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22 de julio de 2022

Prontuario cultural básico: Red de investigación (o investigación en red)

 

Red de urdimbre lo suficientemente tupida como para evitar el escape de cualquier euro procedente de fondos públicos. Como en cualquier tipo de pesca de arrastre, el cebo es inexistente o es un simple señuelo.

 

 

21 de junio de 2022

Varas de medir

 

Son constantes e incontables los ejemplos. El escándalo –me refiero al escándalo fundado por vía judicial- se abate sobre un candidato, un vicepresidente, un presidente incluso y las reacciones no se hacen esperar. Los de su cuerda sacan pecho y alardean peligrosamente con la mano sobre las llamas, repletos de seguridad y ufanos de la honestidad de toda la vida del fulano/fulana (mierda, como cambian los sentidos con el dichoso género). Cierto es que, conforme las aguas se enturbian, la chulería muda en rictus, el pecho se encoge, barra libre de crema para las quemaduras, y la peña se va poniendo de perfil conforme barrunta que puede alcanzarles la aspersión de caquita.

Los de enfrente, con tal de crispar, de encabronar, de sacar tajada de lo que sea, se rasgan las vestiduras, señalan con el dedo de señalar, exigen responsabilidades, dimisiones, flagelaciones públicas, horca si hace falta. Faltaría más. Y cargan con toda su artillería, la sustanciada y la deleznable, tirando con posta lobera contra todo lo que se mueva en la otra orilla. Parece que no tengan freno.

Pero siempre sale algún listillo enseñando un papelito “Uy, mira lo que tengo aquiiií” con la intención, las más de las veces fraudulenta, de convertir al lobo en cazador y al cazador en lobo.

Irremediablemente (nuestra clase política –de todo menos clase- no da para más), las tornas cambian y tarde o temprano el aireado papelito trae sustancia y, como a los tenistas en los juegos impares pero sin casi sentarse en el banquillo, les cambia el saque. Y los otros, a restar.

Para mí la pértiga, para ti el mondadientes. Cambia, que ahora me toca a mí.

Todos dijeron que en caso de imputación en firme se apartarían a un lado. Pero luego le cambiaron el nombre a la imputación. Ahora son solo investigados. Todos anunciaban su infinito respeto a la Justicia. Pero todos cuestionan la independencia judicial y ven cazas de brujas en cuanto les toca el turno. Llegan a vociferar, como recientemente, que este país está muy mal si la justicia osa investigarlos a ellos, custodios en exclusiva de la verdad. Y todos, todos, intentan ejercer un férreo control sobre el Poder Judicial, montando el numerito en cada renovación –o directamente no renovándolo- porque les va en ello la paga. Que al final es lo que de verdad les interesa.

Cierto es que muchas, la mayoría, de estas añagazas quedan en nada. O han prescrito (habría que mirárselo esto de la prescripción), o no hay pruebas, o directamente no hay delito.  Y, claro, uno piensa qué papel juegan los señores magistrados -solo algunos, claro- en la oportunidad, en la elección del momento. No es lo mismo lanzar un tomate en la tomatina que tirárselo al tenor en una ópera. Y seguro que también a más de uno le gusta salir a pegar unos tiritos a las brujitas cuando se lo pide un amiguete.

Y así vamos.

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26 de marzo de 2020

¿Para cuándo hacer caso a la ciencia?


Esto son parte de las conclusiones de un trabajo publicado en la revista de la American Society for Miocrobiology en 2007:

“…. The presence of a large reservoir of SARS-CoV-like viruses in horseshoe bats, together with the culture of eating exotic mammals in southern China, is a time bomb. The possibility of the reemergence of SARS and other novel viruses from animals or laboratories and therefore the need for preparedness should not be ignored."

