24 de julio de 2011

Cuaderno de bitácora (10)

Está cayendo la de dios. Una buena tormenta con lluvia abundante nos lleva, un día más, a quedarnos en puerto. De cualquier manera un día gris, plomizo, con el aire limpio se agradece cuando se intercala entre días calurosos.

Aprovechamos para hacer la compra y después, bajo el toldo, Haendel, un libro y recado de escribir (ahora sustituido por los aparatejos). Cervecita, comida, siesta, reparaciones (siempre hay algo roto) y paseíto. ¡Un penar!

Como decía aquel: para vivir así, mejor sería no morirse nunca.
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Cuaderno de bitácora (9). Los tropiezos nunca navegan solos

Prometía un día soberbio. Amaneció nublado después de una noche con levante fuerte (¡otra!) pero el parte era bueno y el viento favorable para fondear en la Olla de Tramontana de la isla de Tagomago. Otro lugar con un encanto especial, al menos para nosotros, no excesivamente frecuentado. Nos hicimos a la mar sin casi viento, navegando a motor. Al llegar a la cala, todavía nublado, vimos que éramos los primeros, así que decidimos amarrar a una de las dos boyas de fondeo. Íbamos a estar la mar de tranquilos.

Y aquí empezó el tomate. La maniobra de amarrar a una boya, sin viento, no reviste ninguna complicación, a menos que durante la misma notes un tirón extraño del motor y veas como la neumática se va por libre y se aleja cada vez más. Efectivamente, nos habíamos olvidado de acortar el cabo que la sujeta al barco, largo cuando navegamos y la arrastramos, y se había metido en la hélice. El cabo estaba cortado, por lo que la auxiliar estaba libre y, lo que es peor, el resto se había enredado en la hélice.

Fondeo rápido con ancla y cadena para asegurar el barco y allá que se tira mi santa para ir nadando a salvar la neumática. Y es que mi santa, cuando se pone, salva hasta a las balsas salvavidas. Recuperada la auxiliar, con ella movemos el barco para aferrarnos a la boya y tener un fondeo seguro.

Paso siguiente: gafas y tubo y a ver la hélice. Justo antes de tirarme, nuevo momento de pánico. Hay agua en la sentina. Bastante. Corro a ver. Dedo al agua. Chupo. ¡Uf, dulce! Menos mal. El agua viene de dentro, no de fuera. Probablemente se ha roto uno de los depósitos de agua dulce. Achico. Ya veremos después.

Al agua. El cabo está enredado en la hélice. Desenredo un buen trozo. ¡Coño, medusas! ¡Lo que nos faltaba -o eso creíamos! Traje de neopreno. Otra vez abajo. Cada vez más medusas. La hélice se mueve, aparentemente libre, aunque el cabo no ha salido todo. ¡Que le den! Con tanta medusa no estamos para florituras. Pero no es seguro que el motor pueda propulsarnos. Decidimos salir de la cala a vela e irnos a puerto. Ya cerca de la bocana probaremos el motor. Si no hay problemas, pa'dentro. Si no, que salgan a remolcarnos.
En plena maniobra de salida, maniobra muy lenta pero tensa, porque hay poco viento dentro de la cala y solo tenemos la mayor para propulsarnos, aterriza en cubierta el farolito de energía solar que llevamos en popa para evitar gastar batería en los fondeos nocturnos. Se ha soltado el cabo que lo sujeta. En el mejor momento.

Ya en aguas libres, un sureste fuerza 4 nos permite navegar de bolina a buena marcha hacia puerto. La velocidad que alcanza el barco hace rodar pasivamente la hélice, lo que nos tranquiliza. No parece haber daño. Llegamos a puerto, enrollamos el génova y ponemos en marcha el motor. Hacemos una prueba y, sin ruidos ni extraños, el motor parece propulsar bien el barco. No todo tenía que salir mal. Usamos el piloto automático para aproar el barco y arriar la mayor. Con todo en orden, intentamos arrumbar a la bocana y ¡bingo! el piloto automático se ha agarrotado y deja trabada la rueda del timón. Medio a las buenas, medio a las malas gobernamos a puerto para, en plena bocana, enredar en la quilla el sedal de un pu.., quiero decir, bendito pescador que no ha tenido mejor ocurrencia que cruzar su línea en la bocana. ¡Encima se enfada, el muy cabrón, porque no paramos!

