Lo que hay aquí

Esto que sigue son solo mis opiniones, mis pensamientos. Al menos aquellos que quiero hacer públicos. Si te gustan, compártelos. Si no te gustan, lo siento pero no tengo otros. Cualquier comentario es bienvenido. Si usas algún texto o fragmento, por favor cita la procedencia.

Buscar en este blog

17 de mayo de 2026

El rasero de la Historia

 

Se atribuye a George Santayana la conocida frase: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo” (originalmente “Those who cannot remember the past are condemned to repeat it", pues Santayana, aunque era español, escribió toda su obra en lengua inglesa). El autor se refería fundamentalmente a los aspectos de la memoria y vivencias personales (básicamente el aprendizaje a partir de los propios errores), pero la frase se ha generalizado y tiende a utilizarse en un sentido más amplio, aplicada a los pueblos o las culturas. Por mi parte, nada que objetar; aunque es cierto que tampoco soy yo nadie para objetar. Conocer la historia es fundamental para situarnos en el tiempo, como conocer la geografía lo es para situarnos en el espacio. Y uso también esta conocida frase de forma intencionada para acercarme al tema.

Del mismo modo que no pueden juzgarse los viajes de Herodoto o de Marco Polo, ni siquiera los de Livingston, con el rasero geográfico actual, uno no puede aproximarse a la historia amordazado por usos, costumbres y convenciones sociales o morales actuales. Herodoto no tenía GPS, ni Marco Polo mapas satelitales. A Stanley le costó un huevo encontrar a Livingston y Shackleton puso en extremo peligro a sus hombres (¡vaya imprudencia!), aunque los 27 regresaron salvos. Podían haber cogido un vuelo low-cost, caramba.

Sería una gilipollez, por ejemplo, cuestionar a nuestros ancestros por su contribución a la desaparición del smilodon (si es que tuvieron algo que ver). Uno no se imagina una actitud políticamente correcta, en pleno pleistoceno, tal que así:

“Pase, pase, Señor Tigre. Bienvenido a La caverna self-service. Sírvase usted mismo. Respetuosamente le rogaríamos que, a poder ser, eligiese entre los más ancianos; pero lo que usted mande. ¿Cómo? ¿Le molesta? Por supuesto, por supuesto. A ver, Fallerito, ¿te importaría apagar ese fuego, que incomoda al señor?”

O matas, o mueres. Si no hay elección, matas. Y aquí, paz; y después, gloria.

Digo todo esto por la reciente tendencia (maldita palabra: ahora todo son tendencias) a evaluar la Historia con condicionantes morales actuales y obviar las verdaderas enseñanzas que nos ofrece. Es cierto que la Historia la escriben los vencedores; pero el tiempo se encarga de reescribirla, a veces muy lentamente. También la manipulan y la utilizan torticeramente quienes ansían el poder, la riqueza, la revancha o el vasallaje.

La socialización, la pertenencia al grupo, ha sido uno de los grandes motores de nuestro progreso y, al mismo tiempo, la terrible lacra de nuestra especie. Los grupos cazadores-recolectores debieron defender sus territorios como lo hacen todavía los primates (en realidad como multitud de animales). Con el asentamiento urbano nace la propiedad privada y probablemente también el afán por el poder y la riqueza: ya había más cosas a defender. De la misma manera que los humanos somos intrínsecamente buenos y sociables, somos muy influenciables para dirigir nuestra ira contra otros grupos. De ahí a la conquista y el exterminio solo hacen falta unos pocos manipuladores hábiles en el uso de la religión, la raza, el dinero, el terruño o la bandera.

El colonialismo no fue sino una expresión de tribalidad, cada vez a mayor escala. Como lo fue el esclavismo, una versión del colonialismo donde el producto a extraer es humano.

Las exploraciones geográficas llevaron a la búsqueda de nuevas tierras, de nuevos recursos. La conquista se iniciaba muchas veces con la excusa del ataque “preventivo” para evitar la invasión del invadido. Los recursos materiales se aprovechaban y los humanos, también. Mercado de mercadería y de esclavos. La maquinaria del colonialismo se había puesto en marcha.

Hubo un colonialismo meramente extractivo: arramblar con las riquezas del territorio conquistado con la inversión mínima para hacer posible la extracción y para proporcionar una vida algo parecida a los usos de la metrópoli a aquellos que se encargaban del expolio. También hubo un colonialismo más paternalista que incluyó a los conquistados entre sus súbditos, los amparó con leyes y les proporcionó infraestructuras… mientras los expoliaba. Que cada país se aplique el cuento que le corresponda. Tanto en uno como en otro extremo el colonialismo fue un proceso social que nace del tribalismo, de la necesidad de expansión (poder y riqueza en juego) y de la autocomplacencia. Lo hicieron hititas, chinos, egipcios, fenicios, griegos, romanos, árabes, mayas, aztecas, españoles, ingleses, franceses, holandeses, belgas, italianos, rusos, estadounidenses… También, ahora, israelitas. Y en cada caso se hizo –o se hace- con la crueldad aparente (la intrínseca siempre es desproporcionada) máxima que toleran los usos y las convenciones sociales del momento. Suficiente para levantar protestas (Bartolomé de las Casas, por ejemplo) pero insuficiente para forzar la detención del proceso.

Es estúpido pretender la existencia de responsabilidad en quienes hoy habitan las antiguas metrópolis de los hechos ocurridos a los tatarabuelos de los abuelos de los actuales habitantes de las antiguas colonias. Especialmente cuando los verdaderos responsables fueron precisamente esos tatarabuelos por quienes se reclama reparación (ellos fueron los que sobrevivieron a las matanzas; como dijo aquel: mis antepasados no fueron, se quedaron aquí). De cualquier modo, las responsabilidades personales reales no son tanto de los que fueron y cometieron como de quienes alentaron y ordenaron. Como el del tigre: o te afiambra el nativo, o te ahorca el rey o te incinera en vida el inquisidor. Algo de eso se entrevé, por ejemplo, en los relatos de Bernal Díaz del Castillo.

Todo esto no le quita hierro a los abusos cometidos en nombre de una corona o una cruz. Pero buscar un enemigo externo para afianzarse en el poder, suavizar problemas internos o justificar inoperancia es despertar de nuevo la tribalidad. La verdadera enseñanza es que la Historia es una crónica, nunca es penosa ni vergonzante; lo es el comportamiento de algunos de nuestros congéneres: precisamente los que estaban allí y quienes fomentaban y permitían sus excesos.

No vale preguntarse qué habría ocurrido con las blanqueadas civilizaciones que sucumbieron. ¿Se habrían convertido en florecientes civilizaciones? ¿Lo habrían hecho a costa de colonizar a sus vecinos? ¿Se habrían extinguido? ¿Se los habrían comido los vecinos? ¿Los habrían colonizado otros conquistadores? Ahora ya no tocan esas preguntas. No ocurrió y no hay alternativa, solo especulación.

Estamos donde estamos porque ellos estuvieron donde estuvieron. Pero no hay otra versión.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario