Hace unos días escribí una carta a la directora de El País.
Tras escribirla, decidí enviarla y tuve que extractarla a 200 palabras. Como no
he sabido su destino, pero lo intuyo poco afortunado (no mantienen correspondencia
sobre la correspondencia, ni siquiera acuse de recibo o destino final), la
pongo aquí completa: yo he venido a hablar de mi libro y no voy a ponerme
exquisito conmigo mismo, carajo.
Sra. Directora,
El periodismo es una profesión y publicar periódicos, un
negocio legítimo. Periodistas y editores tienen que ganar dinero. Perfecto. Por
otra parte, el proceso de adaptación a una edición digital no es sencillo y el
camino ha sido complejo: diseñar y abrir la web, dicotomizar edición impresa y
digital, decidir si la noticia es gratuita o el diario es gratuito, acotar el
espacio propio y defenderlo contra, por ejemplo, los buscadores de internet para
que no se apropien de los contenidos (y de la posible publicidad que
arrastran), etc. Pero la cosa ha ido funcionando y El País reconoce que en 2019
los ingresos por publicidad de la edición digital superaron a los de la
impresa. Enhorabuena.
Paralelamente, cada vez es más general el uso de Internet y
de las redes sociales para la difusión de contenidos falsos, tendenciosos,
provocadores, manipuladores. Sean del signo que sean, los emisores de este tipo
de contenidos tienen en común el facilitar el acceso gratuito a ellos del mayor
número posible de receptores. Mientras, la respuesta de los medios de
comunicación social “serios” es cerrar sus ediciones digitales al acceso
mediante subscripción. Nada que objetar. Es su negocio. Pero las ediciones
digitales –todas- están plagadas de contenido publicitario que llega incluso a
dificultar la lectura, especialmente si se accede con dispositivos portátiles
como teléfonos o tabletas, o que impregna el contenido del diario, a veces de
forma descarada bajo la forma de artículo. Por otra parte, las ediciones
digitales parecen escritas por una legión de becarios o corregidas por otra
legión de aprendices: los gazapos, las erratas y los “copy-empastre” están
reñidos con la exquisita edición impresa, al menos de El País.
Soy lector de El País desde su número 1, desayuno a diario
con su portada y no creo que deje de hacerlo a corto plazo. He de reconocer,
ciertamente, que compro mucho menos la edición impresa desde el auge de la
digital. También creo que la edición impresa está abocada a una muy lenta
agonía y entiendo que esto es un negocio y no una casa de beneficencia. Pero
2019 fue un buen año en ingresos, ¿o no?.
La prensa “seria” suele sacar pecho por su parcela de
“servicio público”. Si en estos momentos ese servicio no es proveer de noticias
veraces de forma ecuánime ¿cuál es, entonces? Y no hablo de artículos de
opinión ni de reportajes, sino de la información cruda diaria. Tal vez sea el
momento de distinguir claramente la labor informativa de la que yo quiero ver
como “formativa”. Si se cierra el acceso desde los buscadores y desde la página
del diario, cualquier ciudadano que busque (y todos sabemos cómo busca el
ciudadano medio) tendrá una elevada probabilidad de ser dirigido a cualquier
máquina generadora de bulos y falsedades. Y esas son gratis. ¿Cuál será, entonces,
la posición de El País?
Atentamente,
.
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