24 de julio de 2011

Cuaderno de bitácora (8). Islote Espardell

Se esperaba un levante moderado y hemos fondeado en el islote Espardell. El otro día ya lo intentamos pero el viento era excesivo y el fondeo, incómodo. Dos horas de navegación hasta allí, muy tranquilas. Para encontrar a ¡nadie! De hecho el fondeadero no es una cala, sino la cara oeste del islote, por lo que no está recogido y puede entrar mar del norte o del sur. No hay chiringuito, ni guiris; no alquilan pedalos, motos de agua ni otros artefactos infernales; no llegan golondrinas cargadas de gambas rojas en bermudas y pareos; si pretendes lucir el palmito, no hay nadie que te mire ni perrito que te ladre... En resumen, no reúne ninguna de las características de los sitios que la gente elige para apelotonarse en algo parecido a una ensalada humana condimentada con bronceador y aftersún. Curiosamente, muchos barcos eligen exactamente los mismos sitios, pero desde el mar, provocando cruces de cadena, garreos, voces, gritos y espectáculos inolvidables cuando el patán de la motora de 15 metros pretende ponerse en primera línea arando el fondo con el ancla y arramblando con todos los fondeos que pilla al paso. Enternecedor.

Mientras tanto, quedan fondeaderos solitarios como éste, donde nadie te mira, nadie te saluda, nadie te molesta. Así estuvimos todo el día. Únicamente fondeó otro velero a unos quinientos metros y una pequeña motora que echó el ancla, también lejos, se bañaron y se fueron por donde habían venido.

El islote está deshabitado y solo tiene un faro y los restos semiderruidos de una pequeña casa (no estaba tonto el que intentó construirla allí). Bajamos a tierra con la neumática y la sensación de robinsón, la soledad, la tranquilidad son absolutamente reconfortantes. La vista a poniente abarca la ciudad de Ibiza, el Vedrá al fondo, los freus con los faros de la isla de los Ahorcados y de la isla de los Puercos, el islote Espalmador y Formentera, cuya costa este está a sólo un par de millas. Total.

Se supone que en el islote solo hay gaviotas y conejos. Gaviotas había para llenar un colmado. Evidentemente, mi libro se había olvidado de las lagartijas, tan propias de estas islas. Pero conejos, ni uno, tú. A lo mejor por eso no había nadie por allí.

La vuelta, cayendo el sol, llevados por un levante brioso fue la guinda del pastel. Durante el trayecto bendije varias veces ese sentido gregario que caracteriza, además de a los ovinos, a nuestra bienamada especie.
.

No hay comentarios:

Publicar un comentario