En mi entorno ya se murmura que estoy pesadito con la historia (¡para una vez que uno corre una aventura!). Así que la cuento aquí y el que quiera y pueda que la lea.
Fondeado en Cala Bassa, 5 am, me levanto y abro el portillo; frente a mí, las Pléyades a media altura me traen un recuerdo intenso de Ana y María. Un meteorito cruza el cielo todavía muy oscuro. Me sonrío pensando que debo interpretarlo como un excelente augurio para la travesía. Arrancho el barco, enciendo motor y luces y levanto el fondeo para salir, muy lentamente, de la cala. Me gusta disfrutar de ese momento.
Alcanzando Conejera el alba empieza a clarear por levante. Hace un buen viento del suroeste, pero sé por el pronóstico que virará hacia noreste y levante favoreciéndome la llegada a Valencia. Izo la mayor con un rizo y saco el génova: el barco se coge al viento y empezamos a navegar por encima de los 6 nudos. Apago el motor y experimento esa sensación de placer que acompaña siempre al silencio mecánico. ¡Esto es cojonudo!
Pongo el piloto automático y hago una inspección (la primera de muchas a lo largo de cualquier travesía). Descubro más agua de lo habitual en la sentina del motor. Dedito al agua y a la boca: ¡salada! Achico y reviso posibles entradas de agua sin encontrar nada. Mejor. Pongo en marcha el motor y, efectivamente, el circuito de refrigeración de agua salada del motor pierde por un manguito y tira agua a la sentina. Poca cantidad. Decido mirarlo mejor cuando haya más luz. Apago el motor y, satisfecho, me digo "¡por eso tengo un velero!". Me zampo el desayuno y disfruto de la navegación.
El viento empieza a amainar, permitiéndome sacar toda la mayor; pero por poco tiempo. Cuando ya casi ni alcanzamos los cuatro nudos y medio decido apoyarme con el motor (voy solo y no es cuestión de tirarse dos días para llegar a Valencia). De paso miraré lo del agua. Con la linterna en la frente y sudando como en la sauna localizo la zona, bastante inaccesible, de la fuga. Intento taponarla a tientas con masilla, sin resultado.
Evaluación de la situación: achicando cada treinta minutos no hay problema pero tal vez la fuga vaya a más y al final no pueda usar el motor de forma continua; el pronóstico de viento es bueno y favorable; si la cosa se tuerce puedo arrumbar a Denia o Gandía, que están más cerca... Total, decido seguir y ver qué pasa. Ya he hecho demasiadas millas para que valga la pena volver a Ibiza. Afortunadamente el viento vuelve a subir y apago el motor.
Así, contento, alcanzo la mitad de la travesía. El viento vuelve a amainar poco después. Otra vez motor. El gualdrapeo del génova, que ya no coge viento, me obliga a enrollarlo y encuentro cierta dificultad en hacerlo. El enrollador es viejo y ya nos ha dado algún problema pero finalmente lo hago girar. Aprovecho y bajo a ver si puedo hacer algo más con el motor; al final me conformo con tener que achicar agua cada media hora (y que siga siendo así). Vuelvo a la bañera y me llama la atención que el backstay (cable de acero que sujeta el palo por popa) está muy suelto. Miro a proa y veo que el génova, enrollado, también parece muy pendulón. Engancho el arnés y me voy a proa, donde compruebo que he tenido otra avería: se ha roto el stay de proa y ahora la vela, el enrollador y el cable penden únicamente de la driza del génova que, además, se está desgastando por el sobresfuerzo y el roce. ¡A joderse!
Lo primero, asegurar el palo, no vaya a caer. Paso dos drizas a proa y las tenso con fuerza. Será suficiente para mantener el mástil. Toca achicar.
Bajo, achico, subo.
Lo siguiente, arriar la mayor para que no fuerce el palo. Desde ese momento sé que ya no puedo navegar a vela, salvo extrema necesidad (podría sacar un trocito de mayor sin forzar mucho). Dejo el motor a bajas vueltas para no sobrecargar el circuito de refrigeración y que no aumente la fuga.