Ya en el amarre, desenreda el sedal, desmonta el piloto automático, tírate al agua para ver la hélice (hay tanta mierda que resulta inútil) y ¡ah! cuelga el farolillo.

Claro, mi prójima se ha puesto la camiseta. Una que define con toda precisión esta afición que, por motivos oscuros e incomprensibles, me tiene atenazado del cogote. Reza así:

Sailing:
the fine art of getting wet
and becoming sick
while slowly going nowhere
at great expense


Y es que mi santa es mucha santa.
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Un traje a medida

Aquí, ahora y a estas alturas, como que me pilla muy lejos toda esa mierda de los señores que dicen representarnos. Sólo me viene a la cabeza la mutación. Sí, hombre, la conocida mutación que afecta a la clase política de uno y otro signo. Bueno, sí, hay varias mutaciones. Un día haremos recuento. Pero hoy me refiero a la de la piel, que se les hace de amianto. Así se entiende la facilidad con la que ponen, no una, sino las dos manos sobre el fuego en defensa de la honorabilidad propia, de sus amigos, de sus palmeros y del cuñado de su mujer, que tiene una constructora. ¡Que pongan los pelendengues, cojones, a ver si así la raza se declara a extinguir!

Y el personal, mayormente, sin inmutarse. Si tampoco es para tanto. ¿Que tú no harías lo mismo o qué? ¡Anda ya que te ibas a quedar quieto parao mientras todos van trincando! Pues parecía un bon xic. Y todos los demás etcéteras.

Y a los que se indignan, pues eso, ni caso. Por ahí van arrastrando sus miserias de puerta del sol en puerta del sol, esperando que algún nostálgico les diga que debajo de los adoquines está la playa. No quisiera ser agorero, pero uno ya está algo escarmentado con tanta milonga. Esta aventura, como muchas otras, sólo será algo si un grupo de poder, cualquiera, le encuentra réditos (más de uno debe estar ya haciendo cábalas). Pero entonces ya no será esta aventura. Será otro producto digeridito y con su papel de celofán, sus asesores, sus liberados... algo ¿cómo decirlo?, como más político.

En resumen: que les harán un traje a su medida.
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Cuaderno de bitácora (8). Islote Espardell

Se esperaba un levante moderado y hemos fondeado en el islote Espardell. El otro día ya lo intentamos pero el viento era excesivo y el fondeo, incómodo. Dos horas de navegación hasta allí, muy tranquilas. Para encontrar a ¡nadie! De hecho el fondeadero no es una cala, sino la cara oeste del islote, por lo que no está recogido y puede entrar mar del norte o del sur. No hay chiringuito, ni guiris; no alquilan pedalos, motos de agua ni otros artefactos infernales; no llegan golondrinas cargadas de gambas rojas en bermudas y pareos; si pretendes lucir el palmito, no hay nadie que te mire ni perrito que te ladre... En resumen, no reúne ninguna de las características de los sitios que la gente elige para apelotonarse en algo parecido a una ensalada humana condimentada con bronceador y aftersún. Curiosamente, muchos barcos eligen exactamente los mismos sitios, pero desde el mar, provocando cruces de cadena, garreos, voces, gritos y espectáculos inolvidables cuando el patán de la motora de 15 metros pretende ponerse en primera línea arando el fondo con el ancla y arramblando con todos los fondeos que pilla al paso. Enternecedor.

Mientras tanto, quedan fondeaderos solitarios como éste, donde nadie te mira, nadie te saluda, nadie te molesta. Así estuvimos todo el día. Únicamente fondeó otro velero a unos quinientos metros y una pequeña motora que echó el ancla, también lejos, se bañaron y se fueron por donde habían venido.

El islote está deshabitado y solo tiene un faro y los restos semiderruidos de una pequeña casa (no estaba tonto el que intentó construirla allí). Bajamos a tierra con la neumática y la sensación de robinsón, la soledad, la tranquilidad son absolutamente reconfortantes. La vista a poniente abarca la ciudad de Ibiza, el Vedrá al fondo, los freus con los faros de la isla de los Ahorcados y de la isla de los Puercos, el islote Espalmador y Formentera, cuya costa este está a sólo un par de millas. Total.

