Como en botica, ha de haber de todo. Hay personajes buenos y
malos, serios y bufos, listos y lerdos. Y mucho grado intermedio, claro. Sobre
todo, mucho grado intermedio. La vida está hecha de grises, no de blancos y de negros.
Pero hay un dibujo negro inconfundible: la mala gente. La hay por doquier pero
no tan frecuente como pensamos. Mala gente, mala gente, no hay tanta. Como
tampoco hay tantos mirlos blancos.
Lo que tienen las crisis es que sacan a relucir lo que hay
dentro de muchos. Rascan la cáscara, quitan la piel de cordero y es entonces
cuando nos da la impresión, así, de repente, de estar rodeados de malos
malísimos.
Estos días hemos asistido al descascaramiento de tres de mis
personajes favoritos. Son tres ejemplos fáciles porque la cáscara era liviana.
Ya apuntaban maneras y, en mayor o menor grado, los teníamos fichados. Os voy a
dar unas pistas: el primero gasta más en laca que la Thatcher y alardea de su
ignorancia sin recato; el segundo, como el primo lo ha dejado sin laca, se
peina metiendo los dedos en el enchufe y lo que quiere es salirse como sea; el
tercero, mucho más de andar por casa aunque él se crea lo contrario, es capaz
de echarle la culpa al estado cuando en su tierra sale nublado un festivo. ¿A
que los habéis pillado?
Efectivamente, el primero es el inefable pato Donald. Ya
llegó como llegó, ya dijo lo que dijo, demostrando que lo único que hace bien
es el payaso. Todo lo que no sea montar un espectáculo, si es posible un
esperpento, no le interesa. Populismo en estado puro. Como decía el Washington
Post, con el coronavirus se ha demostrado que el muchacho es incapaz de lidiar
con una crisis que no haya generado él mismo. Montó lo de la frontera con
Méjico y, valla va valla viene, ha logrado darse publicidad. Montó el pollo con
los chinos y, arancel va arancel viene, cameló al personal con su America fisrt. Se le viene encima la
peste de 2020 y empieza a decir majaderías, a insultar y a asegurar que en los
USA no va a pasar nada. Pero siempre llevando el show a su provecho. Es año electoral y tiene que sacar rédito. Los
infectados, los muertos, los parados, los desahuciados se la sudan si no es
para darle otros 4 años de vaquero jefe. Dios nos coja confesados. La
catastrófica gestión inicial le llevó a tener que ocultar los datos reales de
su país. Y eso define a la mala gente: el provecho personal está por encima del
bien y del mal, sobre todo del mal. Da igual que la mierda le llegue al
respetable por las orejas si ellos sacan beneficio. Mala gente.
Mi amigo Boris es otro que tal. Este también llegó como
llegó y dijo lo que dijo. Alexander Boris de Pfeffel Johnson, clara extracción
popular, tenía un plato de sapos confitados para merendar: lidiar con los
efectos económicos del Brexit. Después de haber intentado convencer a los
súbditos de su majestad que salir de la UE iba a ser la leche, un camino de
vino y rosas en el que resurgiría el Imperio, le sale un nublado por el
horizonte con forma de corona (toma ya, alegoría). Pero como nada puede empañar
el resurgir imperial, la gloria eterna del Reino Unido, sale y dice,
textualmente, que lo único que tienen que hacer los británicos es lavarse las
manos mientras cantan el Happy birthday.
Así, como suena. Es evidente que esperaba que la crisis sanitaria se pudiera
contener en las islas y no le convenía en absoluto un palo económico más. No le
convenía a él. Al pueblo británico que le vayan dando, siempre y cuando sigan
cantando el God save the Queen. Con
marcialidad y la vista puesta en el horizonte, porque sois grandes como el
Imperio. Pues eso. Mala gente.
Dejo para el final a ese ínclito estadista, prócer
inconmensurable, títere del león de Waterloo. Este no llegó como llegó: a este
lo pusieron. Dijo lo que dijo y no se ha callado desde entonces. Ya empezó con
lo del confinamiento exclusivo para ellos. Lo dicho, frontera aunque sea para
esto. En el colmo de la deslealtad, de la utilización partidista de la
desgracia, del torticerismo político, se despatarra en la BBC diciendo que el
estado no le pone los medios para proteger a “su gente”. Se le echan encima y
entonces, como si no hubiera roto un palto, dice que es que le han traducido
mal. Pues yo te he oído en inglés, piltrafilla, victimista de mierda. Y no le
parten la boca porque somos demócratas y respetamos el derecho de opinión. Pero
se lo ha ganado a pulso. Lo dicho: mala gente.
Ah, y otro día hablaremos del Zar de todas la Rusias, que
también.
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