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Esto que sigue son solo mis opiniones, mis pensamientos. Al menos aquellos que quiero hacer públicos. Si te gustan, compártelos. Si no te gustan, lo siento pero no tengo otros. Cualquier comentario es bienvenido. Si usas algún texto o fragmento, por favor cita la procedencia.

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24 de abril de 2026

El esperpento

 La noticia: la policía detiene a un sujeto que conducía un taxi ilegal. El taxi carecía de licencia. El conductor no tenía carnet de conducir y en el momento de su detención triplicaba la tasa permitida de alcoholemia. La detención tuvo lugar tras una persecución, dado que el conductor intentó darse a la fuga con varios clientes dentro del taxi.

La reacción nacional: seguro que un buen porcentaje de quienes han conocido la noticia ha entonado un “¡Olé ahí tus huevos!”

La reacción racional: ¿cuántas cosas han tenido que fallar para que suceda tamaño despropósito?

 

17 de abril de 2026

El último cedro

Charbel oyó el último “¡toc!” y luego el formidable estruendo que todavía recordaba. Fue un ruido majestuoso, lento, fricción de hojarasca, madera crujiendo. No lo recordaba intimidante ni amenazador. No se asustó. Además, era un sonido esperado. Toda la familia estaba contemplando como Jeddo, el abuelo, y Baba talaban el primer cedro que vio caer cuando era un mocoso. Cuando cayó, las mujeres se persignaron. Jeddo le explicó lo que harían con la madera: una buena parte sería vendida; el resto la usarían para la familia. ¡Se podían hacer muchas cosas con aquello! Y las partes menos útiles servirían para el fuego. Todo sería aprovechado. Aún recordaba que con él se hicieron las vigas de la pequeña cuadra, ahora humeante.

A lo largo de los años caerían otros muchos cedros, demasiados. Tantos que el bosque desapareció. Como Jeddo y como Baba. Durante su vida se había hecho muchas veces la misma pregunta: ¿moriría él en la misma casa que Jeddo y Baba, en la que había sido durante tantos años la vivienda familiar? Le atormentaba que no fuera así pues consideraba que ese era su sitio, que la tierra no le pertenecía a él, a la familia, sino que todos ellos eran propiedad de la tierra. Y lo lógico era que ésta los reclamase cuando les llegara el final.

Como todas las mañanas, se había levantado al amanecer, había desayunado un café bien cargado y se había santiguado al abrir la puerta de casa, de cuyo tablero interior colgaba una pequeña imagen de Nuestra Señora de Harissa. La había colgado Jeddo ante la insistencia de Teta, que quería que toda la familia rogara la protección de la Virgen al salir. Tras enalbardar a Anisa la llevó cogida por el ronzal hasta la huerta. Ya no montaba en ella, cosa que había hecho durante muchos años. Anisa se había hecho mayor; un día vio que las patas delanteras le fallaban al subir la losa que servía de puente sobre la acequia y, aunque se rehízo sin problemas, decidió no volver a sobrecargarla con su peso. La burrita, dócil y generosa como siempre, todavía apoyaba su costado sobre él como invitándole a subir. Pero no, ya había trabajado bastante. Ahora solo le acompañaba y transportaba algunos aperos y la poca verdura que llevaba a casa a la vuelta.

Ya llevaba él un buen rato en el tajo cuando llegó Maroun. Hola padre. Buenos días, hijo. ¿Estaban pegajosas las sábanas esta mañana? Maroun refunfuñó un poco. Como todas las mañanas. Era un teatrillo que se repetía a diario y que ambos seguían con sorna. Charbel sabía que Maroun se acostaba tarde. Le gustaba leer. Le gustaba el estudio. Y Charbel estaba encantado. Además de cumplir con sus clases, le ayudaba lo que podía en la huerta. No tenía motivos para quejarse. Sabía, y deseaba, que Maroun volaría un día hacia un destino mejor que el suyo. No quería que la tierra lo reclamase a él. En todo caso, que fuera otra tierra. La suya. Lejos.

¿Comes hoy en casa? Sí, hoy termino al mediodía. Pues nos vemos allí. Hasta luego, Baba. Lleva cuidado. Si hay alarma, protégete. Claro, Baba. Charbel lo observó, orgulloso, marcharse.

