4 de octubre de 2009

El himno suena

A ver, situémonos. Acontecimiento deportivo de primer orden (evento, que dirían los in) con medallas en juego. Toda la carne en el asador.


Suena un himno extranjero. Los del bando correspondiente se quedan serios; algunos entonan la letra de su himno patrio, otros acercan su mano al corazón en clara copia a los yanquis. Las aficiones ya empiezan a separar sus actitudes. Unos, silenciosos, miran al infinito; los otros, con camisetas rojas y las caras pintarrajeadas de rojo y gualda siguen gritando y desafiando a todo dios viviente. Acaba el himno. Aplausos.


Los altavoces del pabellón entonan ahora el himnito nuestro. La afición y los jugadores rivales guardan silencio. Nuestro seleccionado pone cara de circunstancias. La marea roja (será por lo que marean), como si nada. Las cámaras enfocan ¿intencionadamente? a algunos especímenes que, grotescamente, gritan sin que su grito se oiga. Las cámaras, en un lento barrido, se trasladan al palco de autoridades y nos lo acercan. Allí, sí, están todos serios. Primer plano de un político que, se supone, nos representa. Subrepticiamente, como quien no quiere la cosa, tal vez a sabiendas de que lo enfocan, nuestro prócer mueve los labios como si silabeara. ¿Está cantando el himno? Todo parece indicar que así es, lo que evidentemente complace al realizador televisivo. ¿Dirá aquello de Franco tiene el culo blanco o sólo chunta, chunta, tachuntachuntachunta chuntachuun tachuuun? Lo cierto es que parece tararear, quizá para vencer el complejo. Vuelta a la roja que marea. Gestos simiescos como si la tribu pretendiera ahuyentar a los rivales, antes de la pelea, mostrando un grupo numeroso y potente. El himno acaba y la marabunta ruge, ahora ya desaforada.


Habrá que hacer algo. Urgente. Lo primero, coserle la boca al político.

27 de agosto de 2009

VALENCIA STREET CIRCUIT

Bueno, de eso aquí todavía no tenemos. Tenemos Valensia estrit sircuit, acentuado en la cuit. Pero, en general, lo que se celebra son les carreres de cotxes y la fórmula ú. Y es que estos vestidos de seda…

Las fechas son, sin duda, las más apropiadas. Proverbial es la benignidad climática de la segunda quincena de agosto en Valencia. Esa brisita térmica refrescante que, sin que te des casi cuenta, deja el mercurio en los confortables 38 grados. Todo el mundo sabe que una temperatura tan próxima a la corporal se sobrelleva con facilidad, casi como una febrícula otoñal. Por eso la organización tiene la formidable previsión de no enturbiar con sombrajos la fulgente potencia solar de la canícula agosteña. Aunque nunca faltan esos grupos de cabrones boicoteadores, enemigos de la valensianía, que se agolpan en sediciosos grupos, a veces muy numerosos, en las escasas sombras del recinto. Todos echados por tierra, casi enseñando las vergüenzas y, lo que es peor, sudando. Puaggg! ¿Dónde están aquellos servidores públicos que con elegantes uniformes grises invitaban al respetable a dispersarse, previa identificación con el deneí entre los dientes? Alguien debió echarlos de menos el domingo, porque los pistolos y los seguratas no son lo mismo; levantan menos pasiones.

Aunque, para ser ciertos, alguna pasión sí levantaban a la entrada, cuando obligaban al personal no sólo a revelar la intimidad de bolsos y mochilas, sino a destapar todas las botellas ¡para quedarse ellos con los tapones! (seguro que por cada veinte tapones ganaban una papeleta para el sorteo de un apartamento en Marina D’Or). La gente no quería comprender que eran estrictas medidas de seguridad que redundaban en su beneficio. ¿Para qué querían tanta agua, con la agradable temperatura y la abundancia de fuentes públicas del interior? ¿Y si alguien lanzaba una botella contra un participante, discurriendo a más de 200 k/h por una pista a unos 100 metros de la grada? ¿Y si le daba? ¿Tan tonto es el personal que no entiende que una botella de agua sin tapón pesa menos que una con tapón? ¿Que la podían comprar una vez dentro? Sí; pero no es lo mismo: la gente no tira cosas de valor y una botellita de agua en los chiringuitos del circuito se cotizaba más que ferrovial en sus mejores tiempos. A tres euricos, ni más ni menos. Ahora, eso sí, bebidas alcohólicas no se podían pasar, que eso está muy feo y reñido con el deporte, sobre todo con el de quemar gasolina a espuertas. No vaya a ser que con tanto líquido inflamable tengamos un disgusto. Ahora bien, bajo la atenta tutela de los dispensadores diplomados de los chiringuitos oficiales podían adquirirse pequeñas dosis (3,5€), dosis normales (7€, sí, sí, siete) o dosis centroeuropeas (10 euros de vellón) de cerveza no inflamable. No, no, no, nada más lejos de mi intención que insinuar que todas esas medidas eran para aleccionar el consumo en los carísimos puestos de la organización. Por supuesto eran por nuestro bien y por nuestra seguridad, que el personal está cada día más lelo y hay que velar por nosotros como si fuéramos cagones.