Se supone que en el islote solo hay gaviotas y conejos. Gaviotas había para llenar un colmado. Evidentemente, mi libro se había olvidado de las lagartijas, tan propias de estas islas. Pero conejos, ni uno, tú. A lo mejor por eso no había nadie por allí.

La vuelta, cayendo el sol, llevados por un levante brioso fue la guinda del pastel. Durante el trayecto bendije varias veces ese sentido gregario que caracteriza, además de a los ovinos, a nuestra bienamada especie.
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18 de julio de 2011

cuaderno de bitácora (7). Es Vedrá

Otra vez en puerto. ¡Maldito parte! Bueno, el parte no tiene la culpa. Este viento del nordeste nos tiene atrapados. Toca, pues, excursión en moto, paseíto, etc.

Comida en cala d'en Serra, medio siesta y, para acabar, puesta de sol en el mirador de la Sabina. Imperdonable no haber cogido la cámara. Sobre un fondo ligeramente brumoso, Es Vedrá, majestuoso, y junto a él, Es Vedranell, picudo y alargado. Un poco más al oeste, el sol poniéndose y hacia el norte, las islas Bledas, la costa. Un espectáculo. ¡Y gratis!

Dicen que Es Vedrá fue considerado un lugar mágico por los habitantes de la isla. No estoy seguro de que sea cierto; pero no me extrañaría. Su forma emergiendo del agua, su omnipresencia en este lado de la isla y momentos como este que se repiten cada atardecer le dotan de los elementos necesarios para haberlo sido.
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Cuaderno de bitácora (6). Balafia

Hemos cenado en Ca'n Balafia. Lo conocimos hace unos treinta años. En medio de ningún sitio, fuera de cualquier circuito de turismo, en la encrucijada de dos carreteras. Sin un gran cartel que lo señalice. Con una carreterita de acceso de polvo y hecha polvo. Solo daba cenas. De primero: tomate con cebolla aliñado con un buen aceite. De segundo sí podías elegir: carne o carne. De conejo, de cordero, de cerdo o de ternera. Hecha a la brasa. Sin salsas. Acompañada de patatas fritas. Sin otra guarnición. Nos gustó entonces y, fieles, hemos vuelto cada vez que visitamos la isla. Eso sí, cada vez más difícil. Al principio llegabas y cenabas. Esta vez, conseguimos mesa para las once y media, y gracias. Pero a las once y media estábamos sentados y atendidos. Como cada año siguen fieles a la norma: un primero, carne a la brasa de segundo, con patatas, y a correr. Y lleno todos los días. Y sin tener que hacer una donación de riñón in situ. Ya que estábamos, miramos una reserva para otro día. Para poder cenar a una hora decente, nos íbamos a quince días. Si no, a las once y media o las doce. O niente.

Calidad y servicio. Calidad de materia prima. Carta escasa: sí. Pero ¡vaya carne! Servicio: simplemente atender bien y con cortesía, intentando ser agradables y no perdonarle la vida al cliente, ni por existir, ni por pedir un vino que no hace buen maridaje, al discutible juicio de un gilipuertas, con el plato filigrana que nos obligan a tomar.

Treinta años vendiendo lo mismo, con éxito constante, no pueden ser casualidad. Y uno piensa en la cocina al uso, en la que siguiendo a cuatro iluminados, verdaderamente originales, legiones de cocineros practican el onanismo culinario con tal vehemencia que fuerzan al respetable, que es en definitiva quien paga, a salpimentar con ruedas de molino. El esnobismo se encarga del resto y se acaba teniendo por cateto a quien dice no gustar de tales experimentaciones.

Oí a un cocinero decir que lo que elaboran trasciende el hecho de la comida, pretendiendo ser una experiencia sensorial. En eso estoy de acuerdo. Quizás comer es otra cosa. Más simple, pero cojonuda. A mi me recuerda esa frase de Woody Allen: "El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores".
Pues eso, de aquí nada mantendremos conversaciones de este tipo:
-¿Dónde vas?
-Voy a someterme a un experiencia sensorial a Chez Putifuá. ¿Y tú?
-Ah, no. Yo no. Yo voy a comer a una casa de comidas aquí al lado.

