Se atribuye a George Santayana la conocida frase: “Aquellos
que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo” (originalmente “Those who cannot remember the past are
condemned to repeat it", pues Santayana, aunque era español, escribió
toda su obra en lengua inglesa). El autor se refería fundamentalmente a los
aspectos de la memoria y vivencias personales (básicamente el aprendizaje a
partir de los propios errores), pero la frase se ha generalizado y tiende a
utilizarse en un sentido más amplio, aplicada a los pueblos o las culturas. Por
mi parte, nada que objetar; aunque es cierto que tampoco soy yo nadie para
objetar. Conocer la historia es fundamental para situarnos en el tiempo, como
conocer la geografía lo es para situarnos en el espacio. Y uso también esta
conocida frase de forma intencionada para acercarme al tema.
Del mismo modo que no pueden juzgarse los viajes de Herodoto
o de Marco Polo, ni siquiera los de Livingston, con el rasero geográfico actual,
uno no puede aproximarse a la historia amordazado por usos, costumbres y
convenciones sociales o morales actuales. Herodoto no tenía GPS, ni Marco Polo
mapas satelitales. A Stanley le costó un huevo encontrar a Livingston y Shackleton
puso en extremo peligro a sus hombres (¡vaya imprudencia!), aunque los 27
regresaron salvos. Podían haber cogido un vuelo low-cost, caramba.
Sería una gilipollez, por ejemplo, cuestionar a nuestros
ancestros por su contribución a la desaparición del smilodon (si es que
tuvieron algo que ver). Uno no se imagina una actitud políticamente correcta, en
pleno pleistoceno, tal que así:
− “Pase, pase, Señor Tigre. Bienvenido a La caverna self-service. Sírvase usted
mismo. Respetuosamente le rogaríamos que, a poder ser, eligiese entre los más
ancianos; pero lo que usted mande. ¿Cómo? ¿Le molesta? Por supuesto, por
supuesto. A ver, Fallerito, ¿te importaría apagar ese fuego, que incomoda al
señor?”
O matas, o mueres. Si no hay elección, matas. Y aquí, paz; y
después, gloria.
Digo todo esto por la reciente tendencia (maldita palabra:
ahora todo son tendencias) a evaluar la Historia con condicionantes morales
actuales y obviar las verdaderas enseñanzas que nos ofrece. Es cierto que la
Historia la escriben los vencedores; pero el tiempo se encarga de reescribirla,
a veces muy lentamente. También la manipulan y la utilizan torticeramente
quienes ansían el poder, la riqueza, la revancha o el vasallaje.
La socialización, la pertenencia al grupo, ha sido uno de
los grandes motores de nuestro progreso y, al mismo tiempo, la terrible lacra
de nuestra especie. Los grupos cazadores-recolectores debieron defender sus
territorios como lo hacen todavía los primates (en realidad como multitud de
animales). Con el asentamiento urbano nace la propiedad privada y probablemente
también el afán por el poder y la riqueza: ya había más cosas a defender. De la misma manera que los humanos
somos intrínsecamente buenos y sociables, somos muy influenciables para dirigir
nuestra ira contra otros grupos. De ahí a la conquista y el exterminio solo
hacen falta unos pocos manipuladores hábiles en el uso de la religión, la raza,
el dinero, el terruño o la bandera.
El colonialismo no fue sino una expresión de tribalidad,
cada vez a mayor escala. Como lo fue el esclavismo, una versión del
colonialismo donde el producto a extraer es humano.
Las exploraciones geográficas llevaron a la búsqueda de
nuevas tierras, de nuevos recursos. La conquista se iniciaba muchas veces con
la excusa del ataque “preventivo” para evitar la invasión del invadido. Los
recursos materiales se aprovechaban y los humanos, también. Mercado de
mercadería y de esclavos. La maquinaria del colonialismo se había puesto en
marcha.
Hubo un colonialismo meramente extractivo: arramblar con las
riquezas del territorio conquistado con la inversión mínima para hacer posible
la extracción y para proporcionar una vida algo parecida a los usos de la
metrópoli a aquellos que se encargaban del expolio. También hubo un
colonialismo más paternalista que incluyó a los conquistados entre sus súbditos,
los amparó con leyes y les proporcionó infraestructuras… mientras los
expoliaba. Que cada país se aplique el cuento que le corresponda. Tanto en uno
como en otro extremo el colonialismo fue un proceso social que nace del
tribalismo, de la necesidad de expansión (poder y riqueza en juego) y de la
autocomplacencia. Lo hicieron hititas, chinos, egipcios, fenicios, griegos,
romanos, árabes, mayas, aztecas, españoles, ingleses, franceses, holandeses,
belgas, italianos, rusos, estadounidenses… También, ahora, israelitas. Y en
cada caso se hizo –o se hace- con la crueldad aparente (la intrínseca siempre es
desproporcionada) máxima que toleran los usos y las convenciones sociales del
momento. Suficiente para levantar protestas (Bartolomé de las Casas, por
ejemplo) pero insuficiente para forzar la detención del proceso.
Es estúpido pretender la existencia de responsabilidad en
quienes hoy habitan las antiguas metrópolis de los hechos ocurridos a los
tatarabuelos de los abuelos de los actuales habitantes de las antiguas
colonias. Especialmente cuando los verdaderos responsables fueron precisamente esos
tatarabuelos por quienes se reclama reparación (ellos fueron los que
sobrevivieron a las matanzas; como dijo aquel: mis antepasados no fueron, se
quedaron aquí). De cualquier modo, las responsabilidades personales reales no
son tanto de los que fueron y cometieron como de quienes alentaron y ordenaron.
Como el del tigre: o te afiambra el nativo, o te ahorca el rey o te incinera en
vida el inquisidor. Algo de eso se entrevé, por ejemplo, en los relatos de
Bernal Díaz del Castillo.
Todo esto no le quita hierro a los abusos cometidos en
nombre de una corona o una cruz. Pero buscar un enemigo externo para afianzarse
en el poder, suavizar problemas internos o justificar inoperancia es despertar
de nuevo la tribalidad. La verdadera enseñanza es que la Historia es una
crónica, nunca es penosa ni vergonzante; lo es el comportamiento de algunos de
nuestros congéneres: precisamente los que estaban allí y quienes fomentaban y permitían
sus excesos.
No vale preguntarse qué habría ocurrido con las blanqueadas
civilizaciones que sucumbieron. ¿Se habrían convertido en florecientes
civilizaciones? ¿Lo habrían hecho a costa de colonizar a sus vecinos? ¿Se
habrían extinguido? ¿Se los habrían comido los vecinos? ¿Los habrían colonizado
otros conquistadores? Ahora ya no tocan esas preguntas. No ocurrió y no hay
alternativa, solo especulación.
Estamos donde estamos porque ellos estuvieron donde
estuvieron. Pero no hay otra versión.