Como siempre, la epidemia saca lo peor de muchos.
Parece que la ruindad es intrínseca al ser humano.
Ante las primeras noticias de lo que se nos venía encima se
inició una vorágine del mal. En los hospitales comenzó a desaparecer material,
especialmente mascarillas y soluciones hidroalcohólicas desinfectantes.
Sabandijas de dentro, personal sanitario: ratas hay en todas partes.
En Estados Unidos, paraíso liberal, cuna de las
oportunidades para morir sin cobertura sanitaria, el payaso que los lidera
hacía chanzas sobre la epidemia. Mientras, la sanidad que se autoproclama la
leche de las sanidades cobraba unos 3000 dólares de vellón por realizar la
prueba diagnóstica. La pela es la pela. Su propia institución de control de
epidemias, el prestigioso CDC, alertaba, en cambio, que la tremendamente baja
aplicación de pruebas diagnósticas era una mala deriva para el control de la
crisis. Así les va a ir después, aunque nunca sabremos con exactitud cuántos se
infectaron ni qué pasó con ellos.
En nuestro país, rápidamente se supo que diversas clínicas
privadas competían en ofertar la PCR diagnóstica en una carrera de rebajas,
entre 400 y 200 euros. Nenas, que me lo quitan de las manos, que me lo quitan
de las manos. Pero quien puede pagarlo se “lo compra”, que para eso está el
dinero. Incluido algún politiquillo de ideas cortas y boca sucia. Y haciendo
alarde de ello. A quién y cuándo se hace la prueba debe determinarlo la
autoridad sanitaria (aunque la cague, que leña hay para todos). Ir por libre
puede ser muy peligroso: un negativo a destiempo puede llevar a un infectado a
convertirse en un aspersor de moco vírico. Eso sí, contento porque ha dado
negativo.
Nuestros mandamases ponen al frente a un técnico: ¡chapeau!, ¡impecable! Pero en cada
comparecencia, el susodicho pone cara de haberse comido más de un sapo. ¿Por
qué será?
Las autoridades sanitarias deciden el protocolo de
actuación, incluidos los criterios para la realización de las pruebas
diagnósticas y los casos que deben aislarse y donde. El personal sanitario se
mosquea porque se les escatima la realización del test. La población se mosquea
porque en los teléfonos que proporciona la autoridad sanitaria te hacen menos
caso que en el departamento de reclamaciones de una compañía de telefonía
móvil. En ese contexto, el borbón y su señora encabezan la legión de figuras
públicas, especialmente políticos y futbolistas, que se ufanan de haberse hecho
el test, que para eso son más importantes que la chusma. El que quisiera ser el
borbón sin cortarse la coleta, se pasa por el forro las reglas de aislamiento
cuando su señora, que imprudentemente no ayudó a desconvocar la manifestación
de reivindicación inaplazable, da positivo. El que quería cerrar las
fronteras, especialmente las del sur, da positivo después de haber estado
besando abuelas y banderas en un mitin. Su compadre, que también da positivo,
responsabiliza al gobierno ¡por no haberles prohibido el mitin! Habría que
haberlos oído si les llegan a impedir el desfile de sus SS-Standartenführers.
Cerrar la frontera es lo que habría que haber hecho. Pero con ellos fuera.
Finalmente, comienzan a escasear las pruebas y, por lo
bajini, se decide no realizar diagnóstico a los casos leves. Totá, ¿pa qué? Con
ello no solo cabrean al respetable sino que, ficticiamente, disminuyen el
número de afectados, para que nadie les afee que las medidas tal vez han
llegado un poco tarde. Cuando más insiste la OMS en la necesidad de realizar
todas las pruebas posibles, menos pruebas se realizan “por problemas logísticos
que se solventarán en breve”.
El Torra, que pide una frontera sanitaria para toda Cataluña.
Lo que sea, pero frontera.
Ya acojonados por el número de casos y de muertos, nos
confinan. Justo después que una horda de madrileños irresponsables (tampoco se
hizo mucho hincapié en que lo que estaban haciendo era una temeridad) invadiera
la costa como si fuera el puente de agosto.
Tras el anuncio viene lo bueno. Nadie cierra filas sin meter
su cuñita publicitaria.
