Esto no tiene fin. Desde Roldán (por no retroceder
más) hasta Ábalos, Cerdán y Koldo (o lo nuevo de Montoro), pasando por lo del
hermano de Guerra, Rodrigo Rato, Kitchen, Púnica, Gürtel, los ERE y tantos
otros. Esto es el cuento de nunca acabar.
Con toda esta historia cada vez abundan más las charlas de
café, más o menos sesudas, en las que intentamos analizar –o, mejor,
explicarnos- cómo coño hemos llegado a permitir que nos sometan a tamaña
sodomía política. Cada uno cuenta el baile según con quien ha bailado y con
agudeza tan variada como colores hay de cristal. Pero un argumento se repite indefectible
y machaconamente: que no tenemos remedio. Los españoles semos ansí, semos
diferentes. Nuestro pueblo está condenado a la estulticia por un designio
inexorable. No sabemos hacerlo de otra guisa. Somos poco trabajadores,
perezosos, abúlicos, aprovechados cuando no directamente corruptos,
manipuladores, estafadores en ciernes, ladronzuelos administrativos,
provincianos irredentos. Y eso es inmutable. Incorregible. Como dictado por
nuestro especial genoma, tan distinto al de los paisanos de nuestro entorno.
Bueno, todos no, ya se sabe, italianos, griegos… primos hermanos. De los
portugueses se dice poco, como siempre: los portugueses es como si no
existieran, ni para bien, ni para mal.
Cuando protestas por esta terrible carga, por esta falacia,
siempre te hacen la misma consideración, el argumento irrefutable erigido en
prueba del nueve: ¿Tú no harías lo mismo? ¿Acaso jamás has cometido un
pecadillo fiscal? ¿Seguro que no has pedido nunca una factura sin IVA?
Pues sí. Alguna vez he cometido algún pecadillo social. Y le
sisaba monedas a mi madre y a mi abuela, y también me la meneaba y decía mentirolas…
¿Y qué? ¿Justifica eso este desmadre? ¿Hace tolerable tanto desmán?
Pues no. Yo también podría preguntar. ¿Nunca has
experimentado un impulso sexual, aunque fuera breve, que podría considerarse
inapropiado? Pues entonces eres un follador irredento cuyos cataplines se
tostarán en las llamas eternas mientras Pedro Botero te sodomiza. ¿Seguro que
nunca miraste de reojo el culín de un rubiales que se cruzó en tu camino?
Entonces eres una ninfómana lujuriosa que arderá en el infierno mientras Pedro
Botero te sodomiza, que para esto no hace distingos.
La raíz está en nuestra falta de educación. Ninguno de
nuestros próceres se ha preocupado una mierda, jamás, en que la población se
eduque, en que exista una conciencia cívica, un sentido de comunidad, de propiedad
de lo común, que haga que nos respetemos y que respetemos nuestros logros,
valorando su coste. Siempre han preferido que pensemos que lo que tenemos es
porque ellos nos lo han dado, no porque nosotros lo hemos conquistado; que es
una dádiva divina o humana antes que una propiedad adquirida por un esfuerzo colectivo;
que nos lo regalan antes que lo pagamos. El favor, así, se lo debemos a ellos y
no a nosotros mismos.
Cuando todo va bien, ellos
son cojonudos. Cuando se tuerce, los populismos de mierda se encargan de avivar
la xenofobia –el culpable es el extranjero-, el nacionalismo –la culpa la tiene
el del otro lado del río, el del Rh positivo, el de aquella ladera de la
montaña- o la terrible idiosincrasia carpetovetónica –la responsable es nuestra
irremediable forma de ser.
Y añaden: “Pues sí, Espain is diferén, y a mucha honra. Nos han jodío. Aún querrán darnos
lecciones. ¿Qué se habrán pensado? No lo vamos a tolerar”. Así nacen la
intolerancia, los bandos, el fascismo. Nunca tienen ellos la culpa. Nunca son
responsables. Nunca miraban. Nunca estaban allí.
No, no hay nada en nuestro ADN, en nuestra personalidad
colectiva, en nuestro acervo cultural que justifique este desiderium, el
triunfo de tanto patán.
Nada justifica que nos den tantos por el culo. Ni tantas
veces. Ni tan seguido.