Quien guste de experiencias vacías, ya sabe: Ca'n Balafia.
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14 de julio de 2011

Cuaderno de bitácora (5). ¡Somos de PM!

Contemplando estos días la puesta del sol he pensado
¡Tanta mierda con el levante, el levante! ¡Si es todo lo contrario! ¡Somos el poniente del Mediterráneo!
Y esa maquinita política que todos llevamos dentro se ha puesto rápidamente a cavilar. Es sabido que todo varón español sería capaz de desempeñar con soltura cualquiera de los siguientes cargos: presidente del gobierno, ministro de trabajo o economía y seleccionador nacional de fútbol. Tal es nuestra capacidad. Y de ahí la fama que nos precede. Bueno, pues eso, que me he puesto a barruntar y la conclusión no puede ser otra:
Que les den morcilla a los països catalans, al país valencià, a lo regne y a la comunitat. Incluso a la unión europea si hace falta. ¡Somos del poniente mediterráneo!
Por ello, desde aquí y desde ahora declaro mi intención de luchar por los ideales de esta patria histórica (que se atreva alguien a decir que el Mediterráneo no tiene historia). Reclamaremos autonomía, autogobierno, independencia, ¡lo que haga falta! Y algún carguito que luego nos deje una paguita. ¡Faltaría más!
A partir de ahora podremos andar orgullosos, con la frente bien alta y la mirada aguerrida, gritando a quien quiera oirnos:
¡Somos de PM!

Esto es lo que tiene la ociosidad, la desinhibición y, sobre todo, este maldito norte que no me deja salir de puerto.

Cuaderno de bitácora (4). Monos antropomorfos (o no)

Se llama monos antropomorfos a los que no tienen rabo. Pues hoy he visto media docena de monos no antropomorfos sentados en una terraza de verano.
Pero vayamos al principio. Hoy he tenido que ir a San Antonio de Portmany a recoger a mi santa. Las últimas veces que he estado por allí he tenido la prudencia de no tocar tierra pasadas las doce del mediodía. Por si acaso. Y aún así me pillaron el otro día con lo del sombrero, ay mi sombrero. Pues bien, hoy he tenido que venir por la tarde. Al ir hacia la estación marítima desde la de autobuses no he tenido más remedio que pasar por ese continuum de terrazas donde, desde las once de la mañana hasta pasada la medianoche, se sirven paellas con guisantes, pimientos, tomate y un sinfín de ingredientes exóticos fruto de la imaginación de los cocineros del guirismo (corriente gastronómica que simplemente deconstruye -o sea, derribos- platos tradicionales). A lo que iba. Sentados a una mesa había media docena de especímenes simiescos de la subespecie patibularia. Llamaba la atención la sustitución del pelo corporal por una gran variedad de tatuajes de los más diversos temas y colores. Artimañas de la naturaleza para que el macho llame la atención de la hembra, he pensado. También es de reseñar que a las cinco de la tarde ya estaban más cocidos que el engrudo de arroz y marisco que engullían. En una mesa próxima estaban las hembras. No se si de la misma especie o no; ni a unos ni a otras parecía importarles. Estaban a lo que estaban. La variedad sí la tengo clara. Todos era de los catalogados como SSM. Súbditos de su majestad, claro. Abundan mucho en este hábitat.
Por lo que tengo leído, estos ejemplares nos visitan estacionalmente con una doble finalidad, a saber: a) lograr lo más rápidamente posible un elevadísimo nivel de alcoholemia que, de ser posible, se mantenga estable durante toda la estancia y b) mover el rabo el mayor número de veces posible. Por ello no hace falta una desmesurada pasión naturalista para deducir que eran monos no antropomorfos.
No deja de ser un alivio saber que a la atención y bienestar de estas subespecies estamos dedicando los esfuerzos, los desvelos, las inversiones de lo que parece configurarse como la única industria nacional. ¡Olé!
Claro, luego resulta que soy un gruñón, que siempre estoy despotricando... Pero !si es que me lo ponen a huevos!
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13 de julio de 2011

Cuaderno de bitácora (3)

