6 de julio de 2022

Autofonía

 

 

La discusión fue siempre un elemento enriquecedor, una fuente de conocimiento y sabiduría. Tú expones tus argumentos, yo expongo los míos y los enfrentamos dialécticamente para intentar alcanzar una síntesis: lo bueno de lo tuyo y lo bueno de lo mío. E intentamos reconocer lo malo de ambos.

La cosa se tuerce cuando se cierran los canales de escucha mutua. El proceso se convierte en la espera de turno para vomitar abruptamente la opinión. Eso cuando se guarda turno. Esta fase de enfrentamiento solo produce ruido. Ya no hay posibilidad de enriquecimiento mutuo, solo cabe la confrontación cerril. Y tú, más.

Aún más allá (y me temo que ahí estamos): uno no se escucha ni a sí mismo, sus argumentos varían en función de sus necesidades del momento y de las necesidades de su audiencia. Como diría Marx, Groucho Marx: “Estos son mis principios; pero si no le gustan, tengo otros”. Las contradicciones en el discurso propio importan poco. El uso conveniente de los altavoces adecuados –las redes sociales y los medios que propalan el mensaje- pueden convertir en verdad la última ocurrencia del majadero.

Y nosotros, tragando.

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