Charbel oyó
el último “¡toc!” y luego el formidable estruendo que todavía recordaba. Fue un
ruido majestuoso, lento, fricción de hojarasca, madera crujiendo. No lo
recordaba intimidante ni amenazador. No se asustó. Además, era un sonido
esperado. Toda la familia estaba contemplando como Jeddo, el abuelo, y Baba
talaban el primer cedro que vio caer cuando era un mocoso. Cuando cayó, las
mujeres se persignaron. Jeddo le explicó lo que harían con la madera: una buena
parte sería vendida; el resto la usarían para la familia. ¡Se podían hacer
muchas cosas con aquello! Y las partes menos útiles servirían para el fuego.
Todo sería aprovechado. Aún recordaba que con él se hicieron las vigas de la
pequeña cuadra, ahora humeante.
A lo largo
de los años caerían otros muchos cedros, demasiados. Tantos que el bosque
desapareció. Como Jeddo y como Baba. Durante su vida se había hecho muchas
veces la misma pregunta: ¿moriría él en la misma casa que Jeddo y Baba, en la
que había sido durante tantos años la vivienda familiar? Le atormentaba que no
fuera así pues consideraba que ese era su sitio, que la tierra no le pertenecía
a él, a la familia, sino que todos ellos eran propiedad de la tierra. Y lo
lógico era que ésta los reclamase cuando les llegara el final.
Como todas
las mañanas, se había levantado al amanecer, había desayunado un café bien
cargado y se había santiguado al abrir la puerta de casa, de cuyo tablero
interior colgaba una pequeña imagen de Nuestra Señora de Harissa. La había
colgado Jeddo ante la insistencia de Teta, que quería que toda la familia
rogara la protección de la Virgen al salir. Tras enalbardar a Anisa la llevó
cogida por el ronzal hasta la huerta. Ya no montaba en ella, cosa que había
hecho durante muchos años. Anisa se había hecho mayor; un día vio que las patas
delanteras le fallaban al subir la losa que servía de puente sobre la acequia
y, aunque se rehízo sin problemas, decidió no volver a sobrecargarla con su
peso. La burrita, dócil y generosa como siempre, todavía apoyaba su costado
sobre él como invitándole a subir. Pero no, ya había trabajado bastante. Ahora
solo le acompañaba y transportaba algunos aperos y la poca verdura que llevaba
a casa a la vuelta.
Ya llevaba
él un buen rato en el tajo cuando llegó Maroun. Hola padre. Buenos días, hijo.
¿Estaban pegajosas las sábanas esta mañana? Maroun refunfuñó un poco. Como
todas las mañanas. Era un teatrillo que se repetía a diario y que ambos seguían
con sorna. Charbel sabía que Maroun se acostaba tarde. Le gustaba leer. Le
gustaba el estudio. Y Charbel estaba encantado. Además de cumplir con sus
clases, le ayudaba lo que podía en la huerta. No tenía motivos para quejarse.
Sabía, y deseaba, que Maroun volaría un día hacia un destino mejor que el suyo.
No quería que la tierra lo reclamase a él. En todo caso, que fuera otra
tierra. La suya. Lejos.
¿Comes hoy
en casa? Sí, hoy termino al mediodía. Pues nos vemos allí. Hasta luego,
Baba. Lleva cuidado. Si hay alarma, protégete. Claro, Baba. Charbel lo observó,
orgulloso, marcharse.
Un poco
después del mediodía Anisa y Charbel coincidieron con un Maroun sonriente
llegando a casa. Maroun se ofreció a llevar a Anisa a la cuadra mientras
Charbel se lavaba. Luego se sentaron bajo la parra para perder el calor del
camino.
Esta vez el
ruido fue distinto: rudo, metálico, atronador, virulento. Charbel únicamente
distinguió una estrella de seis puntas en la parte inferior de cada una de las
alas. Luego, un estampido único se sobrepuso al fragor del motor. Un viento
instantáneo los empujó a ambos, arrojándolos al suelo. Al mismo tiempo, la cuadra
estalló y el cedro, el único cedro que había quedado en pie y que Charbel
consideraba el símbolo de su permanencia, se tambaleó, se inclinó lentamente y
acabo cayendo sobre los restos de la cuadra. Esta vez el ruido fue distinto, en
nada parecido al que recordaba de su niñez. Un rebuzno agónico atravesó el aire
espeso. El polvo los envolvió mientras Charbel corría al interior de la casa.
Su mujer y su hija estaban agazapadas bajo la mesa, indemnes. Respiró aliviado
y volvió al exterior para comprobar que también Maroun estaba bien. Aturdido,
intentaba explicarse qué había ocurrido. Reunió a la familia a la puerta de la
casa, diciéndoles que no entraran hasta que no comprobara que era seguro, no
fuera a haber un derrumbe. Se lavaron como pudieron el polvo de la cara, los
ojos y las manos.
Todavía no
habían recuperado el aliento cuando se oyó el motor de un vehículo acercándose.
Era una tanqueta militar. Otra vez la estrella. Se apearon varios soldados
armados hablando una lengua que no comprendían bien. Uno de ellos, el único que
no llevaba armas, empezó a traducir lo que decían: tenían información de que en
la cuadra se escondía un arsenal de la milicia, que eso contravenía las
instrucciones dadas por los invasores y que la no colaboración podría conllevar
consecuencias muy graves. Charbel dirigió una mirada de profundo odio al
traductor, una mirada acusatoria: traidor. El traductor le devolvió la mirada y
Charbel entendió de inmediato que al muchacho también le iba la vida en
aquello. Suavizó su expresión e intentó explicar que era un error: ellos eran
cristianos, no tenían nada que ver con las milicias. Vivían en paz con todo el
mundo. Ni sabían ni querían saber nada de armas. En la cuadra únicamente
estaban los restos de su burrita, de su fiel burrita Anisa. Los encañonaron,
que se llevasen las manos a la cabeza, que silencio. Vio como Maroun se
enervaba, enrojecía. Empezó a increpar a los soldados elevando cada vez más la
voz. Uno de ellos amartilló su arma. Charbel intentó calmarlo con la mirada
pero ya sabía que no iba a detener aquella explosión. El soldado levantó el
fusil. No tuvo más remedio: lo vio venir y se interpuso de un salto, agarrando
a su hijo.
El ruido
esta vez fue fugaz, breve, intenso, seco. Notó un empujón en la espalda. Se
separó de Maroun. Estaba ileso. Pero había sangre en su camisa. Era su sangre. Miró sobre el hombro del
chico y vio los escombros humeantes y el cedro caído. Le vino a la mente la
imagen de Anisa moviendo las orejas para espantar las moscas. La oscuridad
empezó a envolverle. Justo en ese momento supo la respuesta a la pregunta que
tantas veces se había hecho: sí, la tierra ya le reclamaba.