El elefante, que barritaba para sus adentros, aguzó el oído.
Barritaba para sus adentros porque estaba hasta las narices –bueno, hasta la probóscide- de la situación.
El macho dominante, sin rival que le tosiera tras varias estaciones, se había convertido en una verdadera cruz. Se suponía que debía dirigir la manada a los mejores comederos y a las charcas más frescas, protegerla y cubrir a las hembras mejor dispuestas para asegurar la continuidad del grupo. Era sencillo. Pues ni lo uno, ni lo otro.
Se aseguraba el forraje para él y para tres o cuatro elefantes jóvenes con los que había formado una especie de guardia de corps, cosa nunca vista en la manada; mientras, el resto pasaba hambre.
Las charcas a las que acudían eran pequeñas y, en cuanto llegaban, él y su guardia se establecían dentro y en las orillas e impedían el acceso del grupo hasta que no la convertían en un cenagal. En un paroxismo coprofílico no hacía sino ordenar la construcción de grandes montones de excrementos al abrigo de los cuales pretendía que la manada se guareciera.
Las cuestiones de protección las había delegado en sus matones, que exigían favores sexuales a las hembras a cambio de proteger a sus crías de los depredadores. Entre tanto, el gran macho, asistido por sus cómplices, acechaba y violaba a las elefantitas y –se decía- a los elefantitos, que eran más de su agrado. Las madres, furiosas, nada podían hacer ante la ruda presencia de los guardias.
Él era demasiado joven para intentar desbancar a nadie. Junto al único amigo que tenía, de su edad, habían intentado iniciar algún que otro desplante, insinuar una protesta, un reto; pero los guardias los habían molido, literalmente, a trompazos. Por eso barritaba para sus adentros.
Él era demasiado joven para intentar desbancar a nadie. Junto al único amigo que tenía, de su edad, habían intentado iniciar algún que otro desplante, insinuar una protesta, un reto; pero los guardias los habían molido, literalmente, a trompazos. Por eso barritaba para sus adentros.
Y aguzó el oído porque con sus grandes orejas no le resultaba difícil distinguir los sonidos y su procedencia. Y lo que había oído tenía origen mecánico. Y venía de sotavento. “Estos humanos –pensó- no acabarán nunca de entender que lo de acercarse contra viento funciona bien para los olores, pero que con el ruido que montan es imposible no saber que se acercan. Aunque ellos siguen creyendo que nos engañan…”. Miró al macho dominante, que ni se había inmutado. “Además, el viejo está perdiendo facultades –se dijo”.
Se concentró en sus sentidos: era un vehículo con varios humanos; olía a machos; y a hembras; a machos y hembras mezclados (esto le confundió un poco); olía también a alcohol; y ¡a pólvora!
Rápidamente comenzó a barritar desaforadamente, esta vez para sus afueras, mientras corría en círculo en torno a la manada para intentar llamar su atención. Su amigo, también apercibido, se le unió enseguida. Cuando pasaron por donde estaba la guardia, el comandante barritó por lo bajini: “Ya están los indignados estos de mierda montando jarana. Pues si quieren lío, ¡lo tendrán!”. Y en voz más alta: “¡Atenta la compañía! ¡Órdenes del jefe! ¡Vigilen al enemigo y actúen sin contemplaciones!".
El elefante y su amigo intentaban crear una nube de polvo para confundir a los humanos pero, solos y con la guardia entorpeciendo, era una tarea imposible. Se detuvieron entre el vehículo y la manada, procurando aparentar fiereza, en el momento en que los humanos descendían, pertrechados, del coche. El elefante escrutó entre la polvareda.
-¡Coño, lo que nos faltaba! –exclamó- ¡El rey!
El elefante y su amigo, precavidos, pusieron pies en polvorosa.
Ahora, creo, viven en Berlín. En el Tiergarten.
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