El dolor y el miedo son gratis: cada uno cogemos lo que podemos y, a veces, lo que queremos. Como con toda mercancía gratuita, hay quien se llena los bolsillos a rebosar precisamente porque es gratis. Y también hay quien evita su posesión porque asimila lo gratis a la ausencia de valor. Son como fruslerías que te regalan a la entrada de una fiesta: la mayoría coge lo que le ofrecen, algunos las desprecian y otros se atiborran. Así nacen el doliente y el estoico, el miedica y el temerario.
Ocurre que, después, se descubre que tanto el miedo como el dolor pueden utilizarse como moneda social. El pusilánime utilizará su miedo evitando situaciones para él inconvenientes; el estoico se hará el machote (demostrado está que la tolerancia al dolor es mayor en varones cuando son explorados en presencia de una mujer, médica o enfermera); el achacoso escurrirá actividades molestas; el intrépido hará rentable su valor.
No es malo sentir dolor o miedo, como no lo es ser valiente o impasible. Otra cuestión es el uso que cada cual da a su condición y la renta social que con ello obtiene.
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