Un poco después del mediodía Anisa y Charbel coincidieron con un Maroun sonriente llegando a casa. Maroun se ofreció a llevar a Anisa a la cuadra mientras Charbel se lavaba. Luego se sentaron bajo la parra para perder el calor del camino.

Esta vez el ruido fue distinto: rudo, metálico, atronador, virulento. Charbel únicamente distinguió una estrella de seis puntas en la parte inferior de cada una de las alas. Luego, un estampido único se sobrepuso al fragor del motor. Un viento instantáneo los empujó a ambos, arrojándolos al suelo. Al mismo tiempo, la cuadra estalló y el cedro, el único cedro que había quedado en pie y que Charbel consideraba el símbolo de su permanencia, se tambaleó, se inclinó lentamente y acabo cayendo sobre los restos de la cuadra. Esta vez el ruido fue distinto, en nada parecido al que recordaba de su niñez. Un rebuzno agónico atravesó el aire espeso. El polvo los envolvió mientras Charbel corría al interior de la casa. Su mujer y su hija estaban agazapadas bajo la mesa, indemnes. Respiró aliviado y volvió al exterior para comprobar que también Maroun estaba bien. Aturdido, intentaba explicarse qué había ocurrido. Reunió a la familia a la puerta de la casa, diciéndoles que no entraran hasta que no comprobara que era seguro, no fuera a haber un derrumbe. Se lavaron como pudieron el polvo de la cara, los ojos y las manos.

Todavía no habían recuperado el aliento cuando se oyó el motor de un vehículo acercándose. Era una tanqueta militar. Otra vez la estrella. Se apearon varios soldados armados hablando una lengua que no comprendían bien. Uno de ellos, el único que no llevaba armas, empezó a traducir lo que decían: tenían información de que en la cuadra se escondía un arsenal de la milicia, que eso contravenía las instrucciones dadas por los invasores y que la no colaboración podría conllevar consecuencias muy graves. Charbel dirigió una mirada de profundo odio al traductor, una mirada acusatoria: traidor. El traductor le devolvió la mirada y Charbel entendió de inmediato que al muchacho también le iba la vida en aquello. Suavizó su expresión e intentó explicar que era un error: ellos eran cristianos, no tenían nada que ver con las milicias. Vivían en paz con todo el mundo. Ni sabían ni querían saber nada de armas. En la cuadra únicamente estaban los restos de su burrita, de su fiel burrita Anisa. Los encañonaron, que se llevasen las manos a la cabeza, que silencio. Vio como Maroun se enervaba, enrojecía. Empezó a increpar a los soldados elevando cada vez más la voz. Uno de ellos amartilló su arma. Charbel intentó calmarlo con la mirada pero ya sabía que no iba a detener aquella explosión. El soldado levantó el fusil. No tuvo más remedio: lo vio venir y se interpuso de un salto, agarrando a su hijo.

El ruido esta vez fue fugaz, breve, intenso, seco. Notó un empujón en la espalda. Se separó de Maroun. Estaba ileso. Pero había sangre en su camisa. Era su sangre. Miró sobre el hombro del chico y vio los escombros humeantes y el cedro caído. Le vino a la mente la imagen de Anisa moviendo las orejas para espantar las moscas. La oscuridad empezó a envolverle. Justo en ese momento supo la respuesta a la pregunta que tantas veces se había hecho: sí, la tierra ya le reclamaba.

 

13 de abril de 2026

Semos diferentes

Esto no tiene fin. Desde Roldán (por no retroceder más) hasta Ábalos, Cerdán y Koldo (o lo nuevo de Montoro), pasando por lo del hermano de Guerra, Rodrigo Rato, Kitchen, Púnica, Gürtel, los ERE y tantos otros. Esto es el cuento de nunca acabar.

Con toda esta historia cada vez abundan más las charlas de café, más o menos sesudas, en las que intentamos analizar –o, mejor, explicarnos- cómo coño hemos llegado a permitir que nos sometan a tamaña sodomía política. Cada uno cuenta el baile según con quien ha bailado y con agudeza tan variada como colores hay de cristal. Pero un argumento se repite indefectible y machaconamente: que no tenemos remedio. Los españoles semos ansí, semos diferentes. Nuestro pueblo está condenado a la estulticia por un designio inexorable. No sabemos hacerlo de otra guisa. Somos poco trabajadores, perezosos, abúlicos, aprovechados cuando no directamente corruptos, manipuladores, estafadores en ciernes, ladronzuelos administrativos, provincianos irredentos. Y eso es inmutable. Incorregible. Como dictado por nuestro especial genoma, tan distinto al de los paisanos de nuestro entorno. Bueno, todos no, ya se sabe, italianos, griegos… primos hermanos. De los portugueses se dice poco, como siempre: los portugueses es como si no existieran, ni para bien, ni para mal.

