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13 de abril de 2026

Semos diferentes

Esto no tiene fin. Desde Roldán (por no retroceder más) hasta Ábalos, Cerdán y Koldo (o lo nuevo de Montoro), pasando por lo del hermano de Guerra, Rodrigo Rato, Kitchen, Púnica, Gürtel, los ERE y tantos otros. Esto es el cuento de nunca acabar.

Con toda esta historia cada vez abundan más las charlas de café, más o menos sesudas, en las que intentamos analizar –o, mejor, explicarnos- cómo coño hemos llegado a permitir que nos sometan a tamaña sodomía política. Cada uno cuenta el baile según con quien ha bailado y con agudeza tan variada como colores hay de cristal. Pero un argumento se repite indefectible y machaconamente: que no tenemos remedio. Los españoles semos ansí, semos diferentes. Nuestro pueblo está condenado a la estulticia por un designio inexorable. No sabemos hacerlo de otra guisa. Somos poco trabajadores, perezosos, abúlicos, aprovechados cuando no directamente corruptos, manipuladores, estafadores en ciernes, ladronzuelos administrativos, provincianos irredentos. Y eso es inmutable. Incorregible. Como dictado por nuestro especial genoma, tan distinto al de los paisanos de nuestro entorno. Bueno, todos no, ya se sabe, italianos, griegos… primos hermanos. De los portugueses se dice poco, como siempre: los portugueses es como si no existieran, ni para bien, ni para mal.

Cuando protestas por esta terrible carga, por esta falacia, siempre te hacen la misma consideración, el argumento irrefutable erigido en prueba del nueve: ¿Tú no harías lo mismo? ¿Acaso jamás has cometido un pecadillo fiscal? ¿Seguro que no has pedido nunca una factura sin IVA?

Pues sí. Alguna vez he cometido algún pecadillo social. Y le sisaba monedas a mi madre y a mi abuela, y también me la meneaba y decía mentirolas… ¿Y qué? ¿Justifica eso este desmadre? ¿Hace tolerable tanto desmán?

Pues no. Yo también podría preguntar. ¿Nunca has experimentado un impulso sexual, aunque fuera breve, que podría considerarse inapropiado? Pues entonces eres un follador irredento cuyos cataplines se tostarán en las llamas eternas mientras Pedro Botero te sodomiza. ¿Seguro que nunca miraste de reojo el culín de un rubiales que se cruzó en tu camino? Entonces eres una ninfómana lujuriosa que arderá en el infierno mientras Pedro Botero te sodomiza, que para esto no hace distingos.

La raíz está en nuestra falta de educación. Ninguno de nuestros próceres se ha preocupado una mierda, jamás, en que la población se eduque, en que exista una conciencia cívica, un sentido de comunidad, de propiedad de lo común, que haga que nos respetemos y que respetemos nuestros logros, valorando su coste. Siempre han preferido que pensemos que lo que tenemos es porque ellos nos lo han dado, no porque nosotros lo hemos conquistado; que es una dádiva divina o humana antes que una propiedad adquirida por un esfuerzo colectivo; que nos lo regalan antes que lo pagamos. El favor, así, se lo debemos a ellos y no a nosotros mismos.

Cuando todo va bien, ellos son cojonudos. Cuando se tuerce, los populismos de mierda se encargan de avivar la xenofobia –el culpable es el extranjero-, el nacionalismo –la culpa la tiene el del otro lado del río, el del Rh positivo, el de aquella ladera de la montaña- o la terrible idiosincrasia carpetovetónica –la responsable es nuestra irremediable forma de ser.

Y añaden: “Pues sí, Espain is diferén, y a mucha honra. Nos han jodío. Aún querrán darnos lecciones. ¿Qué se habrán pensado? No lo vamos a tolerar”. Así nacen la intolerancia, los bandos, el fascismo. Nunca tienen ellos la culpa. Nunca son responsables. Nunca miraban. Nunca estaban allí.

No, no hay nada en nuestro ADN, en nuestra personalidad colectiva, en nuestro acervo cultural que justifique este desiderium, el triunfo de tanto patán.

Nada justifica que nos den tantos por el culo. Ni tantas veces. Ni tan seguido.

 


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