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1 de septiembre de 2011

Una vuelta para no volver (Fin del cuaderno de bitácora)

En mi entorno ya se murmura que estoy pesadito con la historia (¡para una vez que uno corre una aventura!). Así que la cuento aquí y el que quiera y pueda que la lea.

Fondeado en Cala Bassa, 5 am, me levanto y abro el portillo; frente a mí, las Pléyades a media altura me traen un recuerdo intenso de Ana y María. Un meteorito cruza el cielo todavía muy oscuro. Me sonrío pensando que debo interpretarlo como un excelente augurio para la travesía. Arrancho el barco, enciendo motor y luces y levanto el fondeo para salir, muy lentamente, de la cala. Me gusta disfrutar de ese momento.

Alcanzando Conejera el alba empieza a clarear por levante. Hace un buen viento del suroeste, pero sé por el pronóstico que virará hacia noreste y levante favoreciéndome la llegada a Valencia. Izo la mayor con un rizo y saco el génova: el barco se coge al viento y empezamos a navegar por encima de los 6 nudos. Apago el motor y experimento esa sensación de placer que acompaña siempre al silencio mecánico. ¡Esto es cojonudo!

Pongo el piloto automático y hago una inspección (la primera de muchas a lo largo de cualquier travesía). Descubro más agua de lo habitual en la sentina del motor. Dedito al agua y a la boca: ¡salada! Achico y reviso posibles entradas de agua sin encontrar nada. Mejor. Pongo en marcha el motor y, efectivamente, el circuito de refrigeración de agua salada del motor pierde por un manguito y tira agua a la sentina. Poca cantidad. Decido mirarlo mejor cuando haya más luz. Apago el motor y, satisfecho, me digo "¡por eso tengo un velero!". Me zampo el desayuno y disfruto de la navegación.

El viento empieza a amainar, permitiéndome sacar toda la mayor; pero por poco tiempo. Cuando ya casi ni alcanzamos los cuatro nudos y medio decido apoyarme con el motor (voy solo y no es cuestión de tirarse dos días para llegar a Valencia). De paso miraré lo del agua. Con la linterna en la frente y sudando como en la sauna localizo la zona, bastante inaccesible, de la fuga. Intento taponarla a tientas con masilla, sin resultado.

Evaluación de la situación: achicando cada treinta minutos no hay problema pero tal vez la fuga vaya a más y al final no pueda usar el motor de forma continua; el pronóstico de viento es bueno y favorable; si la cosa se tuerce puedo arrumbar a Denia o Gandía, que están más cerca... Total, decido seguir y ver qué pasa. Ya he hecho demasiadas millas para que valga la pena volver a Ibiza. Afortunadamente el viento vuelve a subir y apago el motor.

Así, contento, alcanzo la mitad de la travesía. El viento vuelve a amainar poco después. Otra vez motor. El gualdrapeo del génova, que ya no coge viento, me obliga a enrollarlo y encuentro cierta dificultad en hacerlo. El enrollador es viejo y ya nos ha dado algún problema pero finalmente lo hago girar. Aprovecho y bajo a ver si puedo hacer algo más con el motor; al final me conformo con tener que achicar agua cada media hora (y que siga siendo así). Vuelvo a la bañera y me llama la atención que el backstay (cable de acero que sujeta el palo por popa) está muy suelto. Miro a proa y veo que el génova, enrollado, también parece muy pendulón. Engancho el arnés y me voy a proa, donde compruebo que he tenido otra avería: se ha roto el stay de proa y ahora la vela, el enrollador y el cable penden únicamente de la driza del génova que, además, se está desgastando por el sobresfuerzo y el roce. ¡A joderse!

Lo primero, asegurar el palo, no vaya a caer. Paso dos drizas a proa y las tenso con fuerza. Será suficiente para mantener el mástil. Toca achicar.

Bajo, achico, subo.

