15 de mayo de 2012

Los idus de maius


¡O tempora o mores!

“¡Qué tiempos, qué costumbres!” exclamaba Cicerón quejándose de la relajación de costumbres y de la corrupción que imperaba en su entorno. Y se lo dedicaba especialmente a Catilina, que conspiraba sin miramientos por el poder e incluso había intentado asesinarlo. Se había perdido la decencia, la honorabilidad, el sentido de servicio a la res pública. Todo valía para alcanzar el poder y, por tanto, la riqueza. O la riqueza por la vía del poder. Tal vez olvidaba Cicerón alguna que otra traición, apuñalamiento o cóctel envenenado, habituales también en los tiempos gloriosos. El abuelo, en suma, se quejaba del derrotero al que los jóvenes estaban llevando al imperio. O así.

No se escapa cierta similitud con nuestros tiempos. Pero a la inversa. Son ahora los jóvenes –no sólo de edad- los que exhortan a los “abuelos” por el estercolero que nos están montando. Son quienes no tienen el poder los que alzan su voz contra quienes abusan de él. Son ellos los que denuncian la práctica imperante de “a la pela por la política”.

Pero, claro, tras la LOGSE, sus secuelas y corolarios la cosa de la historia clásica, como que no. Y los latinajos, como que tampoco. Por eso en las manis y en las concentraciones los pobrecitos se expresan como pueden y no les queda sino decir cosas del tipo “¡Vaya panda de chorizos sinvergüenzas!” o “¿Y cuando decís que vais a devolver el dinero?”

Si supieran latín sabrían que conmemoran los idus de maius y exclamarían “¡O tempora, o mores!”

Sonaría como que mucho más culto.

Pero, eso sí, mucho menos convincente.

14 de mayo de 2012

El elefante indignado



El elefante, que barritaba para sus adentros, aguzó el oído.

Barritaba para sus adentros porque estaba hasta las narices –bueno, hasta la probóscide- de la situación.

El macho dominante, sin rival que le tosiera tras varias estaciones, se había convertido en una verdadera cruz. Se suponía que debía dirigir la manada a los mejores comederos y a las charcas más frescas, protegerla y cubrir a las hembras mejor dispuestas para asegurar la continuidad del grupo. Era sencillo. Pues ni lo uno, ni lo otro.

Se aseguraba el forraje para él y para tres o cuatro elefantes jóvenes con los que había formado una especie de guardia de corps, cosa nunca vista en la manada; mientras, el resto pasaba hambre.

Las charcas a las que acudían eran pequeñas y, en cuanto llegaban, él y su guardia se establecían dentro y en las orillas e impedían el acceso del grupo hasta que no la convertían en un cenagal. En un paroxismo coprofílico no hacía sino ordenar la construcción de grandes montones de excrementos al abrigo de los cuales pretendía que la manada se guareciera.

Las cuestiones de protección las había delegado en sus matones, que exigían favores sexuales a las hembras a cambio de proteger a sus crías de los depredadores. Entre tanto, el gran macho, asistido por sus cómplices, acechaba y violaba a las elefantitas y –se decía- a los elefantitos, que eran más de su agrado. Las madres, furiosas, nada podían hacer ante la ruda presencia de los guardias.


Él era demasiado joven para intentar desbancar a nadie. Junto al único amigo que tenía, de su edad, habían intentado iniciar algún que otro desplante, insinuar una protesta, un reto; pero los guardias los habían molido, literalmente, a trompazos. Por eso barritaba para sus adentros.

Y aguzó el oído porque con sus grandes orejas no le resultaba difícil distinguir los sonidos y su procedencia. Y lo que había oído tenía origen mecánico. Y venía de sotavento. “Estos humanos –pensó- no acabarán nunca de entender que lo de acercarse contra viento funciona bien para los olores, pero que con el ruido que montan es imposible no saber que se acercan. Aunque ellos siguen creyendo que nos engañan…”. Miró al macho dominante, que ni se había inmutado. “Además, el viejo está perdiendo facultades –se dijo”.

Se concentró en sus sentidos: era un vehículo con varios humanos; olía a machos; y a hembras; a machos y hembras mezclados (esto le confundió un poco); olía también a alcohol; y ¡a pólvora! 

