18 de julio de 2011

Cuaderno de bitácora (6). Balafia

Hemos cenado en Ca'n Balafia. Lo conocimos hace unos treinta años. En medio de ningún sitio, fuera de cualquier circuito de turismo, en la encrucijada de dos carreteras. Sin un gran cartel que lo señalice. Con una carreterita de acceso de polvo y hecha polvo. Solo daba cenas. De primero: tomate con cebolla aliñado con un buen aceite. De segundo sí podías elegir: carne o carne. De conejo, de cordero, de cerdo o de ternera. Hecha a la brasa. Sin salsas. Acompañada de patatas fritas. Sin otra guarnición. Nos gustó entonces y, fieles, hemos vuelto cada vez que visitamos la isla. Eso sí, cada vez más difícil. Al principio llegabas y cenabas. Esta vez, conseguimos mesa para las once y media, y gracias. Pero a las once y media estábamos sentados y atendidos. Como cada año siguen fieles a la norma: un primero, carne a la brasa de segundo, con patatas, y a correr. Y lleno todos los días. Y sin tener que hacer una donación de riñón in situ. Ya que estábamos, miramos una reserva para otro día. Para poder cenar a una hora decente, nos íbamos a quince días. Si no, a las once y media o las doce. O niente.

Calidad y servicio. Calidad de materia prima. Carta escasa: sí. Pero ¡vaya carne! Servicio: simplemente atender bien y con cortesía, intentando ser agradables y no perdonarle la vida al cliente, ni por existir, ni por pedir un vino que no hace buen maridaje, al discutible juicio de un gilipuertas, con el plato filigrana que nos obligan a tomar.

Treinta años vendiendo lo mismo, con éxito constante, no pueden ser casualidad. Y uno piensa en la cocina al uso, en la que siguiendo a cuatro iluminados, verdaderamente originales, legiones de cocineros practican el onanismo culinario con tal vehemencia que fuerzan al respetable, que es en definitiva quien paga, a salpimentar con ruedas de molino. El esnobismo se encarga del resto y se acaba teniendo por cateto a quien dice no gustar de tales experimentaciones.

Oí a un cocinero decir que lo que elaboran trasciende el hecho de la comida, pretendiendo ser una experiencia sensorial. En eso estoy de acuerdo. Quizás comer es otra cosa. Más simple, pero cojonuda. A mi me recuerda esa frase de Woody Allen: "El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía es una de las mejores".
Pues eso, de aquí nada mantendremos conversaciones de este tipo:
-¿Dónde vas?
-Voy a someterme a un experiencia sensorial a Chez Putifuá. ¿Y tú?
-Ah, no. Yo no. Yo voy a comer a una casa de comidas aquí al lado.

Quien guste de experiencias vacías, ya sabe: Ca'n Balafia.
.

No hay comentarios:

Publicar un comentario