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17 de abril de 2026

El último cedro

Charbel oyó el último “¡toc!” y luego el formidable estruendo que todavía recordaba. Fue un ruido majestuoso, lento, fricción de hojarasca, madera crujiendo. No lo recordaba intimidante ni amenazador. No se asustó. Además, era un sonido esperado. Toda la familia estaba contemplando como Jeddo, el abuelo, y Baba talaban el primer cedro que vio caer cuando era un mocoso. Cuando cayó, las mujeres se persignaron. Jeddo le explicó lo que harían con la madera: una buena parte sería vendida; el resto la usarían para la familia. ¡Se podían hacer muchas cosas con aquello! Y las partes menos útiles servirían para el fuego. Todo sería aprovechado. Aún recordaba que con él se hicieron las vigas de la pequeña cuadra, ahora humeante.

A lo largo de los años caerían otros muchos cedros, demasiados. Tantos que el bosque desapareció. Como Jeddo y como Baba. Durante su vida se había hecho muchas veces la misma pregunta: ¿moriría él en la misma casa que Jeddo y Baba, en la que había sido durante tantos años la vivienda familiar? Le atormentaba que no fuera así pues consideraba que ese era su sitio, que la tierra no le pertenecía a él, a la familia, sino que todos ellos eran propiedad de la tierra. Y lo lógico era que ésta los reclamase cuando les llegara el final.

Como todas las mañanas, se había levantado al amanecer, había desayunado un café bien cargado y se había santiguado al abrir la puerta de casa, de cuyo tablero interior colgaba una pequeña imagen de Nuestra Señora de Harissa. La había colgado Jeddo ante la insistencia de Teta, que quería que toda la familia rogara la protección de la Virgen al salir. Tras enalbardar a Anisa la llevó cogida por el ronzal hasta la huerta. Ya no montaba en ella, cosa que había hecho durante muchos años. Anisa se había hecho mayor; un día vio que las patas delanteras le fallaban al subir la losa que servía de puente sobre la acequia y, aunque se rehízo sin problemas, decidió no volver a sobrecargarla con su peso. La burrita, dócil y generosa como siempre, todavía apoyaba su costado sobre él como invitándole a subir. Pero no, ya había trabajado bastante. Ahora solo le acompañaba y transportaba algunos aperos y la poca verdura que llevaba a casa a la vuelta.

Ya llevaba él un buen rato en el tajo cuando llegó Maroun. Hola padre. Buenos días, hijo. ¿Estaban pegajosas las sábanas esta mañana? Maroun refunfuñó un poco. Como todas las mañanas. Era un teatrillo que se repetía a diario y que ambos seguían con sorna. Charbel sabía que Maroun se acostaba tarde. Le gustaba leer. Le gustaba el estudio. Y Charbel estaba encantado. Además de cumplir con sus clases, le ayudaba lo que podía en la huerta. No tenía motivos para quejarse. Sabía, y deseaba, que Maroun volaría un día hacia un destino mejor que el suyo. No quería que la tierra lo reclamase a él. En todo caso, que fuera otra tierra. La suya. Lejos.

¿Comes hoy en casa? Sí, hoy termino al mediodía. Pues nos vemos allí. Hasta luego, Baba. Lleva cuidado. Si hay alarma, protégete. Claro, Baba. Charbel lo observó, orgulloso, marcharse.

Un poco después del mediodía Anisa y Charbel coincidieron con un Maroun sonriente llegando a casa. Maroun se ofreció a llevar a Anisa a la cuadra mientras Charbel se lavaba. Luego se sentaron bajo la parra para perder el calor del camino.

