3 de diciembre de 2012

Fin de trayecto


La muerte nos abre a la vida, dicen.

La muerte nos libera, dicen.

La muerte nos iguala, dicen.

Y una mierda.

La muerte, simplemente, nos mata.

Y punto.

Punto final.
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17 de octubre de 2012

Caída libre

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No se habla de otra cosa. Va un tío y se sube, metido en un artefacto que parece talmente la modernización de un boceto de Leonardo, nada menos que a 34 kilómetros de altura. Y cuando llega, se tira. Ya sé que la expresión es machista pero ¡olé tus huevos!

La utilidad o futilidad del gesto, de la gesta, es lo de menos. El hecho tiene valor en si mismo como paradigma de nuestro celo por llegar más lejos o, en este caso, por caer desde más alto.

En nuestro país se dice que tuvo a más de cinco millones de espectadores pegados a la pantalla. Ni que fuera un Madrid-Barça, un partido de la roja o unas declaraciones de Artur Mas.

Yo imagino que entre los espectadores habría una pequeña minoría de especuladores venidos a menos pensando: “Treinta y cuatro mil metros; eso son por lo menos ocho mil pisos, a 14 viviendas por piso, puesto en Benidorm o en Marina D’Or… ¡una pasta!”.

Junto a ellos, alguno de nuestros ínclitos pobladores de consistorio, diputación o parlamento, de esos que no acaban nunca de despertar pero están siempre espabilados, pensaría: “¡Quién pillara esa licencia de obras! Con lo obtenido en A, en B y hasta en C y en D tenía fijo la Secretaría General. O me montaba mi propio partido…”.

Otros estaban allí, seguro, para dudar de la veracidad. Mi abuela, que en gloria esté, no se lo habría creído. Habría dicho que era un montaje. Como tampoco se creyó lo de la Luna. Como era persona razonable, la habríamos convencido y, entonces, hubiera dicho aquello que tanto repetía: “Hay que ver lo que trabaja la gente para no trabajar”.

También habría de los que querían ser testigos de un hecho insólito. Siempre reconforta sentirse parte de esa especie que comete tales locuras, aunque uno no sea capaz ni de tirarse desde el primer trampolín.

Pero no nos engañemos. La inmensa mayoría de la audiencia estaba allí simplemente para ver como se espachurraba.

A ver si no.
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16 de octubre de 2012

¡Y van dos!


Sí, sí, dos.

Ya son dos los ministros de la Obersturmbannführer Angela a los que han pillao con el carrito del helao. A ambos les ha salido a la cara un asuntillo de fraude en sus tesis doctorales. Total, hay que ver cómo se ponen por un copia y pega corriente y moliente, por unos plagios de nada.

Para que luego digan. Aquí eso todavía no ha pasado, si bien es cierto que la cualificación académica de nuestros ministros, ministras y viceversas es la que es. ¡Que le pregunten a la Pajín de quién se copió la redacción de sociales de cuarto!

El escándalo, eso sí, ha acabado con la carrera política del ambicioso ministro del ejército y quizá acabe con la de la ministra de educación e investigación (jopé, qué vergüenza: educación e investigación).

A mi modo de ver todo esto ilustra tres enseñanzas:

Uno: la tesis doctoral es lo que es. Mientras unos se dejan los cuernos, la familia, la vida, en el intento, otros, iluminados por la varita mágica del poder académico, cogen un parrafito de aquí, otro de allá, unas foticos de internet, lo sazonan con una poca bibliografía anglosajona que por supuesto no han leído… ¡et voilà, tesis al dente!

Dos: la susodicha vale para lo que vale. Si para unos pocos es el trabajo que inicia una línea de dedicación personal y profesional, para muchos otros es pura moneda de cambio con la que adornan el currículo. Una vez obtenido el grado ya da igual si fue plagio u original. Mientras no te pillen…

Tres: ¡Coño con los políticos! Nunca sabes si había mierda y ellos la buscaron o si llegaron primero y la cagaron. Pero parecen indisolublemente unidos. Ellos y la mierda.
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28 de agosto de 2012

¡Defenestración!