("La presencia de un gran reservorio de virus similares al SARS-CoV en los murciélagos de herradura, junto a la cultura en el sur de China de comer mamíferos exóticos es una bomba de relojería. La posibilidad de reaparición del SARS y otros virus nuevos procedentes de animales o laboratorios y, por tanto, la necesidad de planes de preparación no debería ignorarse")

 Cheng VCC, Lau SKP, Woo PCY, Yuen KY. Severe acute respiratory syndrome coronavirus as an agent of emerging and reemerging infection. Clinical Microbiology Reviews 2007; 20: 660-694

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16 de junio de 2009

Como Lutero...

Como Lutero, clavaré mis tesis en la puerta del templo.

Nuestra visión es tan distinta que la comunión de ideas es imposible.

Me explico.

Para mí la docencia es un fin; para vosotros, un medio.

Para vosotros la investigación y, sobre todo, la publicación son un fin; para mi, un medio.

Para mí la asistencia –concepto último por el que recibimos el salario- es, sin duda, un fin. Para vosotros no es fin; ni medio. El paciente es en vuestro prontuario el elemento molesto, como el alumno o el dato discordante, que enturbia vuestro quehacer. Y que a la postre os importa un carajo.

¿Será mejor lo que veis vosotros? ¿Lo que veo yo?

Yo lo tengo claro. Vosotros, ya sabréis.

Y me la suda el Decet romanum pontificem.

5 de mayo de 2009

INVESTIGACIÓN GLOBALIZADA

Los datos crudos son el combustible de la ciencia. La experimentación, el método, es el verdadero motor del vehículo. Sólo hace falta un buen conductor, un buen investigador que consiga avances del conocimiento y optimice el consumo de recursos. Y este proceso es imparable porque es consustancial a la curiosidad innata de nuestra especie.

Trabas las ha habido, las hay y las habrá. Dos han sido los frenos más contumaces hasta ahora: nuestra propia estupidez y la dificultad de desentrañar los complejos procesos que nos rodean: la complejidad de la vida frente a nuestras limitaciones.

Nuestra estulticia ha alimentado y mantenido las corrientes ideológicas que sacan renta de la ignorancia: la magia, el esoterismo, las religiones... Todas ellas basan su progreso en la inevitable asociación entre curiosidad y afición humana a las respuestas sencillas. A todos nos gustan las interpretaciones fáciles; lo complicado exige elaboración y, por tanto, esfuerzo. También exige una mínima capacidad y preparación y no está al alcance de todos sin previa instrucción, sin iniciación.

Brujos y hechiceros controlaron a sus grupos con explicaciones mágicas del entorno. El escalón siguiente, cuando el personal ya exigía un poco más de imaginación, fueron cosmogonías elaboradas en esquemas lógico-mágicos más convincentes para los reticentes. De ahí a las religiones sólo había un paso. Ya no se trataba únicamente de explicar el mundo sino también de apurar el control imponiendo modelos de comportamiento. La imposición entraba más fácil utilizando el miedo o el anhelo a intangibles creados por el propio sistema: miedo al infierno como refuerzo negativo y anhelo por el paraíso como refuerzo positivo. De paso, tanto plagas y sequías como bonanzas y cosechas abundantes eran interpretadas desde la óptica moral impuesta. De esta forma, la explicación de los fenómenos cotidianos que nos envuelven se hace inseparable de determinados códigos de conducta. El conocimiento independiente del entorno intenta supeditarse a los intereses de una ideología dominante. Del mismo modo que delito y pecado quieren hacerse conceptualmente sinónimos, se aúpan los dogmas a la categoría de ciencia cierta. Total: un chollo. Las culturas judeo-cristianas llevan siglos para desuncirse de este corsé. La mayoría de las culturas orientales están todavía en la faena.

Contra nuestra propia estupidez y contra la complejidad de nuestro universo deberían bastar instrucción, método y medios. Nada que no pueda conseguirse con tiempo. Pero ¡ay! el escenario es cambiante. La profesionalización del investigador, tan necesaria para una correcta gestión de los recursos, tiene dos efectos secundarios que pueden ser devastadores: uno depende del investigador mismo; el otro, de quien lo financia.

