, sin más, nos plantamos en punta Tarifa. A las 15:35 hora de abordo doblamos punta Tarifa: ¡estamos en el Mediterráneo! Sin duda, un pequeño paso para la humanidad pero un gran paso para nosotros, que nos tenía acojonados y al final hasta nos decepciona un poco, sin olas, vendaval ni rociones. Nos felicitamos y felicitamos al capitán. Primer fallo de Intendencia registrado en esta singladura: ni un mal traguito que llevarse al gaznate, ni ron, ni cava, ni siquiera gaseosa...
El viento, como es habitual, cae de intensidad nada más doblar Tarifa. Arrumbamos a punta Europa, territorio de la pérfida Albión, a quien dedicamos un generoso corte de mangas. Pasada la bahía de Algeciras y punta Europa puede decirse que el Estrecho se ha acabado. ¿Qué voy a decir del peñón? Pues que me ha decepcionado. Yo lo recordaba más peñón y menos montañita... Pero ahí está. Desde luego, al patrio gilipollas que se le ocurrió que era intercambiable por algo lo tenían que haber colgado de los huevos de un poste y exponerlo en plaza pública. Porque ahora, que con un pepinazo del ocho la guerra se acaba en un santiamén, vale que lo de las posiciones estratégicas viene a ser muy relativo. Pero entonces, sin canal de Suez, la roca permitía el control de todo el tráfico marino del Mediterráneo con el exterior. Hay que ser gaznápiro. O embolsarse mucha pasta. Y conociendo los genes de nuestra clase política va a ser que...
El plan inicial era dirigirnos a Almerimar, en la vertiente oeste de la bahía de Almería. Pero hemos perdido muchos días en Rota y, visto que la mar está bien, la previsión es buena y tenemos ganas, decidimos alargar la singladura hasta Cartagena, si los elementos no lo impiden. Eso supone una buena tirada de cerca de 300 millas en total y nos llevará al menos tres días y dos noches. Con ello, habremos recuperado el retraso.
Desde el principio el Mediterráneo nos prodiga con avistamientos: nuevamente un tiburón, esta vez de un tamaño más terciadito, una tortuga y muchos grupos de delfines. Aquí los delfines pasan un poco más de nosotros. Se ve que con tanto tráfico de barcos están un poco hasta el gorro. El trajín es espectacular, con un sinfín de barcos llamando a Tarifa Tráfico por radio dando nombre, origen, destino, número de tripulantes. El radar parece un puticlub con tanta lucecita.
Poco a poco nos alejamos del Estrecho. Las costas de África se van perdiendo a nuestra popa.
Día 3 de julio
La noche del 2 al 3 ha sido muy tranquila, sin una pizca de viento y con la mar como una balsa de aceite. La vigilancia de la derrota de otros barcos ha sido nuestra única ocupación. Sigue haciendo frío, pero ya no es tan intenso como en las costas de Portugal.
Amanece el día 3 tranquilo, sin viento, caluroso; tanto que paramos unos minutos y nos damos un bañito despreciando el recuerdo de los escualos, prueba del valor sin límites de la tripulación.
En la amura de babor se vislumbra la costa malagueña y, posteriormente, la granadina. Las nieves perpetuas de las cumbres de Sierra Nevada se ven claramente a lo lejos. En una navegación aburrida, sin ningún incidente, llegamos a doblar el cabo de Gata a última hora de la tarde. Arrumbamos al noreste a buscar Cartagena. Nuevamente la noche es tranquila, amenizada solo por los marinos desaprensivos, normalmente borrachos, que cantan por el canal de emergencias de la radio o se insultan entre sí (ya nos resulta habitual la polémica sobre la limpieza de los filipinos, la laboriosidad de los indonesios, la honradez de los chinos...). Esta noche, además, un guardacostas argelino se tira horas y horas llamando por radio a barcos que se acercan a su zona, con un sonsonete monótono que repite cada 30 segundos: insufrible, el infiel.
Día 4 de julio
Ya de mañana arribamos a Cartagena. ¡Vaya puertazo! Si ya lo decían los cartagineses: aquí hay posibilidades. Y en vez de hacer adosados iniciaron la actividad portuaria que todavía no se ha detenido. Aunque parece que poco le falta, porque el puerto interior, no el de Escombreras de fuera, que durará lo que dure el negocio, se ve muy alicaído. Hay dos marinas (¿por qué dos concesiones en un mismo puerto?) y ninguna está muy ocupada. No se debería permitir que un puerto de estas características languideciera como una virgen septuagenaria...
Paseamos, cenamos (el capi se ha marcado un detalle por lo de su cumple) y descansamos.
Día 5 de julio
Hoy se inicia la que será mi última etapa. Mi compañera de piso viene a recogerme a Denia, donde recalaremos. Hoy también es previsible una navegación tranquila y con el viento en contra, para variar. Es la única murga de este viaje: solo hemos conseguido navegar a vela pura en contadas ocasiones. También es lo que pasa cuando las fechas te aprietan: has de alcanzar un objetivo de velocidad para no eternizarte y eso implica poner motor cuando la velocidad a vela no te permitiría cumplir el objetivo. ¡Una putada, los dichosos objetivos!
Doblamos cabo de Palos a mediodía y conseguimos navegar a vela unas ¡dos horas!. Luego el viento vuelve a caer y tenemos que apoyarnos con el motor. Si hacemos buena media, recalaremos a primerita hora de la mañana en el Portixol o en la cala Sardinera, cerca de Xàbia, para darnos un bañito, que ya nos lo tenemos ganado.
Después a Denia. Y allí me bajo. Como a Fernando VII, le dejaré al capitán la faena hecha. A él le gusta pavonearse entrando a puerto al timón, el ademán serio y la mirada altiva. Con suerte y poco viento los pantalanes y fingers están relativamente a salvo, aunque es fácil que algún golpecito les dé. Tiene derecho: el barco es suyo.
El capitán y la Oficial de Intendencia y Mantenimiento, Gerardo y Susana, seguirán, tal vez pasando por Ibiza, esta singladura hasta llevar al Mangarrufa a Burriana, destino final. Han sido más de 900 millas navegadas juntos y en las que he disfrutado como un crío. Nos ha faltado viento favorable, eso sí, pero hemos tenido tantos buenos ratos, risas, cervecitas, conversaciones y buenas horas de navegación que nunca olvidaré este viaje. Me he bautizado en el Atlántico, he cruzado el Estrecho... ¡casi le hemos dado la vuelta a la península! ¿qué más puedo pedir?
Así, solo me queda agradeceros esta navegación, deciros que os quiero y ¡apuntarme para la próxima!
A partir de ahora, eso sí, el libro de bitácora que lo cumplimente el capitán, que el negro se ha cansado de los azotes.
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