Las explicaciones mágicas, el universo lógico-mágico, atenúan el desasosiego de nuestro predecesor; pero éste quiere más. Las inferencias lógicas de la vida diaria, casi automáticas, no son ninguna novedad: el animal grande se come al chico; yo no soy más grande que ese bicho; el bicho se me comerá (o sea, hay que salir zumbando). Pero ¡ojo!, el bicho grande que come hierba no se come a nadie; así que la cosa se puede refinar: el animal grande que come animales se come al chico…
Echándole tiempo y empeño se puede llegar más lejos, se pueden alcanzar generalizaciones, se puede pensar en lo abstracto, ¡se puede casi todo! Se descubre la lógica como herramienta de razonamiento y se empiezan a establecer las reglas para que su aplicación llegue a buen fin. De esta manera, progresivamente se alcanza un escalón más en la sofisticación, en la complejidad de nuestro razonamiento. Entramos en el pensamiento deductivo.
Es casi imposible establecer cuándo ocurre esto (probablemente en un periodo de miles de años), pues a diferencia del pensamiento mágico, que deja trazas en forma de amuletos, pinturas rituales, etc., el pensamiento deductivo deja fundamentalmente un rastro escrito, por lo que resulta muy difícil encontrar pistas antes de la cultura escrita. Es característico, no exclusivo, de la cultura occidental y sus grandes desarrolladores son especialmente los filósofos griegos. Se atribuyen a Aristóteles las primeras revisiones estructuradas de esta forma de razonar.
El pensamiento deductivo se suele definir como un proceso lógico que consiste en obtener inferencias deductivas. Poco clarificadora esta definición. Se entiende mejor si se explica el proceso deductivo: si partimos de un principio general que se considera verdadero (“Todos los seres humanos son mamíferos”) y lo aplicamos a un caso particular (“Carlos es un ser humano”) podemos inferir (deducir) que “Carlos es mamífero”. En el fondo, lo que hemos hecho es un silogismo, que es la presentación formal más conocida, aunque no la única, del razonamiento deductivo. Partimos de una premisa general (“Todos los seres humanos son mamíferos”), añadimos una particular (“Carlos es un ser humano”) y alcanzamos una conclusión (“Carlos es mamífero”). Si es imposible que la conclusión sea falsa siendo las premisas verdaderas, la inferencia es válida. Una inferencia válida en la que todas sus premisas son verdaderas se convierte en un argumento sólido que puede ser utilizado como nueva premisa en el proceso. Así, en definitiva, partiendo de informaciones, ideas o principios generales que son verdaderos y mediante un razonamiento lógico, se alcanza una conclusión específica.
Pero, claro, hay unas reglas, un reglamento ineludible: las premisas generales han de ser verdaderas (no podemos decir “Todos los seres humanos son diestros”, “Carlos es humano” y concluir que “Carlos es diestro”); la particularización ha de hacerse sobre un elemento que represente o forme parte del grupo a que hacen referencia las premisas generales (no podemos decir que “Todos los orangutanes son mamíferos”, “Carlos es mamífero” y concluir “Carlos es un orangután”, porque el grupo de la primera premisa son los orangutanes, no los mamíferos); las conclusiones han de basarse lógicamente en las premisas previas, no valen suposiciones, etc. Estas características confieren una gran precisión al pensamiento deductivo, dado que su adecuada ejecución asegura la validez de la conclusión. Por otro lado, una premisa falsa puede llevar a una conclusión inválida a pesar de que el razonamiento lógico sea correcto.
El razonamiento deductivo está presente tanto en la vida cotidiana, donde lo utilizamos en la toma de decisiones, en la aproximación a conclusiones desde casos generales y en otras muchas situaciones, como en la vida académica: en las matemáticas, en la estructura lógica de programas informáticos, en la aplicación de leyes, en la comprobación de teorías científicas, en la predicción de hechos concretos a partir de leyes generales, etc.
Las dos grandes limitaciones del pensamiento deductivo son su dependencia de la validez de las premisas, como ya se ha comentado, y la incapacidad de alcanzar información genuinamente nueva: dado que partimos de premisas generales conocidas y verdaderas, no podemos alcanzar conclusiones que supongan “novedad” en la cuestión, sino que confirmamos que la premisa general que ya conocíamos se cumple o no se cumple en casos específicos. Por ello, el razonamiento deductivo no depende de la observación empírica de hechos o datos, es independiente de ellos y de la investigación, es apriorístico.
