19 de septiembre de 2011

Despertar

Me desperté suavemente. Dejé que la vigilia me inundara con lentitud. No abrí los ojos. No moví un solo músculo. Disfruté de ser el único en saber que ya estaba despierto.
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1 de septiembre de 2011

A mi niño que le den un papel

El gobierno, imagino que a instancias del ministerio del ramo, ha decidido, tras sesudas deliberaciones, que a los alumnos que no logran superar la enseñanza obligatoria (nuestra tasa casi duplica la media europea) hay que darles también un título. Un papel que acredite su ¿capacitación?. La excusa oficial es tratar de evitar que tengan que volver a cursar asignaturas ya aprobadas en caso de intentar otros estudios o si más talluditos quieren obtener el graduado escolar. Por lo visto el expediente académico no sirve.

Yo, después de meditarlo mucho rato, no lo entiendo. ¿Para qué coño quieren un papel que diga que no han aprobado ni el recreo? ¿No sería más productivo dedicar los esfuerzos a intentar arreglar el problema real, que es la elevadísima tasa de fracaso escolar? Pues no, tontolahaba. Les damos un papel que dice que, hombre, alguna sí han aprobado y ¡tachaaaan! ya no hay ni fracaso, ni abandono escolar ni cristoquelofundó. Es que somos cojonudos y originales arreglando problemas en este país. Lo que más me ha extrañado es que no se hayan inventado un palabro para designar a esta nueva categoría de estudiantes. Algo así como "Semigraduado curricularmente disminuido".

Está claro que la iniciativa calará, dado que hay tantos animalitos de dios que ahora se quedan sin papel. No sólo eso: estoy convencido de que se extenderá a otros ambientes. Tengo entendido que el Ministerio de Trabajo (¡jua!) ya ha solicitado informes sobre si un desempleado con papel debe ser considerado parado o simplemente "Productor en situación documentada de carencia laboral".

Yo, de momento y por lo que pueda venir, ya he solicitado el título de no tener ni puta idea de jugar al póker. Ni al mus.

Igual me lo dan.
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Una vuelta para no volver (Fin del cuaderno de bitácora)

En mi entorno ya se murmura que estoy pesadito con la historia (¡para una vez que uno corre una aventura!). Así que la cuento aquí y el que quiera y pueda que la lea.

Fondeado en Cala Bassa, 5 am, me levanto y abro el portillo; frente a mí, las Pléyades a media altura me traen un recuerdo intenso de Ana y María. Un meteorito cruza el cielo todavía muy oscuro. Me sonrío pensando que debo interpretarlo como un excelente augurio para la travesía. Arrancho el barco, enciendo motor y luces y levanto el fondeo para salir, muy lentamente, de la cala. Me gusta disfrutar de ese momento.

Alcanzando Conejera el alba empieza a clarear por levante. Hace un buen viento del suroeste, pero sé por el pronóstico que virará hacia noreste y levante favoreciéndome la llegada a Valencia. Izo la mayor con un rizo y saco el génova: el barco se coge al viento y empezamos a navegar por encima de los 6 nudos. Apago el motor y experimento esa sensación de placer que acompaña siempre al silencio mecánico. ¡Esto es cojonudo!

Pongo el piloto automático y hago una inspección (la primera de muchas a lo largo de cualquier travesía). Descubro más agua de lo habitual en la sentina del motor. Dedito al agua y a la boca: ¡salada! Achico y reviso posibles entradas de agua sin encontrar nada. Mejor. Pongo en marcha el motor y, efectivamente, el circuito de refrigeración de agua salada del motor pierde por un manguito y tira agua a la sentina. Poca cantidad. Decido mirarlo mejor cuando haya más luz. Apago el motor y, satisfecho, me digo "¡por eso tengo un velero!". Me zampo el desayuno y disfruto de la navegación.

