¡O tempora o mores!
“¡Qué tiempos, qué costumbres!” exclamaba Cicerón quejándose
de la relajación de costumbres y de la corrupción que imperaba en su entorno. Y
se lo dedicaba especialmente a Catilina, que conspiraba sin miramientos por el
poder e incluso había intentado asesinarlo. Se había perdido la decencia, la
honorabilidad, el sentido de servicio a la res
pública. Todo valía para alcanzar el poder y, por tanto, la riqueza. O la
riqueza por la vía del poder. Tal vez olvidaba Cicerón alguna que otra
traición, apuñalamiento o cóctel envenenado, habituales también en los tiempos
gloriosos. El abuelo, en suma, se quejaba del derrotero al que los jóvenes estaban
llevando al imperio. O así.
No se escapa cierta similitud con nuestros tiempos. Pero a
la inversa. Son ahora los jóvenes –no sólo de edad- los que exhortan a los “abuelos”
por el estercolero que nos están montando. Son quienes no tienen el poder los
que alzan su voz contra quienes abusan de él. Son ellos los que denuncian la
práctica imperante de “a la pela por la política”.
Pero, claro, tras la LOGSE, sus secuelas y corolarios la
cosa de la historia clásica, como que no. Y los latinajos, como que tampoco. Por
eso en las manis y en las concentraciones los pobrecitos se expresan como
pueden y no les queda sino decir cosas del tipo “¡Vaya panda de chorizos
sinvergüenzas!” o “¿Y cuando decís que vais a devolver el dinero?”
Si supieran latín sabrían que conmemoran los idus de maius y
exclamarían “¡O tempora, o mores!”
Sonaría como que mucho más culto.
Pero, eso sí, mucho menos
convincente.
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