Toda esta historia de vino (perdón, agua) y rosas se truncó, ay, cuando los bólidos habían dado 10 ó 12 vueltas de las 57 que se anunciaban. Y es que se acabó el agua. Sí, sí, se acabó. Imposible conseguir una botellita ni ofreciendo abyectos favores sexuales a cambio. Y como todos los pecados se pagan, se acabó también la cerveza. Bueno, aquí hay algunas dudas. Todo parece indicar que cuando ya se habían dispensado varios miles de litros (no inflamable, por supuesto), alguien se acordó de que no se podía vender cerveza. ¡Ay, cabecita loca, qué memoria! ¡Más rabos de pasa y menos bogavantes, hombre! Agotada la reserva hídrica (no nos dejan hacer el trasvase y ya ves lo que pasa), la excusa era que no estaba permitido vender cerveza. Querían decir que ya no estaba permitido. O Cocacola, o deshidratación. Así que deshidratación.

Unas vueltas después la cosa se acabó; la carrera, digo. Fernando Alonso quedó en sexta posición, Hamilton no ganó y todos nos fuimos a casa tremendamente felices. Hay que reconocer que el desalojo fue rápido. ¿Que si había mucha gente? Pues yo no la conté, pero pocos no éramos. Imagino que las cuentas serán como en las manifestaciones: desde estar petao,petao a ser cuatro gatos, dependiendo de quien lo cuente.

Y ahora después uno reflexiona. Valencia, o sea cada uno de nosotros, pone las calles, las molestias, el cierre de tráfico, los gastos asociados, los traslados, las comilonas, las que no son comilonas, los transportes especiales, los casi cuatro mil agentes del orden que se dedicaron al acontecimiento, etc, etc. Para un negocio privado, porque todo esto lo explota una empresa privada, cuya principal meta es, todos lo sabemos, colocar a Valencia en el mapa, que parece que andaba un poco descolocada. No es ganar dinero, noooo. De hecho, hasta parece ser que lo pierden. Y yo pienso que muy espabilados no deben ser, porque, vamos a ver, si les ponemos gratis el circuito, la manduca y los agasajos, cuatro mil trabajadores de seguridad por el morro y todas las facilidades… y pierden dinero, pues ya me dirán.

Aunque luego yo, que le doy muchas vueltas a las cosas, vuelvo a pensar: “Hombre, tontos, tontos no van a ser porque conseguir el compromiso de nuestros gobernantes, con nuestro Molt Honorable petronio a la cabeza, de que a partir de ahora también pagaremos el canon anual, no es que sea de pardillos”. ¿Que qué es el canon? Pues una minucia que reclaman los propietarios de la F1 por dejar que hagamos aquí la carrerita; total unos dieciocho milloncejos de nada. Cada año, claro, que para eso es anual. Eso son unos tres mil millones de pelas (sí, tres mil) para los que todavía no se hacen a la proporción. Seguro que así el punto de Valencia en los mapas dejará de parecer una cagada de mosca, como los de Londres, París o Roma, y será de verdad de verdad todo un puntazo. Y todo gracias a la cada vez más frecuente aplicación de ese conocido principio de la economía neoliberal: el G3P. Ganancias privadas, pérdidas públicas (caramba, que hay que explicarlo todo).

Eso sí, en tiempos de crisis hay que apretarse el cinturón y, solidarios, han prometido que los gastos en vestuario y ropero serán drásticamente recortados. Los de los pilotos, claro está, que el resto se paga cada uno lo suyo.

