He muerto.
No me había dado cuenta pero debo llevar ya un tiempo fiambre. Yo me observo y no me encuentro nada raro. Parece que respiro, me muevo, sudo, como, no huelo… En fin, lo que uno esperaría estando vivo.
Pero debo estar muerto.
Mi entorno social y político, como a muchos, me asquea, me cabrea. Apabullo a quienes me rodean con severas diatribas, teorizaciones, críticas despiadadas. Y acabo siempre con un ¡malditos hijos de puta! En cambio, no hago nada. Ni por la vía de la participación, ni de la creación, ni siquiera de la destrucción (¿dónde quedaron aquellos saltemos a la calle, barra libre de goma dos, descubramos la playa bajo los adoquines?).
Y debe ser porque estoy muerto.
Mientras tanto, la mediocridad se enseñorea y sus acólitos muestran el plumaje para que un número cada vez mayor de estúpidos y analfabetos funcionales lo confundan con calidad, con modernidad, con eficacia. Y yo lo observo todo desde mi brillante cajita de pino.
Sin duda. Estoy muerto.
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