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12.07.11
En esta situación es difícil decir si echas de menos a alguien. Es arduo contestar sin ser malinterpretado. Si dices que no, la has cagado. Si dices que sí, estás bajo sospecha. Bueno, siempre estás bajo sospecha.
Lo cierto es que viene bien, ocasionalmente, tener unos momentos de soledad, de introspección...
Bueeeeeno, reconozco que puede no ser más que una excusa para hacer lo que te gusta, solo, sin interferencias, sin concesiones. Pero debería ser obligatorio.
La cuestión se esconde en que, tal vez, son mayoría los que no se aguantan ni a si mismos y antes que darse conversación prefieren el chunta-chunta o, lo que es peor, sombrero, ay mi sombrero. Y en compañía. Por si se aburren.
Somos -casi todos- seres sociales. Al menos yo me considero un ser social. Y el aislamiento prolongado es una forma de tortura. Acabas anhelando la conversación (aunque sea con alguien menos listo que tú, que eres siempre el más espabilado), el contacto, la compañía. Especialmente de las personas a las que amas.
Pero si contestas que no, la has cagado. Y si contestas que sí, estás, como siempre, bajo sospecha.
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12 de julio de 2011

Cuaderno de bitácora (2)

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11.07.11
Hoy ha sido un buen día. He madrugado y me he hecho pronto a la mar. Un buen Norte me ha llevado, casi a orejas de burro, hacia el sur. No tenía una idea hecha de dónde acabaría. Al final he fondeado en Cala Jondal. Sí, con los cool (que guay ya no se dice). El fondeadero, tranquilo. Se oye un poco el chunta chunta ese del chill out, que por cierto parece un tantra en clave de sol, pero nada que ver con lo del sombrero, ay mi sombrero. Por la tarde he bajado a tierra a ver de que iba el rollo. No lo voy a negar: xiconas para quitar el hipo. No muchas, pero las suficientes. Y cantidad de capullos con trazas de traficantes en farlopa. ¡Qué le vamos a hacer! Cierto que las titis estaban de buen ver pero la superficialidad era más visible que las tetas. De las titis, me refiero. Las tetas y la superficialidad: todo. Total que me he dicho, digo, ¿y tú qué haces aquí?. Me ha dado un arrebato práctico y me he zampado un Nestlé Noir, como dios, he cogido la zodiac y me he vuelto al barco. Y aquí estoy, dándome conversación. Porque callarme, ni bajo el agua.

Cuaderno de bitácora (1)

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10.07.11

Estoy fondeado en la bahía de Sant Antoni de Portmany, en Ibiza. Un sitio poco recomendable, pero seguro. Después de la travesía en solitario prefería Port des Torrent, fondeadero más tranquilo y uno de mis favoritos cuando llegas a Ibiza. Pero entraba un poco de mar del NE y lo hacía incómodo, así que he preferido entrar en San Antonio y descansar. La puesta de sol, como siempre, me ha dejado encandilado. Y justo cuando mejor estaba, solo en la bañera y a punto de comenzar la cena, un canalla se ha puesto a vociferar, bien surtido de decibelios, canciones para guiris. He mirado raudo a mi alrededor con cara de pocos amigos, pensando que sería algún barco vecino (una motora, porque eso solo pasa en las motoras) a quien poder reconvenir. Pero no. Debía ser en un hotel o en el paseo. He mentado a los antepasados del interfecto remontándome hasta Atapuerca. ¡Qué cabrón! ¡No se ha dejado una! El sombrero, la española cuando besa, y viva españa, la leche. Se ha atrevido con el All my loving en versión lolailo. Muy eficiente el julai: se ha cargado Beatles y rumba de una tacada, sin pestañear. Ahí ya no he podido más. O me colgaba de la driza de la mayor o contratacaba. Me ha costado decidirme. Al final he empezado con Proud Mary de Credence. Volumen a tope. Luego, ya más sereno, he pensado que la ocasión merecía algo más sutil. He bajado un poco el volumen y he seguido con You're looking at me y It's wonderful, cantadas por Diana Krall. Me he reconciliado con la vida. Luego ya era todo de otra manera. La noche, el agua, la luna. Hasta he reescuchado algunas de Bob Dylan (por cierto, como si no pasara el tiempo). De vez en cuando me retiraba los auriculares para comprobar el ruido ambiente, porque (¿no lo había dicho?) los he escuchado con los auriculares. Por no molestar. No como el grandísimo hijo de puta ese del paseo.