4 de junio de 2019

Todos ganan, todos perdemos



Todos ganan. Todos triunfan. Sin sonrojo, sin vergüenza, quien no recibió ni el voto de la familia sonríe, ufano, y proclama a los cuatro vientos que el pueblo lo ha bendecido con una lluvia de votos, llevándolo en democráticas volandas a la victoria electoral. Sirva ello de escarnio para quien le cuadriplica en número de concejales, o de diputados, o de lo que sea que se venda.

Unos días después todos se miran con recelo. Hasta el más tonto hace cábalas con una aritmética imposible y reclama su pedestal. Y que lo proclamen alcalde. Y le den la vara. Y a su cuñado una concejalía, preferiblemente de Urbanismo.

Vistos desde lejos parecen garrulos en la fiesta del pueblo, ebrios del tintorro que destilan las papeletas, mirando torvamente a los convecinos y, sobre todo, a los forasteros. La mercancía en el escaparate, lista para que se inicien los ritos.

Una chispa, una minúscula chispa, es lo que falta para que se libere la tensión, para que las parejas, los tríos, lo que haga falta, se suelten el pirri y den salida a los instintos en una orgía de goce. Pero también una chispa es lo único que falta para que reluzcan los filos, para que una chulería más insolente de lo convenido desate la orgía de sangre y dolor.

Seguro que este año, como los anteriores, acaba con varios heridos por arma blanca, el alguacil cosido a pedradas y la guardia civil con el cuartelillo atestado de borrachos.

Pudiendo acabar follando todos en la era.
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