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14 de agosto de 2026

Cogito ergo sum (III). El pensamiento lógico-mágico.

 

La complejidad del mundo que nos rodea da mucho de sí para la elaboración de explicaciones mágicas. La abundancia de interpretaciones inconexas vuelve a hacer que a nuestro hombrecillo le explote la cabeza. De alguna manera tiene que organizar de forma coherente todo este batiburrillo para recuperar el control. Para ello, intentará introducir una coherencia lógica que, de alguna manera, ligue las explicaciones mágicas. Los más espabilados del grupo empiezan a integrar la interpretación del entorno en un relato. El Relato. Y aparecen los dioses. Y con ellos la cosmogonía: la interpretación mítica (mágica) de los orígenes del universo esta vez ya dotada de una lógica interna. Una jerarquía más o menos compleja de deidades sirven de hilo conductor para dar coherencia a las explicaciones mágicas de los fenómenos naturales.

Naturalmente, el chamán adopta un papel protagonista en este negocio (sí, probablemente ya empieza a ser un negocio). Como “intérprete” entre los dioses y el grupo es quien establece las pautas espirituales de conducta. Ya no se trata solo de explicar: se pueden imponer modelos de conducta, de “moral”, que van más allá del comportamiento cotidiano. No es cuestión únicamente de colaborar, como hasta ahora, en la recolección y en la caza, en el cuidado y enseñanza de los pequeños, en la protección del grupo, en el aseo de la cueva; ahora se puede influir en las decisiones del grupo, en la jerarquía, en la jefatura, en el comportamiento. También se puede responsabilizar de las desgracias a aquellos que son díscolos, castigar a los levantiscos y premiar a los bienmandados. Dado que los dioses son los últimos responsables de lo bueno y de lo malo, se abre la posibilidad de influir en ellos para suavizar los fenómenos adversos y potenciar los benignos. Y ello se consigue mediante ritos.

El rito no es sino una representación teatral sujeta a unas normas estrictas que condicionan su “efectividad”. La primera es la propia formalidad del rito: gestos, actitudes, danzas, oraciones que han de repetirse con exactitud. La segunda es el lugar: el rito debe efectuarse en sitios específicos, fijos (el pie de un árbol, la cumbre de un monte, un manantial, una cueva, sobre una determinada piedra) o móviles (estructuras construidas al efecto, artilugios concretos…). La tercera es el quién: es el chamán quien oficia el rito, quien lo sabe y quien lo transmite. El chamán tiene el control, pues en definitiva es quien elabora el rito, decide el lugar donde celebrarlo y lo ejecuta. Lo interesante es que estos tres requisitos son los que hacen eficaz el teatrillo. Por ejemplo, si antes se administraba una hierba cuando algún miembro del grupo se intoxicaba, era la hierba lo que era eficaz. Ahora no. Lo importante no es la hierba en sí, sino el cómo, el dónde y el quién la administra. El montaje puede llegar a hacerse, como se dice hoy, inmersivo, multisensioral: olores y/o sabores característicos, cánticos repetitivos y monocordes, movimientos estereotipados, alteraciones del estado de conciencia inducidos por sugestión o, frecuentemente, por el efecto o la clara intoxicación por substancias psicotropas.

Sean sumamente complejos o asombrosamente simples, los ritos siguen conservando las funciones esenciales de vehiculizar el “diálogo” entre los pobres mortales y las poderosas fuerzas sobrenaturales que gobiernan nuestro mundo. La explicación estructurada lógicamente de los fenómenos de nuestro entorno -generalmente falsa- y la posibilidad de interactuar con las fuerzas que lo rigen –siempre mediante intérpretes “cualificados”-  aportan cierto sentimiento de control de la inseguridad y del miedo a lo desconocido, al tiempo que constituyen un potente elemento de cohesión del grupo, de comunión espiritual.

Tanto el pensamiento mágico como el lógico-mágico son ampliamente observables en la actualidad. Su pervivencia es notable en el pensamiento infantil, cuando el niño no ha desligado todavía su mundo interior del exterior que lo rodea y piensa, por ejemplo, que con el pensamiento puede lograr sus deseos o que tapándose con la sábana está protegido de los monstruos que lo acechan. Entre los adultos también es ampliamente observable: la base esencial de prácticamente todas las religiones está construida sobre razonamientos de este tipo, así como todo tipo de supersticiones y creencias (el karma, el animismo en los bosques, el poder de la mente, la astrología, la nigromancia, las “medicinas milagro”, el curanderismo, la homeopatía…). Gran parte de la publicidad y de los métodos de venta se basan en presentar productos asociados a efectos mágicos inciertos o no comprobados. Finalmente, algún tipo de regresión hacia esta forma de pensamiento se observa en trastornos de tipo obsesivo-compulsivo (muchas veces en forma de ritos repetitivos) y en las ideaciones psicóticas.

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