Cuando protestas por esta terrible carga, por esta falacia, siempre te hacen la misma consideración, el argumento irrefutable erigido en prueba del nueve: ¿Tú no harías lo mismo? ¿Acaso jamás has cometido un pecadillo fiscal? ¿Seguro que no has pedido nunca una factura sin IVA?

Pues sí. Alguna vez he cometido algún pecadillo social. Y le sisaba monedas a mi madre y a mi abuela, y también me la meneaba y decía mentirolas… ¿Y qué? ¿Justifica eso este desmadre? ¿Hace tolerable tanto desmán?

Pues no. Yo también podría preguntar. ¿Nunca has experimentado un impulso sexual, aunque fuera breve, que podría considerarse inapropiado? Pues entonces eres un follador irredento cuyos cataplines se tostarán en las llamas eternas mientras Pedro Botero te sodomiza. ¿Seguro que nunca miraste de reojo el culín de un rubiales que se cruzó en tu camino? Entonces eres una ninfómana lujuriosa que arderá en el infierno mientras Pedro Botero te sodomiza, que para esto no hace distingos.

La raíz está en nuestra falta de educación. Ninguno de nuestros próceres se ha preocupado una mierda, jamás, en que la población se eduque, en que exista una conciencia cívica, un sentido de comunidad, de propiedad de lo común, que haga que nos respetemos y que respetemos nuestros logros, valorando su coste. Siempre han preferido que pensemos que lo que tenemos es porque ellos nos lo han dado, no porque nosotros lo hemos conquistado; que es una dádiva divina o humana antes que una propiedad adquirida por un esfuerzo colectivo; que nos lo regalan antes que lo pagamos. El favor, así, se lo debemos a ellos y no a nosotros mismos.

Cuando todo va bien, ellos son cojonudos. Cuando se tuerce, los populismos de mierda se encargan de avivar la xenofobia –el culpable es el extranjero-, el nacionalismo –la culpa la tiene el del otro lado del río, el del Rh positivo, el de aquella ladera de la montaña- o la terrible idiosincrasia carpetovetónica –la responsable es nuestra irremediable forma de ser.

Y añaden: “Pues sí, Espain is diferén, y a mucha honra. Nos han jodío. Aún querrán darnos lecciones. ¿Qué se habrán pensado? No lo vamos a tolerar”. Así nacen la intolerancia, los bandos, el fascismo. Nunca tienen ellos la culpa. Nunca son responsables. Nunca miraban. Nunca estaban allí.

No, no hay nada en nuestro ADN, en nuestra personalidad colectiva, en nuestro acervo cultural que justifique este desiderium, el triunfo de tanto patán.

Nada justifica que nos den tantos por el culo. Ni tantas veces. Ni tan seguido.

 


4 de abril de 2026

Al rico meteorito, oiga.

Durante este mes de marzo dos meteoritos han caído sobre zonas pobladas, cerca de Coblenza y cerca de Houston. Concretamente han aterrizado sobre dos casas; exactamente, sobre dos dormitorios. Para más inri, durante el fin de semana en los dos casos. Es decir, alta probabilidad de pillarte en casa. Pero en ningún caso ha habido víctimas ni daños personales.

Si tenemos en cuenta que las tres cuartas partes de la superficie terrestre son agua y que, aproximadamente, solo el 1% de dicha superficie está recubierto por estructuras de origen humano, la probabilidad de que nos dé uno en la chola es bastante baja. De hecho, los expertos calculan que dicha probabilidad es, más o menos, de 1 entre 174.000.000. Y eso a pesar de que cada año entran en nuestra atmósfera unas 50.000 toneladas de piedrolos espaciales. La mayoría se desintegran por el rozamiento con la atmósfera, por lo que solo las vemos como románticas estrellas fugaces a las que pedir un deseo.

En fin, yo me había hecho el ánimo cuando leí la noticia; pero lo de que le caiga uno a Trump en el tupé va a ser que no. Ni siquiera a Netanyahu.