Hace muchos, muchos miles de años, un ser humano descansa sobre la hierba en un día nublado. Su vida es dura; pero no como la entendemos hoy. No tiene que ir a trabajar. Únicamente tiene que procurarse la comida que necesita para pasar el día, recolectarla del bosque, o del prado, tal vez conseguirá cazar algún pequeño animal o acceder a carroña reciente. Al mismo tiempo tiene que llevar cuidado con los grandes carnívoros, para los que es un plato deseado; de los pequeños animales que pueden, con sus arañazos o mordiscos, infectarlo o emponzoñarlo. También están las plantas, muchas de ellas venenosas. Y los golpes y las caídas. Y los fenómenos naturales. La supervivencia es, pues, muy difícil. En el grupo en el que vive nacen nuevos miembros cada año pero la mayoría mueren al poco de nacer o siendo niños. Los ancianos, a partir de los 30 o 40 años, empiezan a padecer problemas de falta de fuerzas, de movilidad, de salud en definitiva. Pierden los dientes y se alimentan mal, lo que viene a empeorar la situación, les salen tumores, inflamaciones, fiebres… Es dura la vida.
El grupo necesita estar constantemente en movimiento buscándose el sustento. Reconocen el terreno en el que se mueven y recuerdan los frutales que los alimentaron, los riscos o los grandes árboles que les dieron sombra o cobijo de la lluvia, las cuevas donde se resguardaron, los ríos que saciaron su sed. Y agradecen a todos estos elementos su contribución. Lo hacen de una forma casi personal, otorgándoles una categoría sobrehumana, una vida espiritual. Incluso establecen cierta comunicación con ellos, agradeciéndoles su presencia y su ayuda. Del mismo modo como perciben que las madres cuidan a sus crías consideran que los elementos de su entorno cuidan de ellos. En su recorrido circular por su territorio saben que volverán a encontrarlos en la siguiente temporada, por lo que se despiden de ellos de la misma manera que los saludaron a su llegada. O los marcan con sus rudimentarias herramientas.
Ahora, nuestro hombre escucha un trueno. Ve caer un rayo que destruye un árbol. Fuego destructor. Al poco, una intensa lluvia los obliga a buscar resguardo. Hoy ya no volverán a moverse por el prado. El día se ha acabado. No es la primera vez que lo observa. ¿Qué ha pasado? ¿Qué relación existe entre el rayo, el trueno, la lluvia? ¿Por qué solo ocurre cuando el sol está oculto por las nubes? ¿Tiene todo esto algo que ver con ese arco de colores que se extiende cuando cesa la lluvia? Es más, ¿por qué el sol aparece y desaparece, marcando así el paso del tiempo? ¿Y la luna? ¿Qué pasa con la luna, que aparece, desaparece, a veces es redonda, a veces le falta un trozo?
Me imagino a nuestro hombre explotándole la cabeza cuando le sobrevienen estos pensamientos. Para él es evidente que hay algo o alguien invisible, superior, poderoso detrás de todo esto. Del mismo modo que el espíritu del frutal o del pequeño mamífero les proporciona alimento, que el espíritu de la fiera los persigue y los caza, el espíritu del cielo grita con el trueno. Cuando está contento envía lluvia que hace brotar la hierba y crecer a los frutales. Cuando no lo está, provoca inundaciones y grandes incendios. Y por encima de ellos está el sol. Los más observadores de la tribu ya han percibido que el grupo sigue, en su vagar por el territorio, las indicaciones del sol. Cuando el día es más largo, la vida es más fácil: no hace tanto frio y hay más alimentos. Y la luna cierra con el sol un ciclo en el que es sencillo entrever una relación con la vida y la muerte.
Esta es la esencia del pensamiento mágico: explicaciones sencillas, incontrovertidas, para fenómenos cotidianos. Consumo sencillo e inmediato si no quieres que te explote la cabeza. Una vez aceptadas por el grupo, hechas “oficiales” (y no tiene que ser iguales para todos los grupos, dada la escasa comunicación entre ellos), no hay por qué darles más vueltas.
Académicamente se dice que el pensamiento mágico establece relaciones de causalidad entre hechos que no tienen ninguna relación lógica o científica; la deificación de elementos cotidianos se denomina animismo (dota de alma a dichos elementos). Es evidente que esta forma de pensamiento tiene una clara función adaptativa: aporta sensación de seguridad al proporcionar explicación para los fenómenos naturales y ayuda a superar el miedo a lo desconocido, la incertidumbre.
Probablemente en esta fase aparece una figura constantemente presente en grupos primitivos que se han mantenido hasta los tiempos modernos: el chamán. Este sacerdote, curandero, hombre-medicina, brujo o como se le quiera llamar es el “intérprete social” de la concepción mágica del mundo. Nada se sabe del mecanismo de aparición de este sujeto, si es fruto del ingenio y de la inteligencia, de los dotes de observación o de la simple caradura. Lo cierto es que con él aparece un personaje fundamental de nuestra historia. Ya no se trata de quién controla al grupo en lo “físico” (elegir el camino, organizar la cacería, indicar dónde están los frutales) sino en lo “espiritual”, en lo intangible. Nace así una forma de poder que se ha mantenido a lo largo de toda nuestra historia y que en la actualidad sigue siendo enormemente codiciada: controlar al grupo con explicaciones sencillas y permanentes que aplaquen su ansiedad ante lo incomprendido.
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