Lo siguiente, arriar la mayor para que no fuerce el palo. Desde ese momento sé que ya no puedo navegar a vela, salvo extrema necesidad (podría sacar un trocito de mayor sin forzar mucho). Dejo el motor a bajas vueltas para no sobrecargar el circuito de refrigeración y que no aumente la fuga.

Bajo, achico... y compruebo que la bomba no está aspirando agua.

¡Mierda, mierda, mierda! La bomba de achique se ha obstruido. Desmonto el filtro: está roto y allí no está la obstrucción. Saco una bomba de achique manual que llevo en un pañol y achico a un cubo que tiro por la borda. Podría dejar que el agua del motor llegara a la sentina principal y achicar con la bomba manual que hay allí instalada (es obligatoria), pero prefiero que no me ensucie de grasa y aceite todo el fondo del barco. Así que a mano y pozal.

Salgo a cubierta, controlo la tensión de sujeción del palo, oteo el horizonte por si hay barcos próximos, confirmo que el rumbo es bueno. Menos mal que llevo piloto automático, pienso. Abajo otra vez. Desmonto la bomba de achique y pillo una pelotilla de algo que se ha trabado en una de las membranas: ya tengo localizado el problema. Limpio y monto nuevamente la bomba y el filtro. Eso sí, cada diez o quince minutos he de salir a cubierta a vigilar que todo va bien y cada media hora toca achicar. Una vez montada la bomba la pongo en marcha: no aspira (ya en tierra comprobaré que, con las prisas y el balanceo, la junta del filtro no está en su sitio, no cierra bien y no permite el vacío; una gilipollez que no la deja funcionar). Me resigno a achicar a mano.

De nuevo en cubierta. El palo va bien sujeto, pero el balanceo hace que la driza del génova sufra cada vez más. Si se rompe caerá todo sobre cubierta y puede hacer daño, a mí o al barco. Decido arriarlo todo. Despacio voy dejándolo caer sobre cubierta, hacia popa, hasta apoyarlo por completo. Es más largo que el barco y ahora por popa me sobresale tres o cuatro metros, como si fuera un asta sin bandera. Más vale eso que una patada en los huevos, que es lo único que me falta hoy.

Bajo, achico, a cubierta.

La fuga no parece ir a más, pero a duras penas hago cinco nudos. Bueno, paciencia, ya llegaré. Compruebo varias veces que no tengo cobertura de móvil -estoy todavía muy lejos y no la tendré hasta que tenga la costa a siete u ocho millas, con suerte- para avisar a casa de que voy lento y llegaré tarde.

Por primera vez en ¿cuántas? horas puedo relajarme unos minutos. Unos delfines saltan en la distancia y vienen hacia el barco. Siempre me emociona, como si fuera un niño, el hecho de que se acerquen y parezca que quieran jugar con el barco, siguiendo su proa, cruzándola, saltando a nuestro lado. Pero está claro que hoy no es mi día. Se acercan, saltan un par de veces junto a la borda y se van. Ni siquiera me da tiempo para hacer un par de fotografías. ¿Será porque las cintas de mi arnés son amarillas, uno de los colores del peligro en la naturaleza?

Cada treinta minutos, pozal de agua; pero xino-xano voy haciendo millas. Cuando tan solo me quedan cinco o seis millas hasta la bocana vuelvo a pensar que menos mal que llevo piloto automático, porque tener que gobernar a mano con todo este fregado hubiese sido complicado. Algo me ha inducido a pensarlo. Seguro que, inconscientemente, he percibido algún detalle que me ha hecho acordarme del piloto, porque unos minutos después empieza a perder el rumbo y dar grandes bandazos. Tanto, que tengo que desconectarlo. Era lo que me faltaba, lo único que no se me había roto en este aciago viaje.

Pasadas las 21:30 entro por la bocana del club náutico de Valencia. Han sido dieciséis horas y media de luchar contra las putas averías.