La población, enfurecida, asaltó las estancias de gobierno donde el consejo estaba reunido. Las hordas atravesaron las lujosas salas destrozando tapices, terciopelos, muebles tallados, cuadros y cristalerías. Los símbolos caían hechos añicos. Pero la marabunta no se detuvo ahí. Las puertas de madera noble estallaron con los primeros empellones y los miembros del gobierno, los banqueros, los potentados, los aristócratas allí reunidos levantaron la cabeza al unísono con una expresión en los ojos que denotaba miedo y también sorpresa. Parecían querer decir “¿Qué hacéis? ¡Vosotros no podéis entrar aquí! ¡Este lugar está reservado a los representantes del pueblo!” Ninguno caía en la cuenta de que el pueblo llevaba un buen rato representándose a sí mismo.

A partir de ese momento todo sucedió muy deprisa. En un santiamén. Los asaltantes se dividieron en pequeños grupos y apresaron a los presentes que, aturdidos, no se resistieron. En volandas los llevaron al balcón delantero y, uno a uno, los fueron defenestrando. Breves, agudos aullidos seguidos de un sordo golpe contra el empedrado atravesaron el sorprendente silencio de la multitud. Tras caer el último, los autoproclamados cabecillas del golpe intentaron arengar a la concurrencia sin demasiado éxito. Artesanos, braceros, labriegos y gentilhombres se disolvieron lentamente por las bocacalles de la plaza. Los más avispados andaban cabizbajos; una pregunta les embargaba el ánimo: ¿cuándo nos veremos de nuevo en la necesidad de repetir este infame espectáculo?

Pues eso: ¡defenestración!

Figurada, claro.

Y si no funciona…

Pues eso: ¡defenestración!
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2 de julio de 2012

¡Vaya con los inputs!


¡Aaarrrggg! ¡Me quieren cortar los inputs!

 Para pesarlos, o algo así. Lo que no se es si antes o después de cortarlos.

 Parece ser que les desestabiliza la balanza. Lo de mis inputs, digo.

 Y, digo yo, otra vez, ¿por qué no ponen los suyos?. Seguro que la balanza ni se entera.
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3 de junio de 2012

Sin prisa


Es como un hilo del que no encontramos principio ni fin.

Las cosas pasan porque otras pasaron y pasarán porque ahora están pasando estas. Los hechos y las personas excepcionales no cambian el curso de la historia: simplemente catalizan. El tiempo es así una variable tremendamente relativa.

Porque la historia no tiene prisa.
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15 de mayo de 2012

Los idus de maius


¡O tempora o mores!

“¡Qué tiempos, qué costumbres!” exclamaba Cicerón quejándose de la relajación de costumbres y de la corrupción que imperaba en su entorno. Y se lo dedicaba especialmente a Catilina, que conspiraba sin miramientos por el poder e incluso había intentado asesinarlo. Se había perdido la decencia, la honorabilidad, el sentido de servicio a la res pública. Todo valía para alcanzar el poder y, por tanto, la riqueza. O la riqueza por la vía del poder. Tal vez olvidaba Cicerón alguna que otra traición, apuñalamiento o cóctel envenenado, habituales también en los tiempos gloriosos. El abuelo, en suma, se quejaba del derrotero al que los jóvenes estaban llevando al imperio. O así.

No se escapa cierta similitud con nuestros tiempos. Pero a la inversa. Son ahora los jóvenes –no sólo de edad- los que exhortan a los “abuelos” por el estercolero que nos están montando. Son quienes no tienen el poder los que alzan su voz contra quienes abusan de él. Son ellos los que denuncian la práctica imperante de “a la pela por la política”.

Pero, claro, tras la LOGSE, sus secuelas y corolarios la cosa de la historia clásica, como que no. Y los latinajos, como que tampoco. Por eso en las manis y en las concentraciones los pobrecitos se expresan como pueden y no les queda sino decir cosas del tipo “¡Vaya panda de chorizos sinvergüenzas!” o “¿Y cuando decís que vais a devolver el dinero?”

Si supieran latín sabrían que conmemoran los idus de maius y exclamarían “¡O tempora, o mores!”

Sonaría como que mucho más culto.

Pero, eso sí, mucho menos convincente.

14 de mayo de 2012

El elefante indignado



El elefante, que barritaba para sus adentros, aguzó el oído.

Barritaba para sus adentros porque estaba hasta las narices –bueno, hasta la probóscide- de la situación.

El macho dominante, sin rival que le tosiera tras varias estaciones, se había convertido en una verdadera cruz. Se suponía que debía dirigir la manada a los mejores comederos y a las charcas más frescas, protegerla y cubrir a las hembras mejor dispuestas para asegurar la continuidad del grupo. Era sencillo. Pues ni lo uno, ni lo otro.

