25 de marzo de 2020

Una de bomberos


Os voy a contar una historia de bomberos. Nosotros, los bomberos, tenemos muchas anécdotas que compartir.

Fue hace ya tiempo. En aquel entonces, nuestro parque se encontraba en una calle céntrica de la ciudad. Habían pintado recientemente la fachada y todo parecía bonito y reluciente, aunque lo cierto era que llevábamos muchos años arrastrando una situación cada vez más precaria. Las solicitudes de material más moderno eran constantemente desatendidas. Las mangueras empezaban a estar viejas, los camiones bomba se iban deteriorando. Y casi nada era sustituido. Siempre andábamos cortos de personal y los mecanismos para sustituir bajas y jubilaciones eran tan retorcidos y tan ajenos a las necesidades que, por ejemplo, cuando necesitábamos un conductor, nos enviaban un auxiliar administrativo; si precisábamos un especialista en fuegos químicos, aparecía un experto en voladuras.

Lo cierto es que, con buena voluntad, íbamos apagando todos los fuegos, generalmente a costa de mucho estrés laboral y personal. Pero hacíamos que la cosa funcionase.

Llegó un momento en que los jefes locales del Servicio de Extinciones, Fuegos, Zarandajas y Zarandajos (SEFZZos, que así se llamaba) idearon una externalización de los servicios, otorgando parte de los parques locales a algunas empresas privadas. Decían que así se gestionaban mejor y eran más eficientes. Claro, eficientes para ganar dinero. Estas empresas compraron dos bonitos camiones rojos, ultramodernos, relucientes y los iban enseñando, paseándolos por las calles. La gente se arremolinaba y los contemplaba y se decían unos a otros, mira como tienen razón, eso sí que es material moderno y, además, si hace falta, te envían el camión solo para tu casa. Pero, claro, las empresas querían beneficios y decían que el modelo era maravilloso, pero que el SEFZZos tenía que darles más dinero. Y así, la inversión que tenía que ser para todos los parques se gastaba en rescatarlos. Bueno, en ellos y en un parque enorme que construyeron, que parecía la pirámide de Keops. Con mármoles y cristales y todo. Solo había una pega: tenía que atender los incendios del norte de la ciudad y lo habían construido en el sur. Justo al lado de donde había muchos solares vacíos. Que digo yo que qué bien les vendría a los dueños de esos solares, con lo que revitaliza el tener cerca un parque de bomberos. Y así íbamos tirando.

Cuando llegaron las elecciones parecía que todo iba a cambiar; pero solo cambió el color del poder. Se reestructuró el SEFZZos, que pasó a llamarse Servicio Universal y Público de Fuegos, Fuegas, Zarandajas, Zarandajos y X (SUYPFFZZX, que, la verdad, de entrada, era más fácil de pronunciar). Enseguida dijeron que de externalizar, en todo caso otras cosas, pero no los parques. El suministro, el mantenimiento, cosillas menores. Hala, a deshacer. Para ser sincero, nos las prometíamos muy felices. Pero las mangueras eran las mismas, los camiones bomba seguían picando biela y los auxiliares administrativos y técnicos de demolición continuaron apareciendo en vez del personal que necesitábamos. Una política de café para todos en la que los sindicatos tenían siempre más que decir que los jefes de las unidades. Y para entrar, el mérito más valorado era la ausencia de méritos (siempre que tuvieras un papel que dijera que dominabas la lengua de Ausiàs March aunque fueras de Badajoz y dijeras coyons en vez de collons).

En esas estábamos cuando, un buen día, empezaron a aumentar el número de pequeños incendios. Ya sabíamos que eso había estado pasando en otros lugares, más bien lejanos, y que había ido a más. Tanto los bomberos más expertos como los más antiguos empezaron a alertar que tal vez habría que ir tomando precauciones. Esto aquí no va a pasar, tenemos la mejor sanidad del mundo mundial, fue la respuesta. Vale, vale, pero las mangueras… Déjese de mangueras, hombre, que lo único que consigue es generar pánico en la población. Además, cómo vamos a prohibir la magna manifestación, cómo vamos a impedir el legítimo solaz del pueblo en la mascletá. Está usted loco o qué. Vale, vale, pero no tenemos máscaras antigás y las botellas de aire comprimido vienen por la mitad desde que está la contrata. Y los sistemas de detección no han llegado. Además, no hay combustible para los vehículos… Se me calla o lo expediento, catastrofista de mierda. A sus órdenes, sire.

Las continuas salidas fueron mermando nuestras fuerzas. Los bomberos intoxicados tuvieron que quedarse en casa unos días. El fuego alcanzó el vecindario del parque. Cada vez éramos menos. Algún bombero falleció. Seguimos avisando. Nuestros medios estaban en mínimos y nuestros efectivos, exhaustos. Pero desde la ventana de los directivos del SUYPFFZZX ni siquiera se veía el humo. Ellos tenían vistas al mar. La población, al menos, nos lo agradecía. Pero tampoco acababan de enterarse del todo. Tampoco tenían por qué. La publicidad institucional tenía mucha fuerza.

El fuego afectó finalmente al parque. Y empezaron todos a correr y a querer comprar todo lo que no habían querido comprar durante años. A buenas horas. Los sistemas de detección llegaron cuando todo ardía; las máscaras antigás, nunca; las mangueras y los coches los compraron al doble de su precio y también llegaron tarde.  

En lo más encarnizado, la jefa del SUYPFFZZX local dijo en rueda de prensa que si los bomberos se estaban quemando o intoxicando podía ser porque fumaban o tiraban colillas cuando fumaban con sus novias, a las que, por cierto, no podían ver desde hacía días. Los bomberos protestaron, pero siguieron en sus puestos. Sorprendentemente, algún jefe de parque emitió una circular en la que expresamente prohibía a los bomberos hacer comentarios sobre los incendios sin el permiso correspondiente, ni en Twitter, ni en Facebook ni en la Hoja Parroquial. A una jefa de unidad la degradaron por criticar la gestión de su SUYPFFZZX local, que allí se llamaba Servicio de Tal Vez Subo o Tal Vez Bajo Mientras Apago el Fuego –STVSTVBMAF. A la vez, dos bomberos morían tras estar en primera línea.

La situación se fue haciendo caótica. Como casi todo en esta tierra, el tiempo lo acabó malarreglando todo. Las autoridades nos pusieron como héroes, como salvadores de la civilización. Los grandes bomberos y bomberas y bomberitas y bomberitos y X. Eso sí, con el mismo sueldo, la misma dotación, el mismo aparataje, el mismo extravagante sistema de acceso. Y aquí seguimos, apagando fuegos y comiendo perdices. Lo de felices todavía lo estamos esperando, como la infraestructura.

Es un cuento triste, pero puede contarse. Peor es lo que le pasó a un amigo mío que trabajaba en un hospital. Allí, el Servicio de Cúrame Antes Cúrame Hoy Obligatoriamente Pública y Universal con Transversalidad Autonómica (SCACHOPUTA) prohibió terminantemente a sus empleados hacer ningún tipo de comentario sobre los problemas internos. Sí podían hacerlo, en cambio, sobre los éxitos y las bondades.

Pero, por suerte, yo soy bombero.

(Dedicado, con muchísimo cariño, a todos los bomberos y bomberas y bomberitos y bomberitas y X)
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