Según la RAE, soledad es la carencia voluntaria o involuntaria de compañía. Escueta, formidable definición que muchos listos quieren retorcer, alambicar, con términos como “soledad no buscada” (o sea, involuntaria), “soledad buscada”, “premeditada” (o sea, voluntaria) y otras zarandajas similares.
Para los positivistas, la soledad puede ser social, emocional, existencial, situacional y crónica: se han pasao un pelín. Me viene a la cabeza Guillermo de Ockham (el de la navaja) y la frase que se le atribuye: Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem. O sea, que no hay que multiplicar las entidades, las clases, innecesariamente. A mí me atrae más la aproximación de los junguianos: la soledad no depende del número de gente que te rodea sino de lo que puedes comunicarte con ellos.
La soledad involuntaria es desgarradora, deprimente, porque la socialización, la pertenencia al grupo, nos viene de serie, impresa en nuestro genoma. Por ello la soledad involuntaria es tan dolorosa.
La soledad voluntaria, en cambio, puede ser necesaria y suele ser enriquecedora. Yo la veo como un alto en el camino social que te permite la introspección, la reflexión, el monólogo. Puede uno ayudarse, como dice Montaigne, siendo una multitud para si mismo (In solis sis tibi turba locis).
Pero la peor soledad, el colmo, el non plus plis es, sin duda alguna, cuando uno está solo y no le gusta la compañía.
Sobre la soledad, ver también https://rrg-errequeerre.blogspot.com/2011/10/solo-como-las-dos.html
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