El otro día oí el comentario de cuánto menos llorarían las mujeres si no hubiera hombres; de lo bien que estarían sin ellos.
Hasta la extinción, dije yo. Una dulce extinción…
Con los hombres, en cambio, estoy convencido de que la evolución –nunca más apropiado el término- sería otra. Los impulsos –también un término ad hoc- evolutivos llevarían probablemente a la aparición de nuevas subespecies. Seguro que el cabrombre y el ovejombre serían las más abundantes. Y el llamombre en Sudamérica. En casos extremos, el burrombre y el vacombre se extenderían en la estepa. Se demostraría con ello que el género masculino de nuestra especie dedica un porcentaje considerable de sus escasas neuronas (las mujeres dicen que el cincuenta por cien de las dos que tenemos) a una sola finalidad.
Y es que la naturaleza es sabia.
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