Cualquier profesionalización conlleva la creación de una casta que, con celeridad pasmosa, intenta afianzar su estatus, lo que, entre otras cosas, lleva a la creación de una jerga propia para iniciados –muchas veces de vacuo contenido- y al establecimiento de determinadas jerarquías cuyo último fin es la autoperpetuación, lejos ya del objetivo inicial, que en este caso sería la investigación. Cuando el currículum se cotiza en euros la investigación en sí misma pasa a un plano secundario. La posición, el poder y, en último extremo, el buen pasar del investigador dependen de su currículum: el trecho desde aquí hasta que su engorde (el del currículum o el del investigador, tanto da) sea el fin último es tan corto... Así es como centros y grupos de investigación acaban convertidos en granjas de engorde curricular.

¿Y el control? Bueno, el control lo ejercen a partes iguales burócratas “profesionalizados” (máxima aspiración de investigadores mediocres y palmeros del poder), sin formación específica en aquello que están juzgando, y los propios investigadores que, por el aquel de igual mañana me toca a mí, pueden tender a escorar hacia el corporativismo. Los unos y los otros defienden su pesebre. A ver si no cuál es el significado real, en un mundo globalizado y con acceso en tiempo real a la información, de las cacareadas investigaciones traslacionales, redes investigacionales y otras zarandajas diseñadas mayoritariamente para hacer caja.

Desgraciadamente, los investigadores de granja compiten con los de verdad –que los hay y muchos- en una carrera que parece hecha a medida de los primeros. Mientras unos se dejan las horas, la salud y la familia en proyectos rigurosos, aquellos venden humo en los despachos, donde pasan más tiempo y con mayor soltura que en sus laboratorios, y se llevan el gato al agua. La burocratización desmedida acaba, como siempre, en inoperancia.

¿Y el dinero? ¿De dónde sale el dinero? Pues ese es el otro problema. La investigación seria es muy cara, las inversiones no siempre tienen retorno y, cuando lo tienen, no es rápido. Naturalmente, el estado da una propina, silba y mira para otro lado. Es la industria –especialmente médica y farmacéutica- quien, a falta de filántropos y altruistas, asume el rol del antiguo mecenas; pero de gratis, nada. La filantropía y el  diletantismo no son el fuerte de los negocios globales. Ellos invierten para obtener beneficios. Igual de legítimo que una cadena de supermercados. En ese contexto es difícil criticarles la escasa inversión en proyectos que a duras penas les resultarán rentables. Dado que en muchos casos son quienes tienen los recursos y el know-how las autoridades sanitarias deberían negociar con ellos la dedicación de esfuerzos a investigaciones huérfanas. Pero ese es otro cantar. Lo cierto es que, al final, una importantísima parte de la investigación está dirigida directa o indirectamente por la industria y, en definitiva, por sus objetivos comerciales. La investigación de escasa aplicabilidad a corto plazo está así penalizada y cuando escasean los fondos se investiga únicamente aquello en lo que la industria está interesada. Aquí también puede crearse una nueva casta. La de renombrados investigadores que lo son por el mero hecho de ser buenos clientes. Grandes consumidores y prescriptores son aupados a posiciones de líderes de opinión. La industria les agradece su fidelidad y los aprovecha, al tiempo, para las campañas de marketing. La tendencia de éstos también será, naturalmente, la defensa del pesebre.

Así las cosas, el conocimiento que nuestra curiosidad anhela se ve entorpecido en este nuevo siglo, a partes iguales, por el revival de una saga de sacerdotes y chamanes, vendedores del humo que envuelve a la verdad, y por los intereses de grupos comerciales cuyo grial es el dividendo.

Lo peor es la tendencia de unos y otros a manipular datos y métodos, combustible y motor, para encontrar atajos que acorten sus respectivos itinerarios. La ciencia se convierte así en superchería, su eterna enemiga.

¿Entonces, qué? ¿que inventen ellos?

Pues va a ser que no. El porqué habrá que dejarlo para otro día.

 

A. Vesalio: De humani corporis fabrica