16 de junio de 2009

Como Lutero...

Como Lutero, clavaré mis tesis en la puerta del templo.

Nuestra visión es tan distinta que la comunión de ideas es imposible.

Me explico.

Para mí la docencia es un fin; para vosotros, un medio.

Para vosotros la investigación y, sobre todo, la publicación son un fin; para mi, un medio.

Para mí la asistencia –concepto último por el que recibimos el salario- es, sin duda, un fin. Para vosotros no es fin; ni medio. El paciente es en vuestro prontuario el elemento molesto, como el alumno o el dato discordante, que enturbia vuestro quehacer. Y que a la postre os importa un carajo.

¿Será mejor lo que veis vosotros? ¿Lo que veo yo?

Yo lo tengo claro. Vosotros, ya sabréis.

Y me la suda el Decet romanum pontificem.

5 de mayo de 2009

INVESTIGACIÓN GLOBALIZADA

Los datos crudos son el combustible de la ciencia. La experimentación, el método, es el verdadero motor del vehículo. Sólo hace falta un buen conductor, un buen investigador que consiga avances del conocimiento y optimice el consumo de recursos. Y este proceso es imparable porque es consustancial a la curiosidad innata de nuestra especie.

Trabas las ha habido, las hay y las habrá. Dos han sido los frenos más contumaces hasta ahora: nuestra propia estupidez y la dificultad de desentrañar los complejos procesos que nos rodean: la complejidad de la vida frente a nuestras limitaciones.

Nuestra estulticia ha alimentado y mantenido las corrientes ideológicas que sacan renta de la ignorancia: la magia, el esoterismo, las religiones... Todas ellas basan su progreso en la inevitable asociación entre curiosidad y afición humana a las respuestas sencillas. A todos nos gustan las interpretaciones fáciles; lo complicado exige elaboración y, por tanto, esfuerzo. También exige una mínima capacidad y preparación y no está al alcance de todos sin previa instrucción, sin iniciación.

Brujos y hechiceros controlaron a sus grupos con explicaciones mágicas del entorno. El escalón siguiente, cuando el personal ya exigía un poco más de imaginación, fueron cosmogonías elaboradas en esquemas lógico-mágicos más convincentes para los reticentes. De ahí a las religiones sólo había un paso. Ya no se trataba únicamente de explicar el mundo sino también de apurar el control imponiendo modelos de comportamiento. La imposición entraba más fácil utilizando el miedo o el anhelo a intangibles creados por el propio sistema: miedo al infierno como refuerzo negativo y anhelo por el paraíso como refuerzo positivo. De paso, tanto plagas y sequías como bonanzas y cosechas abundantes eran interpretadas desde la óptica moral impuesta. De esta forma, la explicación de los fenómenos cotidianos que nos envuelven se hace inseparable de determinados códigos de conducta. El conocimiento independiente del entorno intenta supeditarse a los intereses de una ideología dominante. Del mismo modo que delito y pecado quieren hacerse conceptualmente sinónimos, se aúpan los dogmas a la categoría de ciencia cierta. Total: un chollo. Las culturas judeo-cristianas llevan siglos para desuncirse de este corsé. La mayoría de las culturas orientales están todavía en la faena.

Contra nuestra propia estupidez y contra la complejidad de nuestro universo deberían bastar instrucción, método y medios. Nada que no pueda conseguirse con tiempo. Pero ¡ay! el escenario es cambiante. La profesionalización del investigador, tan necesaria para una correcta gestión de los recursos, tiene dos efectos secundarios que pueden ser devastadores: uno depende del investigador mismo; el otro, de quien lo financia.

Cualquier profesionalización conlleva la creación de una casta que, con celeridad pasmosa, intenta afianzar su estatus, lo que, entre otras cosas, lleva a la creación de una jerga propia para iniciados –muchas veces de vacuo contenido- y al establecimiento de determinadas jerarquías cuyo último fin es la autoperpetuación, lejos ya del objetivo inicial, que en este caso sería la investigación. Cuando el currículum se cotiza en euros la investigación en sí misma pasa a un plano secundario. La posición, el poder y, en último extremo, el buen pasar del investigador dependen de su currículum: el trecho desde aquí hasta que su engorde (el del currículum o el del investigador, tanto da) sea el fin último es tan corto... Así es como centros y grupos de investigación acaban convertidos en granjas de engorde curricular.