El viento empieza a amainar, permitiéndome sacar toda la mayor; pero por poco tiempo. Cuando ya casi ni alcanzamos los cuatro nudos y medio decido apoyarme con el motor (voy solo y no es cuestión de tirarse dos días para llegar a Valencia). De paso miraré lo del agua. Con la linterna en la frente y sudando como en la sauna localizo la zona, bastante inaccesible, de la fuga. Intento taponarla a tientas con masilla, sin resultado.

Evaluación de la situación: achicando cada treinta minutos no hay problema pero tal vez la fuga vaya a más y al final no pueda usar el motor de forma continua; el pronóstico de viento es bueno y favorable; si la cosa se tuerce puedo arrumbar a Denia o Gandía, que están más cerca... Total, decido seguir y ver qué pasa. Ya he hecho demasiadas millas para que valga la pena volver a Ibiza. Afortunadamente el viento vuelve a subir y apago el motor.

Así, contento, alcanzo la mitad de la travesía. El viento vuelve a amainar poco después. Otra vez motor. El gualdrapeo del génova, que ya no coge viento, me obliga a enrollarlo y encuentro cierta dificultad en hacerlo. El enrollador es viejo y ya nos ha dado algún problema pero finalmente lo hago girar. Aprovecho y bajo a ver si puedo hacer algo más con el motor; al final me conformo con tener que achicar agua cada media hora (y que siga siendo así). Vuelvo a la bañera y me llama la atención que el backstay (cable de acero que sujeta el palo por popa) está muy suelto. Miro a proa y veo que el génova, enrollado, también parece muy pendulón. Engancho el arnés y me voy a proa, donde compruebo que he tenido otra avería: se ha roto el stay de proa y ahora la vela, el enrollador y el cable penden únicamente de la driza del génova que, además, se está desgastando por el sobresfuerzo y el roce. ¡A joderse!

Lo primero, asegurar el palo, no vaya a caer. Paso dos drizas a proa y las tenso con fuerza. Será suficiente para mantener el mástil. Toca achicar.

Bajo, achico, subo.

Lo siguiente, arriar la mayor para que no fuerce el palo. Desde ese momento sé que ya no puedo navegar a vela, salvo extrema necesidad (podría sacar un trocito de mayor sin forzar mucho). Dejo el motor a bajas vueltas para no sobrecargar el circuito de refrigeración y que no aumente la fuga.

Bajo, achico... y compruebo que la bomba no está aspirando agua.

¡Mierda, mierda, mierda! La bomba de achique se ha obstruido. Desmonto el filtro: está roto y allí no está la obstrucción. Saco una bomba de achique manual que llevo en un pañol y achico a un cubo que tiro por la borda. Podría dejar que el agua del motor llegara a la sentina principal y achicar con la bomba manual que hay allí instalada (es obligatoria), pero prefiero que no me ensucie de grasa y aceite todo el fondo del barco. Así que a mano y pozal.

Salgo a cubierta, controlo la tensión de sujeción del palo, oteo el horizonte por si hay barcos próximos, confirmo que el rumbo es bueno. Menos mal que llevo piloto automático, pienso. Abajo otra vez. Desmonto la bomba de achique y pillo una pelotilla de algo que se ha trabado en una de las membranas: ya tengo localizado el problema. Limpio y monto nuevamente la bomba y el filtro. Eso sí, cada diez o quince minutos he de salir a cubierta a vigilar que todo va bien y cada media hora toca achicar. Una vez montada la bomba la pongo en marcha: no aspira (ya en tierra comprobaré que, con las prisas y el balanceo, la junta del filtro no está en su sitio, no cierra bien y no permite el vacío; una gilipollez que no la deja funcionar). Me resigno a achicar a mano.

De nuevo en cubierta. El palo va bien sujeto, pero el balanceo hace que la driza del génova sufra cada vez más. Si se rompe caerá todo sobre cubierta y puede hacer daño, a mí o al barco. Decido arriarlo todo. Despacio voy dejándolo caer sobre cubierta, hacia popa, hasta apoyarlo por completo. Es más largo que el barco y ahora por popa me sobresale tres o cuatro metros, como si fuera un asta sin bandera. Más vale eso que una patada en los huevos, que es lo único que me falta hoy.