Lo más sorprendente, los exabruptos de los “liberales”
del PP. No me cabe duda que, de haber adelantado las medidas, habrían puesto
el grito en el cielo por el supuesto catastrofismo del gobierno y la
paralización de la vida económica; si hubieran retrasado las medidas, por la
inoperancia; si las tomaron cuando lo hicieron, por haberlo hecho. En fin, da
la impresión que les acosan ciertos celos escénicos.
Los de Vox, que hubieran
estado mejor calladitos después de su mitin, pues lo mismo. A ver si
aprovechaban algo a base de decir sandeces.
Los que parecían más comedidos, los
de Ciudadanos, no dudan en responsabilizar al ejecutivo de la epidemia por
pactar con quienes pactaron: el eje del mal.
Podemos intenta ponerse de perfil
después de las cagadas de los marqueses de Galapagar.
Lo más cojonudo, lo de
Urkullu y, sobre todo, lo de Torra. Que me deyecto encima, que me deyecto
encima. Para escribir un guion. El hijo pequeño llega al funeral del padre. Hijo,
se ha muerto el padre. Sí, pero yo quería longaniza y no me habéis dejado. Pues
eso.
El Consell de la Generalitat Valenciana publica un decreto, el
32/2020 del 13 de marzo, antes del estado de alerta, en el que indica que el
personal podrá ser requerido para otras funciones que no sean las que les
correspondan por puesto de trabajo, que se suspende la jornada de trabajo y
descanso, así como los permisos, licencias, reducciones de jornada y exenciones
de guardias por edad, se contempla la contratación de licenciados sin la
especialidad correspondiente y la reincorporación de jubilados. Pero ¡ojo al
parche!, copio textualmente para que no se diga: “… el personal con dispensa
absoluta de asistencia al puesto de trabajo por ejercicio de funciones
sindicales podrá solicitar voluntariamente,
ante la Dirección General de Recursos Humanos, la autorización para desempeñar
funciones asistenciales, sin que ello determine el cese de la dispensa ni del
personal sustituto que pudiera existir”. O sea, todos a apechugar por decreto
ley (nadie protesta por ello, nos va en la profesión) pero los liberados sindicales,
esforzados trabajadores, especialistas en limpiársela con papel de fumar, solo
de forma voluntaria. Es por si les pillaba sin el braguero. No he oído a
ninguna central sindical salir a dar la cara y a decir que ellos se
incorporarán todos si es necesario, que de entrada los consideren ya
voluntarios. Que también les va en el cargo. Esta panda ni me ha representado,
ni me representa, ni me representará. Por mí, los podrían poner con el voceras
al otro lado de la frontera.
Y el Torra, que sigue pidiendo frontera.
El protocolo cambia cada pocas horas. Y nunca para bien. Es
imposible conectar con los teléfonos de asistencia. Y si conectas, tampoco van
a ir a mirar. Están desbordados. En el hospital, los de riesgos laborales, que
se supone gestionan los posibles contagios del personal suplican que allí ni te
asomes, que no pueden atender a todos. Que llames por teléfono. Pero por
teléfono no contestan. El protocolo de los casos positivos y de los posibles
contagios es cambiante, contradictorio, por no decir caótico, y supeditado a la
existencia de reactivos y de personal. El que ayer se tenía que quedar en casa
aislado 14 días hoy tiene que seguir viniendo a trabajar mientras no tenga síntomas.
Los planes de contingencia se improvisan y se gestionan por el voluntarismo del
personal, que siempre está dispuesto a echar el callo. Las direcciones,
amordazadas por su condición de meros transmisores políticos, son incapaces de
decidir si antes no suena la voz de la montaña.
Y el Torra, que quiere que lo encierren.
Acabamos como siempre: qué cojonudos sois, qué cojonudos
somos, qué cojonuda es nuestra sanidad. Dicho en la tele hasta la saciedad y
publicitado en todas las redes sociales en un descarado ejercicio de posverdad.
Pues no. El discursito épico pueden metérselo por donde les entre. Nos ha
pillado con las bragas por los tobillos. Año tras año de desamortización de la
sanidad pública nos pueden ahora pasar factura. Privatizaciones, reducciones de
personal y de camas, nula inversión en la renovación de estructuras y otras
maldades han dejado un sistema decrépito, cansado, sin fuelle. Es más fácil que
la goma se rompa que que dé más de sí.
Y lo peor está por venir, dicen.
Aunque el Torra dice que si le
ponen frontera en Cataluña allí no pasará.
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