Es mi héroe. Mi puto héroe.
Con ese tostadito de Florida, ese tupé imposible, esa
boquita de piñón…
¿Y cuando la abre? La boquita, digo. Entonces ya me
despatarro. Esa locuacidad, esa coherencia, esos modales, esa ecuanimidad, esa
ponderación, esa inteligencia emocional innata, en suma.
Un revolucionario. Eso es lo que es: un revolucionario. Una
mente superior. Y, como todas las mentes preclaras, un incomprendido.
Donald ha vislumbrado dos formidables alternativas para
vencer al virus chino.
Dado que la luz lo afecta, iluminemos a los pacientes; por
fuera, sí, pero también por dentro.
Con un potentísimo fulgor. Yo en esto le aconsejaría que se pusiese en contacto con Paco
Palito, el del solideo, que de potentísimos fulgores entiende un huevo. A lo
mejor entre los dos llegan a algo.
Y la mejor. Los desinfectantes se cargan el virus en un
minuto. Y eso solo por fuera. Pues si los inyectamos, a tomar por saco el virus.
En un periquete. ¿Cómo no se le había ocurrido a nadie antes? ¡Si está chupao! Es una idea brillantísima: te
deja limpio por fuera y por dentro. Y barata de cojones.
Rápidamente, la FDA, las autoridades sanitarias locales y
estatales, el General Surgeon, que es como el Illa pero en vaquero, los
toxicólogos, hasta los fabricantes de productos de limpieza, todos,
absolutamente todos han exhortado al respetable para que se abstenga de meterse
chutes de lejía. Es que te quita la color, han dicho. Un boicot. Un claro
contubernio chino-soviético apoyado por la prensa canalla.
Lo que yo decía: un
incomprendido, es un incomprendido. Nadie ve más allá de sus narices y no
entiende que no es que Trump venga contra nosotros: es que ya vuelve.
A este prócer hay que conservarlo. En formol,
preferiblemente. Inyectado, que es más efectivo.
A lo mejor, en un futuro lejano, ayuda a descubrir el alma
de la estupidez.
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