Esta vez el ruido fue distinto: rudo, metálico, atronador, virulento. Charbel únicamente distinguió una estrella de seis puntas en la parte inferior de cada una de las alas. Luego, un estampido único se sobrepuso al fragor del motor. Un viento instantáneo los empujó a ambos, arrojándolos al suelo. Al mismo tiempo, la cuadra estalló y el cedro, el único cedro que había quedado en pie y que Charbel consideraba el símbolo de su permanencia, se tambaleó, se inclinó lentamente y acabo cayendo sobre los restos de la cuadra. Esta vez el ruido fue distinto, en nada parecido al que recordaba de su niñez. Un rebuzno agónico atravesó el aire espeso. El polvo los envolvió mientras Charbel corría al interior de la casa. Su mujer y su hija estaban agazapadas bajo la mesa, indemnes. Respiró aliviado y volvió al exterior para comprobar que también Maroun estaba bien. Aturdido, intentaba explicarse qué había ocurrido. Reunió a la familia a la puerta de la casa, diciéndoles que no entraran hasta que no comprobara que era seguro, no fuera a haber un derrumbe. Se lavaron como pudieron el polvo de la cara, los ojos y las manos.

Todavía no habían recuperado el aliento cuando se oyó el motor de un vehículo acercándose. Era una tanqueta militar. Otra vez la estrella. Se apearon varios soldados armados hablando una lengua que no comprendían bien. Uno de ellos, el único que no llevaba armas, empezó a traducir lo que decían: tenían información de que en la cuadra se escondía un arsenal de la milicia, que eso contravenía las instrucciones dadas por los invasores y que la no colaboración podría conllevar consecuencias muy graves. Charbel dirigió una mirada de profundo odio al traductor, una mirada acusatoria: traidor. El traductor le devolvió la mirada y Charbel entendió de inmediato que al muchacho también le iba la vida en aquello. Suavizó su expresión e intentó explicar que era un error: ellos eran cristianos, no tenían nada que ver con las milicias. Vivían en paz con todo el mundo. Ni sabían ni querían saber nada de armas. En la cuadra únicamente estaban los restos de su burrita, de su fiel burrita Anisa. Los encañonaron, que se llevasen las manos a la cabeza, que silencio. Vio como Maroun se enervaba, enrojecía. Empezó a increpar a los soldados elevando cada vez más la voz. Uno de ellos amartilló su arma. Charbel intentó calmarlo con la mirada pero ya sabía que no iba a detener aquella explosión. El soldado levantó el fusil. No tuvo más remedio: lo vio venir y se interpuso de un salto, agarrando a su hijo.

El ruido esta vez fue fugaz, breve, intenso, seco. Notó un empujón en la espalda. Se separó de Maroun. Estaba ileso. Pero había sangre en su camisa. Era su sangre. Miró sobre el hombro del chico y vio los escombros humeantes y el cedro caído. Le vino a la mente la imagen de Anisa moviendo las orejas para espantar las moscas. La oscuridad empezó a envolverle. Justo en ese momento supo la respuesta a la pregunta que tantas veces se había hecho: sí, la tierra ya le reclamaba.

 

4 de abril de 2026

Al rico meteorito, oiga.

Durante este mes de marzo dos meteoritos han caído sobre zonas pobladas, cerca de Coblenza y cerca de Houston. Concretamente han aterrizado sobre dos casas; exactamente, sobre dos dormitorios. Para más inri, durante el fin de semana en los dos casos. Es decir, alta probabilidad de pillarte en casa. Pero en ningún caso ha habido víctimas ni daños personales.

Si tenemos en cuenta que las tres cuartas partes de la superficie terrestre son agua y que, aproximadamente, solo el 1% de dicha superficie está recubierto por estructuras de origen humano, la probabilidad de que nos dé uno en la chola es bastante baja. De hecho, los expertos calculan que dicha probabilidad es, más o menos, de 1 entre 174.000.000. Y eso a pesar de que cada año entran en nuestra atmósfera unas 50.000 toneladas de piedrolos espaciales. La mayoría se desintegran por el rozamiento con la atmósfera, por lo que solo las vemos como románticas estrellas fugaces a las que pedir un deseo.

En fin, yo me había hecho el ánimo cuando leí la noticia; pero lo de que le caiga uno a Trump en el tupé va a ser que no. Ni siquiera a Netanyahu.

 

21 de marzo de 2026

Nada para evitarlo

 En 1931, Bertrand Russell publicó La perspectiva científica, donde se puede leer lo siguiente: “… el amor del poder ha desplazado a todos los demás impulsos que completaban la vida humana. El amor, el placer y la belleza tienen menos importancia para el industrial moderno que para los príncipes magnates de tiempos pasados. La manipulación y la explotación son las pasiones dominantes del industrial científico típico. El hombre corriente puede no compartir esta rigurosa concentración; pero por esa misma razón fracasa para conseguir arraigo en las fuentes del poder y deja el gobierno práctico del mundo a los fanáticos del mecanismo. El poder de producir cambios en el mundo, que es inherente a los directores de grandes negocios en los tiempos actuales, excede con mucho al poder que poseyeron nunca individuos de otras épocas. No podrán ordenar cortes de cabeza como Nerón o Gengis Khan; pero pueden decretar quién debe morir o quién debe hacerse rico; pueden alterar el curso de los ríos y disponer la caída de los gobiernos. Toda la historia demuestra que el gran poder embriaga. Afortunadamente, los modernos poseedores del poder no se han percatado bien de lo mucho que podían hacer si se decidiesen. Pero cuando este conocimiento comience a iluminarles, cabe esperar una nueva era de la tiranía humana.”

¡Toma ya!, ¡1931!, ¡hace casi cien años!

Es evidente que ese conocimiento del que habla Russell ya ilumina a más de un preboste y tecno-oligarca. A mí, concretamente me dan más yuyu los segundos. A fin de cuentas, al zanahoria ese que gasta más laca que la Thatcher lo ha elegido el personal (que ya son ganas) y, con suerte, pueden darle el finiquito a los cuatro años. Los otros están ahí para quedarse y son los que deciden el reparto del bacalao. El zanahoria, que de tonto no tiene ni el flequillo, intenta pasar por uno de los meta-amazones: se rodea de ellos y ya tiene compradas teles, diarios, opinadores, su red social… Ya decreta quién muere, quién se hace rico, qué gobierno cae, dónde está el golfo de América. Y si le dan cancha, el Amazonas pasará por Mar-a-Lago. De poder, lleva un pedo del quince. Pero aunque a este tarado le retiren la gorrita de Comandante en Jefe, los meta-amazones seguirán estando ahí, alentando el scroll infinito y la idiocia natural para sustituirla por la falsa inteligencia artificial. Como directores de grandes negocios seguirán ostentando el poder de producir cambios en el mundo, de manejar el títere. Mientras, el hombre corriente fracasa para conseguir arraigo en las fuentes del poder y deja el gobierno práctico del mundo a los fanáticos del mecanismo. El hombre un poco menos corriente, el conocido como espabilao, intenta rebañar las migajas y se hace experto en IA, prescriptor, creador de contenido que ni crea ni contiene, o simplemente tiktokero gracioso.

Y todo esto sucede al tiempo que los ucranianos son invadidos y bombardeados, los palestinos son masacrados, a los venezolanos les imponen el gobierno “que más les conviene” y los derechos de los (y las) iraníes son defendidos a bombazos –eso sí, con cierto retraso- por el dúo Jewish Carrot (querían ponerse “Los Chunguitos” pero ya estaba pillado). Ah, y a los cubanos les están enviando barcos de vaselina para cuando se tengan que meter el Cuba Libre.

Los prebostillos hacen de coro griego y comentan la acción, acojonados por si les da un arancel en el morro. Puti va ofreciendo por las esquinas sus encantos y sus barcos fantasma con mucho crudo, contento de que le den un respiro para jugar con los drones en Ucrania. Aliesprés se ha sentado a mirar mientras se frota compulsivamente las manos. El resto hacemos de comparsa, miramos y, sobre todo, pagamos las fantas.

Se dice que Albert Einstein comentó que el mundo es un lugar muy peligroso; pero no por las maldades de los malos sino por la pasividad de quienes no hacen nada por evitarlo. Y va a tener razón don Alberto.

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