Rápidamente comenzó a barritar desaforadamente, esta vez para sus afueras, mientras corría en círculo en torno a la manada para intentar llamar su atención. Su amigo, también apercibido, se le unió enseguida. Cuando pasaron por donde estaba la guardia, el comandante barritó por lo bajini: “Ya están los indignados estos de mierda montando jarana. Pues si quieren lío, ¡lo tendrán!”. Y en voz más alta: “¡Atenta la compañía! ¡Órdenes del jefe! ¡Vigilen al enemigo y actúen sin contemplaciones!".

El elefante y su amigo intentaban crear una nube de polvo para confundir a los humanos pero, solos y con la guardia entorpeciendo, era una tarea imposible. Se detuvieron entre el vehículo y la manada, procurando aparentar fiereza, en el momento en que los humanos descendían, pertrechados, del coche. El elefante escrutó entre la polvareda.

-¡Coño, lo que nos faltaba! –exclamó- ¡El rey!

El elefante y su amigo, precavidos, pusieron pies en polvorosa.

Ahora, creo, viven en Berlín. En el Tiergarten.
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Suero fisiológico marca Hacendado


No lo entiendo.
O no lo puedo entender.
O no lo quiero entender.
¡Ya no sé queesloqueés!

Ahora… (redoble: brrrrrrrrr)… ¡gestión compartida!

¡Otro volatín!

Dice el diccionario de la RAE que volatinero es aquella persona que con habilidad y arte anda y voltea por el aire sobre una cuerda o alambre, y hace otros ejercicios semejantes. Aquí mezclan aire con humo (por si lo venden) y ya prescinden descaradamente de la cuerda, del alambre y del cristo que los fundó: directamente en el aire. O en el humo. Sin sustento, que se dice.

O sea. Gestión “profesional” de los asuntos de “bata gris” de la sanidad valenciana. Y digo de bata gris porque se supone que se excluye la gestión de la asistencia directa, de los profesionales, etc. ¿Se supone?

O sea. De entrada, los gestores actuales son unos pendejos, porque ni saben ni, lo que es peor, sabrán hacerlo bien. Porque si no, no pondrían gestores “profesionales” (será que los actuales son “amateurs”). Pero estos amateurs, no lo olvidemos, son cargos de confianza. ¿Entonces?

O sea. Si mercadona o elcorteinglés compran las gasas de, digamos, el departamento de salud número 3, lo harán a mejor precio. O usaremos gasas marca hacendado y goteros marca corty. ¡Y nos pagarán en corticoles! Al parecer, si se hace una central de compras para toda la comunidad no se obtienen buenos precios y tampoco se ahorra uno el beneficio de los “profesionales”. Además, claro, habría que poner al primo en la gerencia de la central de compras, que encargará al cuñado la logística… Y ya se sabe lo que les gusta a los primos y a los cuñados mirar el cajón con ojos avarientos. Y meter mano en cuanto miras para terramítica. Y no tendríamos corticoles. ¿Así que no?
Nuevo uniforme de quirófanos

O sea. A unos profesionales como la copa de un pino, que entienden un web de finanzas y eso, se les ofrece la bicoca de explotar la ruinosa gestión de un sistema muerto, sin poder controlar ni los recursos humanos ni la verdadera “producción” (la asistencia a los pacientes), para que externalicen casi todos los servicios que ya están externalizados. ¿Y dicen que sí? ¿Sin que les entre risa?

¡Venga ya!

O sea. Hay un argumento irrebatible. Si le das la gestión de algo público a una empresa con ánimo de lucro, haciéndolo tú igual de bien que ellos te ahorras su beneficio. Haciéndolo un poquito mal, la cuenta por la paga. ¿O no?
Programa de investigación con financiación pública

Se está negociando con los más cualificados proveedores de material de oficina

O sea. A ver. No queda un duro en las arcas (¿quién se lo ha gastado?, ¿quién lo tiene?) y alguien tiene que apoquinar hasta que vengan tiempos mejores. Si es que vienen. Y unos señores, que entienden un web de negocios, están dispuestos a poner la pela. Y luego ya veremos cómo lo arreglamos (para variar). Asunción de riesgos, que se dice. Unos terrenitos por aquí, unas licencias por allá, un tratito de favor por acullá. Forever. Forever young. ¿Qué vendemos? ¿No es eso un préstamo encubierto?

Si lo es, que lo digan.

Y si no, melospliquen.
¡El catering está listo!