Bajo, achico, a cubierta.

La fuga no parece ir a más, pero a duras penas hago cinco nudos. Bueno, paciencia, ya llegaré. Compruebo varias veces que no tengo cobertura de móvil -estoy todavía muy lejos y no la tendré hasta que tenga la costa a siete u ocho millas, con suerte- para avisar a casa de que voy lento y llegaré tarde.

Por primera vez en ¿cuántas? horas puedo relajarme unos minutos. Unos delfines saltan en la distancia y vienen hacia el barco. Siempre me emociona, como si fuera un niño, el hecho de que se acerquen y parezca que quieran jugar con el barco, siguiendo su proa, cruzándola, saltando a nuestro lado. Pero está claro que hoy no es mi día. Se acercan, saltan un par de veces junto a la borda y se van. Ni siquiera me da tiempo para hacer un par de fotografías. ¿Será porque las cintas de mi arnés son amarillas, uno de los colores del peligro en la naturaleza?

Cada treinta minutos, pozal de agua; pero xino-xano voy haciendo millas. Cuando tan solo me quedan cinco o seis millas hasta la bocana vuelvo a pensar que menos mal que llevo piloto automático, porque tener que gobernar a mano con todo este fregado hubiese sido complicado. Algo me ha inducido a pensarlo. Seguro que, inconscientemente, he percibido algún detalle que me ha hecho acordarme del piloto, porque unos minutos después empieza a perder el rumbo y dar grandes bandazos. Tanto, que tengo que desconectarlo. Era lo que me faltaba, lo único que no se me había roto en este aciago viaje.

Pasadas las 21:30 entro por la bocana del club náutico de Valencia. Han sido dieciséis horas y media de luchar contra las putas averías.

He decidido comprarme una camiseta como la de mi mujer. Nos la pondremos la próxima vez que fondeemos en Ibiza, probablemente a bordo de otro barco. Luego, ella cantará lo de sombrero, ay mi sombrero. Y yo le haré los coros.
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Cuaderno de bitácora (18)

05.08 Mi legítima se vuelve a la península en ferry. ¡Qué dolor! Aquí me quedo otra vez solo, dispuesto a darme conversación y a tararear aquello de sombrero, ay mi sombrero, con lo que empezó esta historia. Me queda una escapadita, en el buen sentido, antes de arrumbar en solitario hacia casa. Ya verás como, igual que otras veces que lo he intentado, pasa algo y tengo que fondear en San Antonio y hacerle coros al del sombrero, ay mi sombrero.
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Cuaderno de bitácora (17)

04.08 Tras pasar la mañana en Cala Molí (otro lugar poco edificado y tranquilo), hemos fondeado para pasar la noche en Port des Torrent, fondeo ya casi obligatorio y que este año no habíamos todavía incluido. Este fue mi primer fondeo en solitario, aquí pasó su primera noche de fondeo mi compañera de piso y aquí instituimos hace años la costumbre del chapuzón antes del desayuno. Por eso le tenemos un especial cariño.
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Cuaderno de bitácora (16)

Incomprensiblemente había sitio para fondear en Porroig, donde siguen proliferando las boyas incontroladas. Llega un tío, echa un muerto con una boya y se asegura el lugar del fondeo para todo el verano (o para todo el año) en una cala muy bien resguardada de casi todos los vientos. Y no pasa nada. Y se cree que genera un derecho de ocupación porque la boya es suya, olvidando que la costa y el mar son de todos. Pero nadie hace nada. Las autoridades parecen muy ocupadas en seguir jodiendo los fondeos para que vayamos a morir a las explotaciones comerciales de las marinas, donde te crujen con tarifas exorbitantes: un amarre, un trozo de agua, de cuarenta y pocos metros cuadrados se cotiza como una habitación de cinco estrellas. Así andamos.