Se aseguraba el forraje para él y para tres o cuatro elefantes jóvenes con los que había formado una especie de guardia de corps, cosa nunca vista en la manada; mientras, el resto pasaba hambre.

Las charcas a las que acudían eran pequeñas y, en cuanto llegaban, él y su guardia se establecían dentro y en las orillas e impedían el acceso del grupo hasta que no la convertían en un cenagal. En un paroxismo coprofílico no hacía sino ordenar la construcción de grandes montones de excrementos al abrigo de los cuales pretendía que la manada se guareciera.

Las cuestiones de protección las había delegado en sus matones, que exigían favores sexuales a las hembras a cambio de proteger a sus crías de los depredadores. Entre tanto, el gran macho, asistido por sus cómplices, acechaba y violaba a las elefantitas y –se decía- a los elefantitos, que eran más de su agrado. Las madres, furiosas, nada podían hacer ante la ruda presencia de los guardias.


Él era demasiado joven para intentar desbancar a nadie. Junto al único amigo que tenía, de su edad, habían intentado iniciar algún que otro desplante, insinuar una protesta, un reto; pero los guardias los habían molido, literalmente, a trompazos. Por eso barritaba para sus adentros.

Y aguzó el oído porque con sus grandes orejas no le resultaba difícil distinguir los sonidos y su procedencia. Y lo que había oído tenía origen mecánico. Y venía de sotavento. “Estos humanos –pensó- no acabarán nunca de entender que lo de acercarse contra viento funciona bien para los olores, pero que con el ruido que montan es imposible no saber que se acercan. Aunque ellos siguen creyendo que nos engañan…”. Miró al macho dominante, que ni se había inmutado. “Además, el viejo está perdiendo facultades –se dijo”.

Se concentró en sus sentidos: era un vehículo con varios humanos; olía a machos; y a hembras; a machos y hembras mezclados (esto le confundió un poco); olía también a alcohol; y ¡a pólvora! 

Rápidamente comenzó a barritar desaforadamente, esta vez para sus afueras, mientras corría en círculo en torno a la manada para intentar llamar su atención. Su amigo, también apercibido, se le unió enseguida. Cuando pasaron por donde estaba la guardia, el comandante barritó por lo bajini: “Ya están los indignados estos de mierda montando jarana. Pues si quieren lío, ¡lo tendrán!”. Y en voz más alta: “¡Atenta la compañía! ¡Órdenes del jefe! ¡Vigilen al enemigo y actúen sin contemplaciones!".

El elefante y su amigo intentaban crear una nube de polvo para confundir a los humanos pero, solos y con la guardia entorpeciendo, era una tarea imposible. Se detuvieron entre el vehículo y la manada, procurando aparentar fiereza, en el momento en que los humanos descendían, pertrechados, del coche. El elefante escrutó entre la polvareda.

-¡Coño, lo que nos faltaba! –exclamó- ¡El rey!

El elefante y su amigo, precavidos, pusieron pies en polvorosa.

Ahora, creo, viven en Berlín. En el Tiergarten.
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Suero fisiológico marca Hacendado


No lo entiendo.
O no lo puedo entender.
O no lo quiero entender.
¡Ya no sé queesloqueés!

Ahora… (redoble: brrrrrrrrr)… ¡gestión compartida!

¡Otro volatín!

Dice el diccionario de la RAE que volatinero es aquella persona que con habilidad y arte anda y voltea por el aire sobre una cuerda o alambre, y hace otros ejercicios semejantes. Aquí mezclan aire con humo (por si lo venden) y ya prescinden descaradamente de la cuerda, del alambre y del cristo que los fundó: directamente en el aire. O en el humo. Sin sustento, que se dice.

O sea. Gestión “profesional” de los asuntos de “bata gris” de la sanidad valenciana. Y digo de bata gris porque se supone que se excluye la gestión de la asistencia directa, de los profesionales, etc. ¿Se supone?

O sea. De entrada, los gestores actuales son unos pendejos, porque ni saben ni, lo que es peor, sabrán hacerlo bien. Porque si no, no pondrían gestores “profesionales” (será que los actuales son “amateurs”). Pero estos amateurs, no lo olvidemos, son cargos de confianza. ¿Entonces?

