3 de abril de 2020

Teorías de la conspiración



Estamos llegando a un momento crítico. No el que dicen nuestros próceres, que se hacen la pirula un nudo con aplanamientos, picos y pendientes. No. Me refiero a ese momento en el que, aunque las cosas están todavía muy apuradas, unos piensas que a peor no podemos ir y, otros, que parece que si eso ya vamos saliendo. Ha llegado pues el momento de buscar culpables. El ser humano necesita siempre un chivo expiatorio de las desgracias. Con un relato bien explicadito. Cuanto más fácil de entender, mejor. Sin complicaciones. De ahí el éxito de chamanes, sacerdotes, religiones, populismos y engañiflas varias.

Estamos jodidos, pero vivos. Y parece que alguien tiene que pagar por ello, aunque la realidad no es esa: en verdad alguien quiere sacar rédito de la situación y colgarle el mochuelo a su adversario. Y les importan un comino los muertos, las tragedias personales, la zozobra del personal y el sursum corda. Lo importante es el rédito político, económico, religioso, de prestigio, lo que sea. Si le sumas aburrimiento y ganas de enredar, nacen las teorías de la conspiración.

El momento está dicho. Lo siguiente es la elaboración.

Primero se construye el relato que más conviene y solo después se manipula la historia para que concuerde con dicho relato. Por ello se presenta siempre como un razonamiento deductivo: existe una conspiración que explica los hechos. En un razonamiento deductivo las diferentes proposiciones y axiomas se dan por verdaderos. La proposición final, la teoría, explica la concurrencia de todas ellas: la teoría explica los hechos. En el razonamiento inductivo, el que prefiere el método científico, son los hechos los que hacen probable la teoría. Las proposiciones no se dan por indefectiblemente verdaderas; todo lo contrario, son cuestionables y, por tanto, la teoría tiende a ser la explicación más probable con la interpretación actual de las proposiciones, de los hechos. Está siempre abierta a nuevas interpretaciones. En el momento en el que los hechos no cuadren, la teoría se debe mejorar o reelaborar. En el razonamiento deductivo, en cambio, los hechos se van embutiendo en la teoría hasta que esta peta.  Mientras no pete, la teoría se mantiene. Por ello es preferible para la elaboración de una teoría conspiratoria.

Después hay que desarrollar el esquema. Si prestamos atención, la mayoría de este tipo de elaboraciones comparten un guión:
-La proposición inicial suele cometer una falacia de petición de principio. Por ejemplo: esto que está pasando no puede ser casual, tiene que ser el resultado de una confabulación, tiene que haber un motor. Se está incluyendo así como proposición verdadera lo que al final queremos demostrar que existe, que es una conspiración. El secreto es incrustar muchos pasos entre esta primera proposición y la conclusión. Cuantos más, mejor, porque así nos olvidamos que ya habíamos establecido que había una conspiración en nuestra primera frase y le daremos más valor a la conclusión final: hay una conspiración.
-Se intercalan diversas explicaciones de los hechos que cuadren con la idea final. Se comete aquí habitualmente un sesgo de confirmación: se recogen aquellos hechos y datos que nos favorecen, dándolos por buenos, mientras se resta importancia o se ocultan aquellos que no apuntalan nuestra teoría. Por ejemplo: en un punto de tensión en la guerra comercial entre Estados Unidos y China, aparece un virus, ese virus puede haber sido creado en un laboratorio, se expande rápidamente, acaba afectando a más ciudadanos fuera de China que dentro, China se recupera pronto, China vende producto a medio mundo… Así, se incluyen todos los argumentos que harían pensar en una conspiración china contra el mundo sin incluir ninguno que vaya en contra. Otra variante: antes de la eclosión del virus se aprecian movimientos de tropas americanas o de la CIA en territorio chino, pero el tiro les ha salido por la culata…
-¿Y qué hacemos con los datos? Los urdidores de teorías de la conspiración demuestran poca imaginación: es la misma fuerza conspiradora la que tergiversa, oculta, falsea los datos. Así que no podemos fiarnos de ningún dato que contradiga nuestra teoría; en cambio, deben darse por buenos todos aquellos que encajan bien.
-Se llega así a la proposición final, la conclusión: existe una conspiración, quod erat demonstrandum.

Y se quedan tan panchos. Y el personal traga. Y acaban agrediendo al asiático, o repudiando al del sur, u odiando al del norte, o exigiendo el cierre del pueblo, o comprando vete tú a saber qué.

Así que, ante una propuesta conspiratoria para explicar una desgracia deberíamos preguntarnos: Quid bonus? ¿A quién beneficia? Siempre hay un colectivo que saca rédito del asunto. ¿A quién perjudica? Siempre hay quien sale perdiendo, contra quien se dirigen los odios y, de paso, la atención. ¿Sigue un razonamiento deductivo cuya proposición inicial es equivalente a dar por sentada la existencia de una conspiración? ¿Los hechos siempre se interpretan en un solo sentido y no se presentan aquellos que contradicen la teoría? ¿Los datos se dan por falsos y manipulados, culpabilizando de ello a los conspiradores, salvo en el caso de que sean claramente favorables a la teoría?

Bueno, pues si se dan estas circunstancias hay que asumir una postura elegante y, erguidos en el centro del ruedo, mirando al tendido, marcarse un formidable corte de mangas, enérgico pero sin llegar a la luxación de codo. Y que les den.

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