Hacemos noche en esta cala prácticamente deshabitada y muy tranquila y empezamos a pensar que el tiempo se nos acaba.
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Yo, también

Hoy, navegando -soplaba levante-, se me ha venido a la cabeza un fragmento de la canción Mediterráneo, de Serrat. Sin saber por qué he intentado separar la letra de la música, para recitarla como poema, lo que no es fácil con una canción oída y reoída mil veces. En el fondo es una forma de dar a los versos el peso que se merecen. Finalmente me la he recitado en silencio. El cambio del último verso me ha salido de corrido, como con vida propia.

Ay, sin un día para mi mal
viene a buscarme la parca
empujad al mar mi barca
con un levante otoñal
y dejad que el temporal
desguace sus alas blancas.
Y a mi enterradme sin duelo
entre la playa y el cielo,
en la ladera de un monte,
más alto que el horizonte:
quiero tener buena vista.
Mi cuerpo será camino,
le daré verde a los pinos
y amarillo a la genista.
Cerca del mar porque yo
también nací en el Mediterráneo.


Me ha invadido un tremendo sobrecogimiento y ¡joder! se me han humedecido los ojos.
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Cuaderno de bitácora (15)

30.07 Seguimos en caló des Porcs. El lugar nos ha dejado encandilados. Tanto, que nos hemos quedado. Para colmo, esta mañana a primera hora ha caído una tromba de agua y nos ha dejado ese sobrecogimiento que deja la lluvia cuando estás fondeado. Luego ha salido el sol y el día parecía hecho a medida para esta cala. Envidio de forma morbosa, malsana, al propietario de este paraje -es un entorno privado- y no me importaría en absoluto que me dejara en herencia la casa de la cala. Para retirarse.

31.07 Pasamos la noche fondeados en Puerto de San Miguel. Hubiésemos preferido Benirrás, pero había muchos barcos. La cala de San Miguel es casi un puerto natural (de ahí su nombre), mientras no soplen vientos duros del norte. Es el paradigma de como cagar un espacio natural encantador construyendo dos moles hoteleras en la ladera este de la cala. Pa matarlos. Afortunadamente la charanga y el chunta chunta, como es para guiris, acaba pronto.
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Cuaderno de bitácora (14)

El 29.07 dejamos ¿definitivamente? Santa Eulalia. Fondeamos para pasar la mañana en Cala d'en Serra, otro lugar poco frecuentado. De hecho, somos el único barco fondeado. Es una cala pequeña, sin construcciones, salvo un estructura abandonada (algún espabilado debió intentar construir y luego ya untaremos y, afortunadamente, o no untó bastante o no a quien debía). Ligeramente elevado hay un pequeño chiringuito atendido eficientemente, donde se puede comer alguna cosa sencilla (hacen una hamburguesa ¡ñam, ñam!). Pocos bañistas, ya que el acceso incluye carretera sin asfaltar y un trecho caminando (también hemos venido por tierra otras veces). El agua adquiere colores entre verde oscuro y esmeralda, pasando por el azul, y hace del lugar algo especial.

A media tarde levantamos el fondeo, un poco apresuradamente porque al entrar la brisa comprobamos que el ancla está garreando (¡vaya fallo, capitán!) y seguimos por el norte de la isla para decidir donde pasar la noche. Finalmente nos decidimos por el Caló des Porcs, un lugar que todavía no conocemos.

Cuaderno de bitácora (13)

Hoy hemos fondeado en Pou d'es Lleó. Este también solía ser un lugar relativamente tranquilo. Es una cala abierta y hay mucha piedra a flor de agua, lo que la hace difícil a quien no la conoce o no quiere correr riesgos.

Pero, ay señor, estamos a finales de julio y ya vale todo. Al final del día (menos mal que la gente madruga menos todavía que nosotros; por cierto, ¿a qué hora se levantarán los muy perezosos?) aquello ya parecía un autocine. En fin, habrá que seguir buscando.
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Cuaderno de bitácora (12)

Repetimos Balafia. Repetimos menú.
Sin comentarios.
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Cuaderno de bitácora (11)

Nos debíamos el volver a la Olla de Tramontana. Esta vez todo ha ido bien y hemos podido disfrutar de este lugar casi en solitario. ¡No todo iban a ser tropiezos!
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