O sea. Si mercadona o elcorteinglés compran las gasas de, digamos, el departamento de salud número 3, lo harán a mejor precio. O usaremos gasas marca hacendado y goteros marca corty. ¡Y nos pagarán en corticoles! Al parecer, si se hace una central de compras para toda la comunidad no se obtienen buenos precios y tampoco se ahorra uno el beneficio de los “profesionales”. Además, claro, habría que poner al primo en la gerencia de la central de compras, que encargará al cuñado la logística… Y ya se sabe lo que les gusta a los primos y a los cuñados mirar el cajón con ojos avarientos. Y meter mano en cuanto miras para terramítica. Y no tendríamos corticoles. ¿Así que no?
Nuevo uniforme de quirófanos

O sea. A unos profesionales como la copa de un pino, que entienden un web de finanzas y eso, se les ofrece la bicoca de explotar la ruinosa gestión de un sistema muerto, sin poder controlar ni los recursos humanos ni la verdadera “producción” (la asistencia a los pacientes), para que externalicen casi todos los servicios que ya están externalizados. ¿Y dicen que sí? ¿Sin que les entre risa?

¡Venga ya!

O sea. Hay un argumento irrebatible. Si le das la gestión de algo público a una empresa con ánimo de lucro, haciéndolo tú igual de bien que ellos te ahorras su beneficio. Haciéndolo un poquito mal, la cuenta por la paga. ¿O no?
Programa de investigación con financiación pública

Se está negociando con los más cualificados proveedores de material de oficina

O sea. A ver. No queda un duro en las arcas (¿quién se lo ha gastado?, ¿quién lo tiene?) y alguien tiene que apoquinar hasta que vengan tiempos mejores. Si es que vienen. Y unos señores, que entienden un web de negocios, están dispuestos a poner la pela. Y luego ya veremos cómo lo arreglamos (para variar). Asunción de riesgos, que se dice. Unos terrenitos por aquí, unas licencias por allá, un tratito de favor por acullá. Forever. Forever young. ¿Qué vendemos? ¿No es eso un préstamo encubierto?

Si lo es, que lo digan.

Y si no, melospliquen.
¡El catering está listo!


16 de abril de 2012

Peligro de extinción

El otro día oí el comentario de cuánto menos llorarían las mujeres si no hubiera hombres; de lo bien que estarían sin ellos.

 Hasta la extinción, dije yo. Una dulce extinción…

Con los hombres, en cambio, estoy convencido de que la evolución –nunca más apropiado el término- sería otra. Los impulsos –también un término ad hoc- evolutivos llevarían probablemente a la aparición de nuevas subespecies. Seguro que el cabrombre y el ovejombre serían las más abundantes. Y el llamombre en Sudamérica. En casos extremos, el burrombre y el vacombre se extenderían en la estepa. Se demostraría con ello que el género masculino de nuestra especie dedica un porcentaje considerable de sus escasas neuronas (las mujeres dicen que el cincuenta por cien de las dos que tenemos) a una sola finalidad.

Y es que la naturaleza es sabia.
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26 de enero de 2012

¡Buff! El cuento de nunca acabar

Quinientos euracos de vellón. Quinientos. Por la patilla. A menda le acaban de fofar semejante cantidad de su nómina mensual. Sin preaviso. Sin anestesia. Sin vergüenza.

Durante años y años nuestros ínclitos chapuzas han dilapidado lo que no divisaban en aras de la mayor gloria y esplendor de la terreta. Eso era lo oficial. Pero la pela se iba por otros sumideros. Amiguetes, palmeros, cuñaos y todo tipo de sabandijas se han estado forrando a nuestra costa. Ahora vienen mal dadas y tocan a rebato: maricón el último. ¿Quién lo va a pagar? Poca ropa, como siempre.

Al respecto, he leído una frase que me ha dado hondo.

Cuando advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes trafican no bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo, y que las leyes no lo protegen contra ellos sino, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un autosacrificio, entonces podrá afirmar, sin temor a equivocarse, que su sociedad está condenada.

Dicen que la escribió Ayn Rand (pseudónimo de la escritora ruso-americana Alissa Zinovievna Rosenbaum) allá por los 50. No sé si es verdad. Ni me importa. Lo importante es lo que dice. Si, además, lo dijo en los 50, pues chapeau para la moza. Y más mierda para los de siempre. Y para nosotros, que los hemos puesto ahí y no hacemos que se vayan derechitos al carajo.

En fin, como me dijo ayer mi hija: o cambiamos de conversación o cambiamos de país.
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