Bajo, achico... y compruebo que la bomba no está aspirando agua.
¡Mierda, mierda, mierda! La bomba de achique se ha obstruido. Desmonto el filtro: está roto y allí no está la obstrucción. Saco una bomba de achique manual que llevo en un pañol y achico a un cubo que tiro por la borda. Podría dejar que el agua del motor llegara a la sentina principal y achicar con la bomba manual que hay allí instalada (es obligatoria), pero prefiero que no me ensucie de grasa y aceite todo el fondo del barco. Así que a mano y pozal.
Salgo a cubierta, controlo la tensión de sujeción del palo, oteo el horizonte por si hay barcos próximos, confirmo que el rumbo es bueno. Menos mal que llevo piloto automático, pienso. Abajo otra vez. Desmonto la bomba de achique y pillo una pelotilla de algo que se ha trabado en una de las membranas: ya tengo localizado el problema. Limpio y monto nuevamente la bomba y el filtro. Eso sí, cada diez o quince minutos he de salir a cubierta a vigilar que todo va bien y cada media hora toca achicar. Una vez montada la bomba la pongo en marcha: no aspira (ya en tierra comprobaré que, con las prisas y el balanceo, la junta del filtro no está en su sitio, no cierra bien y no permite el vacío; una gilipollez que no la deja funcionar). Me resigno a achicar a mano.
De nuevo en cubierta. El palo va bien sujeto, pero el balanceo hace que la driza del génova sufra cada vez más. Si se rompe caerá todo sobre cubierta y puede hacer daño, a mí o al barco. Decido arriarlo todo. Despacio voy dejándolo caer sobre cubierta, hacia popa, hasta apoyarlo por completo. Es más largo que el barco y ahora por popa me sobresale tres o cuatro metros, como si fuera un asta sin bandera. Más vale eso que una patada en los huevos, que es lo único que me falta hoy.
Bajo, achico, a cubierta.
La fuga no parece ir a más, pero a duras penas hago cinco nudos. Bueno, paciencia, ya llegaré. Compruebo varias veces que no tengo cobertura de móvil -estoy todavía muy lejos y no la tendré hasta que tenga la costa a siete u ocho millas, con suerte- para avisar a casa de que voy lento y llegaré tarde.
Por primera vez en ¿cuántas? horas puedo relajarme unos minutos. Unos delfines saltan en la distancia y vienen hacia el barco. Siempre me emociona, como si fuera un niño, el hecho de que se acerquen y parezca que quieran jugar con el barco, siguiendo su proa, cruzándola, saltando a nuestro lado. Pero está claro que hoy no es mi día. Se acercan, saltan un par de veces junto a la borda y se van. Ni siquiera me da tiempo para hacer un par de fotografías. ¿Será porque las cintas de mi arnés son amarillas, uno de los colores del peligro en la naturaleza?
Cada treinta minutos, pozal de agua; pero xino-xano voy haciendo millas. Cuando tan solo me quedan cinco o seis millas hasta la bocana vuelvo a pensar que menos mal que llevo piloto automático, porque tener que gobernar a mano con todo este fregado hubiese sido complicado. Algo me ha inducido a pensarlo. Seguro que, inconscientemente, he percibido algún detalle que me ha hecho acordarme del piloto, porque unos minutos después empieza a perder el rumbo y dar grandes bandazos. Tanto, que tengo que desconectarlo. Era lo que me faltaba, lo único que no se me había roto en este aciago viaje.
Pasadas las 21:30 entro por la bocana del club náutico de Valencia. Han sido dieciséis horas y media de luchar contra las putas averías.
He decidido comprarme una camiseta como la de mi mujer. Nos la pondremos la próxima vez que fondeemos en Ibiza, probablemente a bordo de otro barco. Luego, ella cantará lo de sombrero, ay mi sombrero. Y yo le haré los coros.
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