He decidido comprarme una camiseta como la de mi mujer. Nos la pondremos la próxima vez que fondeemos en Ibiza, probablemente a bordo de otro barco. Luego, ella cantará lo de sombrero, ay mi sombrero. Y yo le haré los coros.
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Cuaderno de bitácora (15)

30.07 Seguimos en caló des Porcs. El lugar nos ha dejado encandilados. Tanto, que nos hemos quedado. Para colmo, esta mañana a primera hora ha caído una tromba de agua y nos ha dejado ese sobrecogimiento que deja la lluvia cuando estás fondeado. Luego ha salido el sol y el día parecía hecho a medida para esta cala. Envidio de forma morbosa, malsana, al propietario de este paraje -es un entorno privado- y no me importaría en absoluto que me dejara en herencia la casa de la cala. Para retirarse.

31.07 Pasamos la noche fondeados en Puerto de San Miguel. Hubiésemos preferido Benirrás, pero había muchos barcos. La cala de San Miguel es casi un puerto natural (de ahí su nombre), mientras no soplen vientos duros del norte. Es el paradigma de como cagar un espacio natural encantador construyendo dos moles hoteleras en la ladera este de la cala. Pa matarlos. Afortunadamente la charanga y el chunta chunta, como es para guiris, acaba pronto.
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24 de julio de 2011

Cuaderno de bitácora (9). Los tropiezos nunca navegan solos

Prometía un día soberbio. Amaneció nublado después de una noche con levante fuerte (¡otra!) pero el parte era bueno y el viento favorable para fondear en la Olla de Tramontana de la isla de Tagomago. Otro lugar con un encanto especial, al menos para nosotros, no excesivamente frecuentado. Nos hicimos a la mar sin casi viento, navegando a motor. Al llegar a la cala, todavía nublado, vimos que éramos los primeros, así que decidimos amarrar a una de las dos boyas de fondeo. Íbamos a estar la mar de tranquilos.

Y aquí empezó el tomate. La maniobra de amarrar a una boya, sin viento, no reviste ninguna complicación, a menos que durante la misma notes un tirón extraño del motor y veas como la neumática se va por libre y se aleja cada vez más. Efectivamente, nos habíamos olvidado de acortar el cabo que la sujeta al barco, largo cuando navegamos y la arrastramos, y se había metido en la hélice. El cabo estaba cortado, por lo que la auxiliar estaba libre y, lo que es peor, el resto se había enredado en la hélice.

Fondeo rápido con ancla y cadena para asegurar el barco y allá que se tira mi santa para ir nadando a salvar la neumática. Y es que mi santa, cuando se pone, salva hasta a las balsas salvavidas. Recuperada la auxiliar, con ella movemos el barco para aferrarnos a la boya y tener un fondeo seguro.

Paso siguiente: gafas y tubo y a ver la hélice. Justo antes de tirarme, nuevo momento de pánico. Hay agua en la sentina. Bastante. Corro a ver. Dedo al agua. Chupo. ¡Uf, dulce! Menos mal. El agua viene de dentro, no de fuera. Probablemente se ha roto uno de los depósitos de agua dulce. Achico. Ya veremos después.

Al agua. El cabo está enredado en la hélice. Desenredo un buen trozo. ¡Coño, medusas! ¡Lo que nos faltaba -o eso creíamos! Traje de neopreno. Otra vez abajo. Cada vez más medusas. La hélice se mueve, aparentemente libre, aunque el cabo no ha salido todo. ¡Que le den! Con tanta medusa no estamos para florituras. Pero no es seguro que el motor pueda propulsarnos. Decidimos salir de la cala a vela e irnos a puerto. Ya cerca de la bocana probaremos el motor. Si no hay problemas, pa'dentro. Si no, que salgan a remolcarnos.
En plena maniobra de salida, maniobra muy lenta pero tensa, porque hay poco viento dentro de la cala y solo tenemos la mayor para propulsarnos, aterriza en cubierta el farolito de energía solar que llevamos en popa para evitar gastar batería en los fondeos nocturnos. Se ha soltado el cabo que lo sujeta. En el mejor momento.

