Todos ganan. Todos triunfan. Sin sonrojo, sin
vergüenza, quien no recibió ni el voto de la familia sonríe, ufano, y
proclama a los cuatro vientos que el pueblo lo ha bendecido con una lluvia de
votos, llevándolo en democráticas volandas a la victoria electoral. Sirva ello
de escarnio para quien le cuadriplica en número de concejales, o de diputados,
o de lo que sea que se venda.
Unos días después todos se miran con recelo. Hasta el más
tonto hace cábalas con una aritmética imposible y reclama su pedestal. Y que lo
proclamen alcalde. Y le den la vara. Y a su cuñado una concejalía,
preferiblemente de Urbanismo.
Vistos desde lejos parecen garrulos en la fiesta del pueblo, ebrios del tintorro que destilan las papeletas, mirando torvamente a
los convecinos y, sobre todo, a los forasteros. La mercancía en el escaparate,
lista para que se inicien los ritos.
Una chispa, una minúscula chispa, es lo
que falta para que se libere la tensión, para que las parejas, los tríos, lo que
haga falta, se suelten el pirri y den salida a los instintos en una orgía de
goce. Pero también una chispa es lo único que falta para que reluzcan los
filos, para que una chulería más insolente de lo convenido desate la orgía de
sangre y dolor.
Seguro que este año, como los anteriores, acaba con varios
heridos por arma blanca, el alguacil cosido a pedradas y la guardia civil con
el cuartelillo atestado de borrachos.
Pudiendo acabar follando todos en la era.
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