21 de junio de 2022

Varas de medir

 

Son constantes e incontables los ejemplos. El escándalo –me refiero al escándalo fundado por vía judicial- se abate sobre un candidato, un vicepresidente, un presidente incluso y las reacciones no se hacen esperar. Los de su cuerda sacan pecho y alardean peligrosamente con la mano sobre las llamas, repletos de seguridad y ufanos de la honestidad de toda la vida del fulano/fulana (mierda, como cambian los sentidos con el dichoso género). Cierto es que, conforme las aguas se enturbian, la chulería muda en rictus, el pecho se encoge, barra libre de crema para las quemaduras, y la peña se va poniendo de perfil conforme barrunta que puede alcanzarles la aspersión de caquita.

Los de enfrente, con tal de crispar, de encabronar, de sacar tajada de lo que sea, se rasgan las vestiduras, señalan con el dedo de señalar, exigen responsabilidades, dimisiones, flagelaciones públicas, horca si hace falta. Faltaría más. Y cargan con toda su artillería, la sustanciada y la deleznable, tirando con posta lobera contra todo lo que se mueva en la otra orilla. Parece que no tengan freno.

Pero siempre sale algún listillo enseñando un papelito “Uy, mira lo que tengo aquiiií” con la intención, las más de las veces fraudulenta, de convertir al lobo en cazador y al cazador en lobo.

Irremediablemente (nuestra clase política –de todo menos clase- no da para más), las tornas cambian y tarde o temprano el aireado papelito trae sustancia y, como a los tenistas en los juegos impares pero sin casi sentarse en el banquillo, les cambia el saque. Y los otros, a restar.

Para mí la pértiga, para ti el mondadientes. Cambia, que ahora me toca a mí.

Todos dijeron que en caso de imputación en firme se apartarían a un lado. Pero luego le cambiaron el nombre a la imputación. Ahora son solo investigados. Todos anunciaban su infinito respeto a la Justicia. Pero todos cuestionan la independencia judicial y ven cazas de brujas en cuanto les toca el turno. Llegan a vociferar, como recientemente, que este país está muy mal si la justicia osa investigarlos a ellos, custodios en exclusiva de la verdad. Y todos, todos, intentan ejercer un férreo control sobre el Poder Judicial, montando el numerito en cada renovación –o directamente no renovándolo- porque les va en ello la paga. Que al final es lo que de verdad les interesa.

Cierto es que muchas, la mayoría, de estas añagazas quedan en nada. O han prescrito (habría que mirárselo esto de la prescripción), o no hay pruebas, o directamente no hay delito.  Y, claro, uno piensa qué papel juegan los señores magistrados -solo algunos, claro- en la oportunidad, en la elección del momento. No es lo mismo lanzar un tomate en la tomatina que tirárselo al tenor en una ópera. Y seguro que también a más de uno le gusta salir a pegar unos tiritos a las brujitas cuando se lo pide un amiguete.

Y así vamos.

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