He tenido un sueño.
Entro en un bar a tomarme una cerveza.
¡Una cerveza! Es una bodega, bien decorada, limpia. Me siento en un taburete de
la barra y junto a mí se sienta una muchacha morena de ojos petrolíferos,
negros, profundos. El cruce casual de miradas dura un poco más de la cuenta:
dos, tres, cuatro, cinco segundos. Sus ojos sonríen. No puedo decir que me
zambullo en ellos, porque a mi edad y con mi peso no logro desvincular el gesto
de un salpicón general. Pero ahí está. Conexión inmediata. Una conversación
banal que se hace honda de forma vertiginosa. Una mano en mi rodilla, la mía en
su nuca. Su pelo ya roza mi frente. Nuestros ojos, atados, intuyen bocas
entreabiertas. Bizquea un poco, pienso, pero eso ahora ya no importa. Con la
parsimonia de dos naves espaciales nuestras bocas se aproximan. Y, justo en ese
momento, nos hacemos un lío con las mascarillas.
Puta epidemia.
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