¿Y el control? Bueno, el control lo ejercen a partes iguales burócratas “profesionalizados” (máxima aspiración de investigadores mediocres y palmeros del poder), sin formación específica en aquello que están juzgando, y los propios investigadores que, por el aquel de igual mañana me toca a mí, pueden tender a escorar hacia el corporativismo. Los unos y los otros defienden su pesebre. A ver si no cuál es el significado real, en un mundo globalizado y con acceso en tiempo real a la información, de las cacareadas investigaciones traslacionales, redes investigacionales y otras zarandajas diseñadas mayoritariamente para hacer caja.

Desgraciadamente, los investigadores de granja compiten con los de verdad –que los hay y muchos- en una carrera que parece hecha a medida de los primeros. Mientras unos se dejan las horas, la salud y la familia en proyectos rigurosos, aquellos venden humo en los despachos, donde pasan más tiempo y con mayor soltura que en sus laboratorios, y se llevan el gato al agua. La burocratización desmedida acaba, como siempre, en inoperancia.

¿Y el dinero? ¿De dónde sale el dinero? Pues ese es el otro problema. La investigación seria es muy cara, las inversiones no siempre tienen retorno y, cuando lo tienen, no es rápido. Naturalmente, el estado da una propina, silba y mira para otro lado. Es la industria –especialmente médica y farmacéutica- quien, a falta de filántropos y altruistas, asume el rol del antiguo mecenas; pero de gratis, nada. La filantropía y el  diletantismo no son el fuerte de los negocios globales. Ellos invierten para obtener beneficios. Igual de legítimo que una cadena de supermercados. En ese contexto es difícil criticarles la escasa inversión en proyectos que a duras penas les resultarán rentables. Dado que en muchos casos son quienes tienen los recursos y el know-how las autoridades sanitarias deberían negociar con ellos la dedicación de esfuerzos a investigaciones huérfanas. Pero ese es otro cantar. Lo cierto es que, al final, una importantísima parte de la investigación está dirigida directa o indirectamente por la industria y, en definitiva, por sus objetivos comerciales. La investigación de escasa aplicabilidad a corto plazo está así penalizada y cuando escasean los fondos se investiga únicamente aquello en lo que la industria está interesada. Aquí también puede crearse una nueva casta. La de renombrados investigadores que lo son por el mero hecho de ser buenos clientes. Grandes consumidores y prescriptores son aupados a posiciones de líderes de opinión. La industria les agradece su fidelidad y los aprovecha, al tiempo, para las campañas de marketing. La tendencia de éstos también será, naturalmente, la defensa del pesebre.

Así las cosas, el conocimiento que nuestra curiosidad anhela se ve entorpecido en este nuevo siglo, a partes iguales, por el revival de una saga de sacerdotes y chamanes, vendedores del humo que envuelve a la verdad, y por los intereses de grupos comerciales cuyo grial es el dividendo.

Lo peor es la tendencia de unos y otros a manipular datos y métodos, combustible y motor, para encontrar atajos que acorten sus respectivos itinerarios. La ciencia se convierte así en superchería, su eterna enemiga.

¿Entonces, qué? ¿que inventen ellos?

Pues va a ser que no. El porqué habrá que dejarlo para otro día.

 

A. Vesalio: De humani corporis fabrica

 

DIOS (O ALGUIEN) NOS LIBRE

Vuelo a Bruselas.
Pasajero con pinta de señorito venido a menos y reconvertido en vividor del humo político comenta con su acompañante, éste con las señas identitarias de fiel cargo de confianza dispuesto a venderse al mejor postor:
-"Déjame que coja un libro de la bolsa. La verdad es que luego no lo leo. Pero queda como más intelectual..."

Todavía estamos en esto. Y así nos va.

20 de marzo de 2009

El botellón necesario

No soy experto, pero alguna copa tomo de vez en cuando. Estos días atrás, más. Por las fiestas.
Y claro, mucho botellón por ahí esos días. Ya me despacharé con el tema del botellón, que ahora no iba a eso. Sólo contar un corto tránsito.

Primer día: Radio Tránsito, una referencia. Mucha gente, mucho volumen en la música, un gintónic excelente. Según algunos, probablemente con razón, el mejor de Valencia. Bien preparado, con zumo, con aromatizante en spray incluso. Con mimo, en suma. Pero rápido, expeditivo, sin mirarte siquiera. Seis chapas piden. Es casi obligado repetir.