Cuando el razonamiento deductivo no sigue las reglas de inferencia se llega a una inferencia o conclusión inválida que se denomina falacia (engaño, en latín). Las falacias pueden cometerse involuntariamente, por ignorancia o falta de escrupulosidad en la construcción del razonamiento, o deliberadamente, con la intención de engañar. Mucho se ha escrito sobre falacias desde que Aristóteles hiciera la primera clasificación conocida de las mismas; en la página de Ricardo García Damborenea “Uso de razón” (http://www.usoderazon.com) puede consultarse un extensísimo número de ellas.
El uso actual de la falacia es abrumador, por ejemplo en la publicidad, en la propaganda y especialmente en el ambiente político tan crispado que vivimos. Veamos alguna de las más utilizadas:
Falacia ad hominem: en vez de responder al argumento presentado por el interlocutor se ataca a éste para así desacreditar su argumento (“El Presidente es un desastre y un corrupto, luego todo lo que dice es mentira”).
Hombre de paja: se modifica el argumento del oponente para poder atacarlo mejor (“El uso del dinero en efectivo favorece la economía sumergida” se modifica en “Si lo que usted pretende es prohibir el uso del dinero en efectivo…”)
Ad verecundiam: se apela a la supuesta autoridad o fama de alguien para dar por buena su opinión –que suele coincidir con la propia-, sin atender a la validez del razonamiento ni a la verdadera autoridad del famoso en la materia (“Alguien tan famoso como Miguel debe estar muy enterado; si tiene tanta información no debe equivocarse; luego las vacunas deben ser perjudiciales”).
Ad populum: se atribuye la opinión propia a la de una supuesta mayoría; si supuestamente esa mayoría da por bueno un argumento, éste no puede ser falso (“Todos los españoles odian a ese partido político…”).
Falsa causa: se establece una falsa causalidad entre dos sucesos porque se suceden en el tiempo (“Le puse una vela a San Cristóbal y el coche arrancó…”).
Ad ignorantiam: se afirma la verdad o falsedad de una proposición porque no se conoce o no se ha podido demostrar la contraria (“Nadie ha demostrado que la vida extraterrestre no existe, luego existe” También valdría lo contrario: “Nadie ha demostrado que la vida extraterrestre exista, luego no existe”).
Falso dilema: se presentan dos posibilidades como únicas opciones, cuando en realidad puede haber muchas más (“O estás conmigo o estás contra mí”)
Generalización apresurada: se alcanza una conclusión general partiendo de uno o de pocos casos particulares (“Un norteafricano robó una gallina de mi gallinero; todos los negros son unos ladrones”).
Petición de principio: se incluye en las premisas la conclusión que queremos alcanzar (“Las escrituras fueron dictadas por Dios a los Profetas, las escrituras dicen que Dios creó todas las cosas, luego Dios existe”).
Afirmación del consecuente: falacia muy frecuente que consiste en dar por verdadera la parte recíproca de una afirmación condicional verdadera (“Si llueve la calle se moja; la calle está mojada, luego ha llovido”).
La lista se podría hacer interminable, por lo que siempre es aconsejable estar con las orejas tiesas para que no nos la cuelen con facilidad.
Lo cierto es que a lo largo de nuestra historia reciente como especie hemos ido perfeccionando nuestra forma de razonar, lo que, indudablemente, ha contribuido a nuestro progreso. Pero paralelamente se han ido desarrollando herramientas de engaño basadas precisamente en ese perfeccionamiento. El pensamiento deductivo se convirtió en el rey del mambo al menos desde la Gracia clásica hasta el Renacimiento. Los poderes públicos se encargaron de “domesticar” la verdad de las premisas para hacerla coincidir con sus intereses inmediatos. Aristóteles, Hipócrates, Galeno, las escrituras sagradas de las distintas religiones (cristiana, mahometana, judía…) se convirtieron en el soporte de la verdad y ciñeron un tremendo corsé al conocimiento que solo se pudo romper con el desarrollo del pensamiento ampliativo o inductivo.
.
No hay comentarios:
Publicar un comentario