24 de julio de 2011

Un traje a medida

Aquí, ahora y a estas alturas, como que me pilla muy lejos toda esa mierda de los señores que dicen representarnos. Sólo me viene a la cabeza la mutación. Sí, hombre, la conocida mutación que afecta a la clase política de uno y otro signo. Bueno, sí, hay varias mutaciones. Un día haremos recuento. Pero hoy me refiero a la de la piel, que se les hace de amianto. Así se entiende la facilidad con la que ponen, no una, sino las dos manos sobre el fuego en defensa de la honorabilidad propia, de sus amigos, de sus palmeros y del cuñado de su mujer, que tiene una constructora. ¡Que pongan los pelendengues, cojones, a ver si así la raza se declara a extinguir!

Y el personal, mayormente, sin inmutarse. Si tampoco es para tanto. ¿Que tú no harías lo mismo o qué? ¡Anda ya que te ibas a quedar quieto parao mientras todos van trincando! Pues parecía un bon xic. Y todos los demás etcéteras.

Y a los que se indignan, pues eso, ni caso. Por ahí van arrastrando sus miserias de puerta del sol en puerta del sol, esperando que algún nostálgico les diga que debajo de los adoquines está la playa. No quisiera ser agorero, pero uno ya está algo escarmentado con tanta milonga. Esta aventura, como muchas otras, sólo será algo si un grupo de poder, cualquiera, le encuentra réditos (más de uno debe estar ya haciendo cábalas). Pero entonces ya no será esta aventura. Será otro producto digeridito y con su papel de celofán, sus asesores, sus liberados... algo ¿cómo decirlo?, como más político.

En resumen: que les harán un traje a su medida.
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