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21 de julio de 2026

Cogito ergo sum (I)

 

El ser humano, como cualquier animal, es capaz de observar su entorno, de interpretarlo: le va en ello su supervivencia. Desconocemos lo que ocurre con otras especies; pero sí sabemos que la nuestra intenta, además, explicarlo: cómo ocurre y por qué ocurre. La forma de aproximación de la mente humana a este desentrañamiento del entorno ha ido modificándose a lo largo de la historia en un viaje asombroso en el que el razonamiento humano se ha hecho más complejo, más sofisticado.

Se han distinguido cuatro grandes escalones en la evolución del razonamiento humano: el pensamiento mágico, el lógico-mágico, el pensamiento deductivo y el pensamiento inductivo. Curiosamente, de todos ellos encontramos ejemplos actuales, remanentes que nos negamos a abandonar. La razón de estos vestigios de pensamiento más “primitivo” estriba en un sencillo motivo: nuestra mente tiende a buscar –y a aceptar– explicaciones sencillas que requieran poca elaboración, aún a costa de la inexactitud o de simplemente la mentira. Una “verdad” sencilla es más fácil de entender, más fácil de transmitir y no estará sujeta a grandes revisiones. Porque no nos gustan las revisiones, nos gustan las certezas. Si una cosa era de una manera, no nos place que nos la cambien. Porque eso genera inseguridad. Ahí nacen las supersticiones, las creencias, los remedios ancestrales y, con ellos, los espabilados dispuestos a perpetuar nuestra estupidez y a lucrarse de ella. Este gusto por lo simple, por lo comprensible, por lo tradicional, por lo “cierto” está en la base y el origen del poder, de la tiranía, del engaño, de la explotación.

¿Quiere esto decir que no hay nada bueno en lo simple, en lo clásico, en lo tradicional? Todo lo contrario. El problema no está en la simplicidad o en la antigüedad de un conocimiento sino en lo contrastado que esté. En las formas más primitivas de razonamiento se asocian entre sí hechos que no tienen ninguna relación. Posteriormente, se dan por válidas estas asociaciones y, a partir de ellas, se elaboran razonamientos más complejos. Los hechos que contradicen estas asociaciones son ocultados o simplemente ignorados. En aras de la sencillez (y también de intereses ocultos) la validez de las premisas iniciales se mantiene a machamartillo y contra toda evidencia. La finalidad de este proceso suele ser la explotación de la ignorancia.

El pensamiento inductivo, el más elaborado y base del método científico, no proporciona certezas: proporciona probables explicaciones que siempre están sujetas a revisión. Nos dice: esta es la mejor forma que tenemos, por el momento y con los datos disponibles, de explicar este fenómeno. Y en ese mismo momento comienza la búsqueda de más datos observables que confirmen esa explicación, que rellenen las lagunas o que la contradigan, en cuyo caso volvemos a empezar. Este proceso puede generar desconfianza o inseguridad (“ayer decían que esto era así y hoy dicen que es asá”) pero es la única manera de aproximarnos a la realidad. Y por ello merece ser divulgada, explicada, entendida.

Inicio una pequeña serie donde desgranar la evolución del modo de enfrentarnos al conocimiento de nuestro entorno, desde nuestra primera mirada a las estrellas hasta sentar las bases del método científico.

 

 

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