Segundo día: Backstage, casi enfrente del anterior. Ambiente mucho más tranquilo, para carrozas que todavía pretenden mantener una conversación inteligible. Atención personal por un barman que parece que sabe lo que se lleva entre manos. Gintónic y mojito. Se toma su tiempo. Acepta sugerencias y marcas de bebida, que eliges. Estás a gusto. Y repites. Aquí ya son siete chapas, aunque puedes pagar al final, no cada vez que te sirven la copa. Un alivio saber que no te consideran un mangui.

Tercer día: Infanta, en el Tossal; otro lugar que fue de culto. Una escoba con ropas de mujer, con tremenda desgana, te inquiere con premura. El cuerpo te pide caipirinha, anunciada estelarmente en los carteles. La escoba se va. Vuelve poco después: que no hay, que el que las hace no viene hasta más tarde (-"gilipollas"-, le ves con ganas de apostillar). Bueno, que sea gintónic. Eso sí, preparadito, de buena ginebra. Se va. Vuelve con dos vulgares mezclas de una ginebra ignota, en vaso de tubo, mucho hielo, sin zumo, sin nada. Sin profesionalidad (fiel reflejo de este país de camareros y albañiles amateurs). Eso sí, el módico precio alcanza los siete euros y medio. No repites. Lo alargas, por lo de amortizarlo. A la salida, claro, de corridita te vas a buscar el botellón.

Y así, ad infinitum.

¿No van a hacer botellón, animalitos míos?

Africa

Africa. Más de veinte millones de infectados por el virus del SIDA. El Papa. Los condones.

¡Qué malo! El Papa, digo.

Y de pederastia, ni mu.

Lo de la paja en el ojo ajeno...

Uy, perdón. Por lo de la paja.



17 de marzo de 2009

Fiestas, fiestas, fiestas



Fiestas en el pueblo. Buf.... Y digo en el pueblo porque las fiestas populares no distinguen categorías: da igual capital, ciudad, villa o villorrio. Son eso: de pueblo. En el sentido amplio del término. En todos los sentidos, menos quizás en el político: las fiesta populares son de todo menos del pueblo. Para el pueblo, en el pueblo, con el pueblo.... pero no del pueblo. Son una cinta que une lo intangible con las entrañas, con lo profundo, con el bajo vientre. Se permite la transgresión de apariencia más salvaje; pero dentro del corsé, de la forma, de la fiesta.

Y es que las tradiciones es lo que tienen. Si te desapegas demasiado precozmente, demasiado joven, tal vez dejes de aprender algo tribal, tal vez algún día añores tus raíces.

Si no te despegas de ellas, estás muerto. Sin remisión.
 


10 de marzo de 2009

Un país vestido de seda

En este mundo que pretenden globalizado la apariencia es la sustancia del éxito hasta para la misma globalización: se pretende una aldea global donde sólo hay un mercado. Y aquí llevamos 25 años aparentando ser modernos.

Pasadas las tinieblas, este país se apuntó a la modernidad o, por lo menos, a sus pompas. Apuntarse a sus obras ya era otro cantar. Los dineros públicos habidos y por haber se han ido encauzando hacia proyectos sin fundamento o hacia obras que sonrojarían al mismísimo Keops. Todo ello con dos únicas finalidades: el enriquecimiento de amigos y palmeros y el acopio de ornamentación para dar el pego de modernos. Museos en los que lo menos importante es el contenido. Costosos planes de educación que no educan. Leyes, como la antitabaco, promulgadas con voluntad de ineficacia e incumplimiento; pero con adorno europeo. Vistosas terminales de pasajeros donde éste es el elemento molesto. Trenes de alta velocidad que no se mueven o que lo hacen para deslizarse en un socavón. Leyes de seguridad vial que quitan puntos sin saber si quitan muertos. Y un largo etcétera.

Mientras tanto, políticos y medios de comunicación de tendencia aparentemente opuesta (otra vez la apariencia) se reparten los papeles de protagonista, dama despechada, pandilla de amigotes, coristas y pendencieros abucheadores en una coreografía que aparenta casual. Y de infraestructuras, nada. Y el respetable, aguantando. Y viajando en avión. Y en tren. Y viendo la tele. Y comprando la prensa. Y votando a los de siempre.