Ya en aguas libres, un sureste fuerza 4 nos permite navegar de bolina a buena marcha hacia puerto. La velocidad que alcanza el barco hace rodar pasivamente la hélice, lo que nos tranquiliza. No parece haber daño. Llegamos a puerto, enrollamos el génova y ponemos en marcha el motor. Hacemos una prueba y, sin ruidos ni extraños, el motor parece propulsar bien el barco. No todo tenía que salir mal. Usamos el piloto automático para aproar el barco y arriar la mayor. Con todo en orden, intentamos arrumbar a la bocana y ¡bingo! el piloto automático se ha agarrotado y deja trabada la rueda del timón. Medio a las buenas, medio a las malas gobernamos a puerto para, en plena bocana, enredar en la quilla el sedal de un pu.., quiero decir, bendito pescador que no ha tenido mejor ocurrencia que cruzar su línea en la bocana. ¡Encima se enfada, el muy cabrón, porque no paramos!

Ya en el amarre, desenreda el sedal, desmonta el piloto automático, tírate al agua para ver la hélice (hay tanta mierda que resulta inútil) y ¡ah! cuelga el farolillo.

Claro, mi prójima se ha puesto la camiseta. Una que define con toda precisión esta afición que, por motivos oscuros e incomprensibles, me tiene atenazado del cogote. Reza así:

Sailing:
the fine art of getting wet
and becoming sick
while slowly going nowhere
at great expense


Y es que mi santa es mucha santa.
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Cuaderno de bitácora (8). Islote Espardell

Se esperaba un levante moderado y hemos fondeado en el islote Espardell. El otro día ya lo intentamos pero el viento era excesivo y el fondeo, incómodo. Dos horas de navegación hasta allí, muy tranquilas. Para encontrar a ¡nadie! De hecho el fondeadero no es una cala, sino la cara oeste del islote, por lo que no está recogido y puede entrar mar del norte o del sur. No hay chiringuito, ni guiris; no alquilan pedalos, motos de agua ni otros artefactos infernales; no llegan golondrinas cargadas de gambas rojas en bermudas y pareos; si pretendes lucir el palmito, no hay nadie que te mire ni perrito que te ladre... En resumen, no reúne ninguna de las características de los sitios que la gente elige para apelotonarse en algo parecido a una ensalada humana condimentada con bronceador y aftersún. Curiosamente, muchos barcos eligen exactamente los mismos sitios, pero desde el mar, provocando cruces de cadena, garreos, voces, gritos y espectáculos inolvidables cuando el patán de la motora de 15 metros pretende ponerse en primera línea arando el fondo con el ancla y arramblando con todos los fondeos que pilla al paso. Enternecedor.

Mientras tanto, quedan fondeaderos solitarios como éste, donde nadie te mira, nadie te saluda, nadie te molesta. Así estuvimos todo el día. Únicamente fondeó otro velero a unos quinientos metros y una pequeña motora que echó el ancla, también lejos, se bañaron y se fueron por donde habían venido.

El islote está deshabitado y solo tiene un faro y los restos semiderruidos de una pequeña casa (no estaba tonto el que intentó construirla allí). Bajamos a tierra con la neumática y la sensación de robinsón, la soledad, la tranquilidad son absolutamente reconfortantes. La vista a poniente abarca la ciudad de Ibiza, el Vedrá al fondo, los freus con los faros de la isla de los Ahorcados y de la isla de los Puercos, el islote Espalmador y Formentera, cuya costa este está a sólo un par de millas. Total.

Se supone que en el islote solo hay gaviotas y conejos. Gaviotas había para llenar un colmado. Evidentemente, mi libro se había olvidado de las lagartijas, tan propias de estas islas. Pero conejos, ni uno, tú. A lo mejor por eso no había nadie por allí.

La vuelta, cayendo el sol, llevados por un levante brioso fue la guinda del pastel. Durante el trayecto bendije varias veces ese sentido gregario que caracteriza, además de a los ovinos, a nuestra bienamada especie.
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