25 de abril de 2020

Personajes inolvidables


Es mi héroe. Mi puto héroe.

Con ese tostadito de Florida, ese tupé imposible, esa boquita de piñón…

¿Y cuando la abre? La boquita, digo. Entonces ya me despatarro. Esa locuacidad, esa coherencia, esos modales, esa ecuanimidad, esa ponderación, esa inteligencia emocional innata, en suma.

Un revolucionario. Eso es lo que es: un revolucionario. Una mente superior. Y, como todas las mentes preclaras, un incomprendido.

Donald ha vislumbrado dos formidables alternativas para vencer al virus chino.

Dado que la luz lo afecta, iluminemos a los pacientes; por fuera, sí, pero también por dentro. Con un potentísimo fulgor. Yo en esto le aconsejaría que se pusiese en contacto con Paco Palito, el del solideo, que de potentísimos fulgores entiende un huevo. A lo mejor entre los dos llegan a algo.

Y la mejor. Los desinfectantes se cargan el virus en un minuto. Y eso solo por fuera. Pues si los inyectamos, a tomar por saco el virus. En un periquete. ¿Cómo no se le había ocurrido a nadie antes? ¡Si está chupao! Es una idea brillantísima: te deja limpio por fuera y por dentro. Y barata de cojones.

Rápidamente, la FDA, las autoridades sanitarias locales y estatales, el General Surgeon, que es como el Illa pero en vaquero, los toxicólogos, hasta los fabricantes de productos de limpieza, todos, absolutamente todos han exhortado al respetable para que se abstenga de meterse chutes de lejía. Es que te quita la color, han dicho. Un boicot. Un claro contubernio chino-soviético apoyado por la prensa canalla.

Lo que yo decía: un incomprendido, es un incomprendido. Nadie ve más allá de sus narices y no entiende que no es que Trump venga contra nosotros: es que ya vuelve.

A este prócer hay que conservarlo. En formol, preferiblemente. Inyectado, que es más efectivo.

A lo mejor, en un futuro lejano, ayuda a descubrir el alma de la estupidez.
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19 de abril de 2020

Epidemiología recreativa


“The death rate is a fact; anything beyond this is an inference”
                                                                                     William Farr

Este payo, el Farr, en la primera mitad del siglo XIX, cuando no se conocían todavía los virus y la teoría del contagio por microorganismos no estaba unánimemente aceptada, ajustó curvas a los casos de epidemias y demostró que esas curvas tenían forma de campana. Ya tenía claro el tío que la tasa de mortalidad no se prestaba a mucha especulación, mientras que el resto eran inferencias. Antes de 1850, insisto.

O sea, que vamos mal. Peor que mal, fatal.

En todas las comparecencias nuestras autoridades eluden hablar de ello. Que si la curva se cruza, que si no se cruza, que se inclina, que no se inclina, que si la arruga es bella. Pero tenemos la tasa de mortalidad por millón de habitantes más alta del mundo mundial. La más alta. Y que no me la maquillen con la tasa de mortalidad sobre los infectados (tasa de letalidad), porque no sabemos cuántos infectados hay. De hecho, estoy empezando a pensar que tampoco sabemos cuántos muertos hay. Igual hay más de los que dicen.

En el boletín del 18.04.20 del Ministerio (como en los anteriores) no hay ni una sola referencia a la mortalidad en relación a la población total. Ni una. Sí que indican, en cambio, que la letalidad en Europa oscila entre el 0,9% de Rusia (¡ahora vas y lo cascas!) y el 17,1% de Francia, pasando por el 2,9% de Alemania, el 3,5% de Portugal o el 10,5% nuestro. Pero eso es comparar peras, manzanas y chupachups.

Pues eso, si ya lo decía el Farr, que la tasa de mortalidad es un hecho y el resto, zarandajas.
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17 de abril de 2020

Soluciones a la crisis



Viene dura, dicen. Durísima, me da a mí. Peor que la de 2007, dicen. Así que habrá que apretarse el cinturón. Ya te digo, de avispa se nos va aponer la cinturita. Hay que cavilar sin demora estrategias para enfrentarse a las vacas flacas como los indios de la India, sin comérselas.

Viendo estos días autopistas y autovías de esas que trazamos cuando éramos ricos, de esas de las que vivieron, viven y vivirán los guerras, roldanes, bárcenas y fabras vuelvo a lo que iba, que se me calienta la boca he tenido una buena idea para contener el gasto y colaborar en el sobreseimiento de la tenaz crisis que nos agobiará y acogotará. Más aun viéndolas todas vacías, que va a ser mucho más fácil.

Es muy sencillo: solo hay que eliminar el carril de la derecha. Ahorramos en asfalto, pintura de las rayas, señalizaciones, obras diversas de movimiento de tierras y excavaciones... También ahorramos las comisiones inherentes a las certificaciones de obra correspondientes, amén de los sobre-cambia-silenciosamente-de-mano que pueda mover la adjudicación de la obra o de su mantenimiento. Un chollo, tú.

¿Que la autopista es, o iba a ser, de tres carriles?, pues se quita el de la derecha. ¿Que lo planeado eran cuatro? Se quita el de la derecha y, si me apuran, hasta los dos de la derecha. ¿Que iba a ser de dos?, pues lo mismo: se quita el de la derecha.

Total, para lo que los usa la gente. Ni cuenta se iban a dar.
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