26 de mayo de 2020

Carta a El País



Hace unos días escribí una carta a la directora de El País. Tras escribirla, decidí enviarla y tuve que extractarla a 200 palabras. Como no he sabido su destino, pero lo intuyo poco afortunado (no mantienen correspondencia sobre la correspondencia, ni siquiera acuse de recibo o destino final), la pongo aquí completa: yo he venido a hablar de mi libro y no voy a ponerme exquisito conmigo mismo, carajo.

Sra. Directora,

El periodismo es una profesión y publicar periódicos, un negocio legítimo. Periodistas y editores tienen que ganar dinero. Perfecto. Por otra parte, el proceso de adaptación a una edición digital no es sencillo y el camino ha sido complejo: diseñar y abrir la web, dicotomizar edición impresa y digital, decidir si la noticia es gratuita o el diario es gratuito, acotar el espacio propio y defenderlo contra, por ejemplo, los buscadores de internet para que no se apropien de los contenidos (y de la posible publicidad que arrastran), etc. Pero la cosa ha ido funcionando y El País reconoce que en 2019 los ingresos por publicidad de la edición digital superaron a los de la impresa. Enhorabuena.

Paralelamente, cada vez es más general el uso de Internet y de las redes sociales para la difusión de contenidos falsos, tendenciosos, provocadores, manipuladores. Sean del signo que sean, los emisores de este tipo de contenidos tienen en común el facilitar el acceso gratuito a ellos del mayor número posible de receptores. Mientras, la respuesta de los medios de comunicación social “serios” es cerrar sus ediciones digitales al acceso mediante subscripción. Nada que objetar. Es su negocio. Pero las ediciones digitales –todas- están plagadas de contenido publicitario que llega incluso a dificultar la lectura, especialmente si se accede con dispositivos portátiles como teléfonos o tabletas, o que impregna el contenido del diario, a veces de forma descarada bajo la forma de artículo. Por otra parte, las ediciones digitales parecen escritas por una legión de becarios o corregidas por otra legión de aprendices: los gazapos, las erratas y los “copy-empastre” están reñidos con la exquisita edición impresa, al menos de El País.

Soy lector de El País desde su número 1, desayuno a diario con su portada y no creo que deje de hacerlo a corto plazo. He de reconocer, ciertamente, que compro mucho menos la edición impresa desde el auge de la digital. También creo que la edición impresa está abocada a una muy lenta agonía y entiendo que esto es un negocio y no una casa de beneficencia. Pero 2019 fue un buen año en ingresos, ¿o no?.

La prensa “seria” suele sacar pecho por su parcela de “servicio público”. Si en estos momentos ese servicio no es proveer de noticias veraces de forma ecuánime ¿cuál es, entonces? Y no hablo de artículos de opinión ni de reportajes, sino de la información cruda diaria. Tal vez sea el momento de distinguir claramente la labor informativa de la que yo quiero ver como “formativa”. Si se cierra el acceso desde los buscadores y desde la página del diario, cualquier ciudadano que busque (y todos sabemos cómo busca el ciudadano medio) tendrá una elevada probabilidad de ser dirigido a cualquier máquina generadora de bulos y falsedades. Y esas son gratis. ¿Cuál será, entonces, la posición de El País?

Atentamente,
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11 de mayo de 2020

Coronasueño



He tenido un sueño.

Entro en un bar a tomarme una cerveza. ¡Una cerveza! Es una bodega, bien decorada, limpia. Me siento en un taburete de la barra y junto a mí se sienta una muchacha morena de ojos petrolíferos, negros, profundos. El cruce casual de miradas dura un poco más de la cuenta: dos, tres, cuatro, cinco segundos. Sus ojos sonríen. No puedo decir que me zambullo en ellos, porque a mi edad y con mi peso no logro desvincular el gesto de un salpicón general. Pero ahí está. Conexión inmediata. Una conversación banal que se hace honda de forma vertiginosa. Una mano en mi rodilla, la mía en su nuca. Su pelo ya roza mi frente. Nuestros ojos, atados, intuyen bocas entreabiertas. Bizquea un poco, pienso, pero eso ahora ya no importa. Con la parsimonia de dos naves espaciales nuestras bocas se aproximan. Y, justo en ese momento, nos hacemos un lío con las mascarillas.

Puta epidemia.
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9 de mayo de 2020

La Sección Femenina



Me he tropezado con un artículo publicado en El País el 10 de mayo de 2009 y no he podido resistirme. Va sobre las exhortaciones que dirigía a las mujeres la Sección Femenina de la Falange, liderada durante muchos años por Pilar Primo de Rivera. Por cierto, en mi más tierna infancia pensé durante años que Pilar Primo de Rivera era hermana de Franco: en el No-Do salían siempre los dos, su nombre se asociaba habitualmente a lo de “hermana de”… y, alma cándida, no caí en los apellidos.

La Pilar y sus compinches instituyeron la Sección Femenina de la Falange para dar presencia a la mujer en el mundo fascista y para recobrar el “ideal perdido” de feminidad. Instauraron el Servicio Social (la “mili” de las chicas), donde inculcaban los “nuevos valores” de forma obligatoria. Por ejemplo, sin el Servicio Social, que estuvo vigente hasta 1977, no te podías matricular en la Universidad.

Es llamativo que la mayor parte del Directorio de la Sección Femenina estaba formado por mujeres solteras que tenían una vida pública activa, viajaban y daban discursos. Igual que la republicana norteamericana Phyllis Schlafly, ultraconservadora y antifeminista (fue la principal artífice de que no prosperara la Enmieda de Igualdad de Derechos), que también abogaba por un modelo de mujer sumisa, mojigata y doméstica, mientras ella no paraba en torreta. La Phyllis, en cambio, sí estaba casada y era madre de familia numerosa, aunque la prole estaba al cuidado de institutrices y sirvientas.

Estas arpías pretendían establecer cánones de comportamiento para la mujer en todos los aspectos de su vida. Los relativos al papel de la mujer en el mundo, en la casa y en la cama son especialmente suculentos. Ahí van algunas de las frases de sus manuales o de sus arengas:

“Las mujeres nunca descubren nada; les falta el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles”.

“La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular –o disimular- no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse”.

“Todos los días deberíamos de dar gracias a Dios por habernos privado a la mayoría de las mujeres del don de la palabra, porque si lo tuviéramos, quién sabe si caeríamos en la vanidad de exhibirlo en las plazas”.

“Si tu marido te pide prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes”. “Si él siente la necesidad de dormir, no le presiones o estimules la intimidad”. “Si sugiere la unión, accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que hayas podido experimentar”.

Pues eso es lo que había. Es más, eso es lo que hay. Llevad cuidado, porque estos cabrones quieren volver. O como se dice ahora para ser inclusivo: llevad cuidado, porque est@s cabron@s quieren volver. Aunque a mí me gusta más la forma antigua, porque la inclusividad no está tanto en el lenguaje como en la mollera.
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