Estamos llegando a un momento crítico. No el que dicen
nuestros próceres, que se hacen la pirula un nudo con aplanamientos, picos y
pendientes. No. Me refiero a ese momento en el que, aunque las cosas están
todavía muy apuradas, unos piensas que a peor no podemos ir y, otros, que
parece que si eso ya vamos saliendo. Ha llegado pues el momento de buscar
culpables. El ser humano necesita siempre un chivo expiatorio de las
desgracias. Con un relato bien explicadito. Cuanto más fácil de entender,
mejor. Sin complicaciones. De ahí el éxito de chamanes, sacerdotes, religiones,
populismos y engañiflas varias.
Estamos jodidos, pero vivos. Y parece que alguien tiene que
pagar por ello, aunque la realidad no es esa: en verdad alguien quiere sacar
rédito de la situación y colgarle el mochuelo a su adversario. Y les importan
un comino los muertos, las tragedias personales, la zozobra del personal y el
sursum corda. Lo importante es el rédito político, económico, religioso, de
prestigio, lo que sea. Si le sumas aburrimiento y ganas de enredar, nacen las
teorías de la conspiración.
El momento está dicho. Lo siguiente es la elaboración.
Primero se construye el relato que más conviene y solo
después se manipula la historia para que concuerde con dicho relato. Por ello
se presenta siempre como un razonamiento deductivo: existe una conspiración que
explica los hechos. En un razonamiento deductivo las diferentes proposiciones y
axiomas se dan por verdaderos. La proposición final, la teoría, explica la
concurrencia de todas ellas: la teoría explica los hechos. En el razonamiento
inductivo, el que prefiere el método científico, son los hechos los que hacen
probable la teoría. Las proposiciones no se dan por indefectiblemente
verdaderas; todo lo contrario, son cuestionables y, por tanto, la teoría tiende
a ser la explicación más probable con la interpretación actual de las
proposiciones, de los hechos. Está siempre abierta a nuevas interpretaciones.
En el momento en el que los hechos no cuadren, la teoría se debe mejorar o
reelaborar. En el razonamiento deductivo, en cambio, los hechos se van
embutiendo en la teoría hasta que esta peta.
Mientras no pete, la teoría se mantiene. Por ello es preferible para la
elaboración de una teoría conspiratoria.
Después hay que desarrollar el esquema. Si prestamos atención, la
mayoría de este tipo de elaboraciones comparten un guión:
-La proposición inicial suele cometer una falacia de
petición de principio. Por ejemplo: esto que está pasando no puede ser casual,
tiene que ser el resultado de una confabulación, tiene que haber un motor. Se
está incluyendo así como proposición verdadera lo que al final queremos
demostrar que existe, que es una conspiración. El secreto es incrustar muchos
pasos entre esta primera proposición y la conclusión. Cuantos más, mejor,
porque así nos olvidamos que ya habíamos establecido que había una conspiración
en nuestra primera frase y le daremos más valor a la conclusión final: hay una
conspiración.
-Se intercalan diversas explicaciones de los hechos que
cuadren con la idea final. Se comete aquí habitualmente un sesgo de confirmación:
se recogen aquellos hechos y datos que nos favorecen, dándolos por buenos,
mientras se resta importancia o se ocultan aquellos que no apuntalan nuestra
teoría. Por ejemplo: en un punto de tensión en la guerra comercial entre Estados
Unidos y China, aparece un virus, ese virus puede haber sido creado en un
laboratorio, se expande rápidamente, acaba afectando a más ciudadanos fuera de
China que dentro, China se recupera pronto, China vende producto a medio mundo…
Así, se incluyen todos los argumentos que harían pensar en una conspiración
china contra el mundo sin incluir ninguno que vaya en contra. Otra variante:
antes de la eclosión del virus se aprecian movimientos de tropas americanas o
de la CIA en territorio chino, pero el tiro les ha salido por la culata…
-¿Y qué hacemos con los datos? Los urdidores de teorías de
la conspiración demuestran poca imaginación: es la misma fuerza conspiradora la
que tergiversa, oculta, falsea los datos. Así que no podemos fiarnos de ningún
dato que contradiga nuestra teoría; en cambio, deben darse por buenos todos aquellos
que encajan bien.
-Se llega así a la proposición final, la conclusión: existe
una conspiración, quod erat demonstrandum.
Y se quedan tan panchos. Y el personal traga. Y acaban agrediendo
al asiático, o repudiando al del sur, u odiando al del norte, o exigiendo el
cierre del pueblo, o comprando vete tú a saber qué.
Así que, ante una propuesta conspiratoria para explicar una
desgracia deberíamos preguntarnos: Quid
bonus? ¿A quién beneficia? Siempre hay un colectivo que saca rédito del
asunto. ¿A quién perjudica? Siempre hay quien sale perdiendo, contra quien se
dirigen los odios y, de paso, la atención. ¿Sigue un razonamiento deductivo
cuya proposición inicial es equivalente a dar por sentada la existencia de una
conspiración? ¿Los hechos siempre se interpretan en un solo sentido y no se
presentan aquellos que contradicen la teoría? ¿Los datos se dan por falsos y manipulados,
culpabilizando de ello a los conspiradores, salvo en el caso de que sean
claramente favorables a la teoría?
Bueno, pues si se dan estas circunstancias
hay que asumir una postura elegante y, erguidos en el centro del ruedo, mirando
al tendido, marcarse un formidable corte de mangas, enérgico pero sin llegar a
la luxación de codo. Y que les den.
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